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Valiente y estoico…(opinión)

José Antonio Luna / Tauropasion

Sábado 14 de octubre de 2017.- Que haya sido –o siga siendo- modelo exitoso en las pasarelas de la moda, que sea el protagonista en comerciales para Loewe, que siempre esté rodeado de pedazos de señoras, que Armani le haya diseñado un precioso traje de torero bordado con cristales de Swarovski, que además, mi mujer diga que es el Adonis del siglo veintiuno y que mis alumnas no aficionadas a los toros, me cuestionen: “profe, ¿cómo se llama un torero de ojos claros que es guapísimo?”, todo eso, había hecho que el que firma este artículo nunca lo tomara en serio. Aunque el diestro, ya había dado motivos para hacerlo.

El toreo era el arte de crear belleza dominando a un toro en los límites mismos de la vida -o de la muerte, según se vea- hasta que Cayetano Rivera Ordoñez lo convirtió en pasaje de mitología griega. Si es verdad que el matador es el último héroe romántico de nuestro tiempo, la tarde del miércoles en la Feria del Pilar, Cayetano, homéricamente, fundió en su propio ser la belleza de Paris, la nobleza, el valor y la entrega de Héctor y la enjundia y el coraje de Aquiles.

Cayetano se estaba jugando las femorales con un toro de Parladé -que es un juanpedro, pero con sabor- cuando el merengue le soltó tremendo tornillazo bien apuntado, que lo enganchó en el muslo izquierdo zarandeándolo en los pitones, para dejarle un tabaco de tres trayectorias, una de ellas, de veinticinco centímetros de profundidad.

El coleta se levantó de la arena con toda la cara embadurnada de sangre del toro -imagen que de haberla visto Mel Gibson hubiera sido su delicia- y con un hoyo en la taleguilla. Luego, escapando de los brazos de los otros toreros que querían llevarlo a la enfermería, volvió a la zona de fuego con la muleta planchada y se entregó en una tanda de pases con la derecha, todavía más templados que los anteriores. En la taleguilla hasta llegar a la media, la mancha de sangre oscura fue creciendo a toda velocidad, pero el diestro se mantuvo firme con la consecuente preocupación de su cuadrilla, su administración y la de todo mundo.

Después de tan valiente y entregada serie, que además de la osadía del herido, fue clásica en su ejecución, el torero lió la muleta, montó la espada, y atacó a matar, dejando más de medio espadazo en buen sitio, aunque algo tendido. Eso ya es para exaltarlo y mucho, sin embargo, la valía del acontecimiento, lo realmente ponderable de la hazaña, es que todo lo narrado después de la cornada, se llevó a cabo sin recurrir a un solo gesto de dolor con el que quisiera provocar la conmiseración ajena, es decir, que el diestro se aguantó con dos cojones, cara de hombre y una dignidad de héroe griego. Después de la estocada, dio unos pasos, y débil, el rostro color hoja de papel, se entregó en brazos de los hombres de su cuadrilla, que muy prestos lo condujeron en andas y a toda velocidad a la enfermería.

Esta es la parte que los ajenos a la tauromaquia no entienden. El toreo es grandeza, ya lo han dicho egregios escritores taurinos, pero es así, no sólo por que nos lleva a la sublime experiencia estética de un lance lleno de imaginación, de un pase armonioso o de una faena bella en toda su magnitud, sino porque es, también, una gran lección de antropología filosófica.

El toreo sirve, entre otras cosas, para amueblar el espíritu de valores y virtudes. Los valores morales nos ayudan a defender y a crecer nuestra dignidad. Asimismo, son parte de nuestra identidad personal y nos sirven como brújulas que nos orientan en el cambiante y decadente devenir de los tiempos.

Por eso, ves una hazaña como la de Cayetano Rivera Ordoñez y tomas ejemplo de cosas que otros menos afortunados, no son capaces de advertir. Digno, sin una mueca de dolor en el rostro, se acercó al toro y plantándole cara, mientras la taleguilla se manchaba de sangre prieta, corrió la mano una vez y otra, y otra, hasta el remate largo. Cada pase se extendía hasta el infinito por la entereza del hombre que lo estaba ejecutando. Yo mientras tanto, para las faenas a los toros que me embisten en mi propia vida, aprendo que debo ser valiente, estoico y flemático, nada de mariconerías en los problemas de lo cotidiano.

A su vez, orgulloso de mi afición, entiendo que para ser torero, para ser uno de verdad, hay que tener una tabla de valores de categoría héroe mitológico.

 

¡Muchas gracias!…(Opinión)

José Antonio Luna Alarcón /  Tauropasion

Domingo 08 de octubre de 2017.- Descanse en paz. Hacen falta mesías como él, salvadores del espectáculo más bello del mundo. Quedan muy pocos amantes del verdadero toreo y el resto, se lo está cargando con un entusiasmo del carajo. Abundan los mercenarios de la muleta y los criadores que son más blandos y mansos que sus propios toros, que ya es decir.

Él, apareció en el ambiente cuando los otros ganaderos apostaban por lo contrario. Este hombre se la jugó decidido en busca de un bovino con movilidad, fiero y encastado, que requiere de una lidia valiente y técnica redundando en la profunda e incomparable belleza que es una faena a un toro de verdad.

Por eso, ahora que se ha marchado para siempre, a miles de kilómetros y sin haberlo tratado con la cercanía que me hubiera encantado -sólo pude hablar con él ocasionalmente- con profunda tristeza, pero con una enorme gratitud, le dedico un homenaje íntimo de profundo respeto y sincero reconocimiento.

En los tiempos del predominio de lo insulso, Victorino Martín nos devolvió las columnas angulares de la tauromaquia. Por eso, los aficionados le debemos tanto. Fue un hombre valiente que no se plegó a las peticiones de las figuras, nunca rebajó bravura y casta en aras del insulso toreo bonito, ni se dedicó a la venta de morlacos sardinos que abonan a la compra de granos y pasturas.

Es insólito en la historia del toreo, que sean media docena de toros los que hagan que las empresas tengan que colgar el cartel de “No hay billetes”. Cuando se anuncian los famosos “victorinos”, los nombres de los que van a lidiarlos sólo son un complemento en las variantes del programa, porque el majestuoso espectáculo está garantizado y corre a cargo de la “victorinada”, que ya salga en plan “alimaña” -como bautizó Francisco Ruiz Miguel a los pupilos de esta casa que salen malos- o en plan toro de apoteosis, el espectador siempre gana por el juego emocionante que brindan en la arena.

¡Adiós a don Victorino Martín Andrés!. La gratitud de aficionado anuda en mi gañote el sentimiento de la despedida. Este hombre nos deja el grandísimo legado de sus míticos toros, pero, sobre todo, la convicción de que los idealistas tenemos la posibilidad de consumar nuestros sueños. Porque sólo fue con ilusión –los bolsillos estaban vacíos- que dejó la carnicería familiar para hacerse de una punta de vacas de Albaserrada y poner en marcha la idea que lo tenía obsesionado: obtener un tipo de toro que aunara bravura, movilidad, fijeza y buen estilo, es decir, un toro que trajera de nuevo la tremenda emoción que se había ido del ruedo, unificado a una gran belleza de estampa.

Victorino es el autor del mito y la leyenda de los cárdenos, cariarratados, veletos o cornipasos, astifinos, que agrandaron el prestigio del hierro de la “A” coronada y de los colores grana y azul rey, que ondean en los lomos de los merengues más bravos de España y con ello, estamos diciendo del mundo.

De “Baratero”, lidiado por Andrés Vázquez en Las Ventas en 1969 a “Cobradiezmos” que indultó Manuel Escribano en Sevilla en 2016, pasando por tantos otros como “Conducido”, “Pobretón”, “Playero”, “Mosquetero”, “Gastoso”, “Carcelero”, “Velador”, “Vencedor”, “Bodeguero”, “Gargantillo”, “Jaquetón”, la historia se dirime y la leyenda se construye paso a paso.

El relato empieza con el marqués de Albaserrada y la compra de los primeros “saltillos”. Luego, en 1960, los hermanos Victorino y Adolfo compran a Florentina Escudero su parte de la ganadería. El año de 1968 fue fatídico, el semental “Hospiciano” manda al ganadero  al hospital con nueve cornadas en el cuerpo. El palmarés crece, premio a la corrida más completa de la feria de San Isidro del año 1975. La “Corrida del siglo” –conozco de memoria cada lance y cada pase, y la narración suprema de Matías Prats Cañete- con Ruiz Miguel, Luis Francisco Esplá y José Luis Palomar, cada uno de ellos con un par de huevos exactamente donde hay que tenerlos, y que se lidió en 1982. Premio Corrida más completa de la isidrada, en el año 2000. Las salidas a hombros de El Cid en Sevilla y en Madrid y muchos reconocimientos y galardones más.

Con el ganadero del diente de oro, ganaron la verdad, la tauromaquia y nosotros. Hay personas que engalanan el mundo, Victorino Martín Andrés es una de ellas. Por eso, hoy, desde el rincón de la tierra en que me tocó vivir, agito emocionado mi pañuelo blanco. ¡Adiós, ganadero inconmensurable!. ¡Adiós y gracias!, desde el fondo de mi corazón, ¡por su respeto al toro bravo, muchas gracias!.

Sinodal y examinado…(Opinión)

Autor: José Antonio Luna (Colaboración especial)

Lunes 02 de octubre de 2017.- Quedó pendiente la semana pasada y aquí está. Una encerrona no es la fiesta de cumpleaños del matador que se encierra. Es una prueba muy seria para mostrar el grado de dominio que el protagonista ha conseguido. En una encerrona, lo primero que debe de haber son toros con facha de eso, de toros y además, en puntas. Mejor, si son de diferentes encastes, para que el examinado demuestre la sapiencia que a lo largo de su carrera ha alcanzado. Las lidias deben contener la ortodoxia de la verónica y la imaginación desbordada en una larga variedad de quites. Si el diestro banderillea, le incumbe hacerlo con maestría, precisión de reloj suizo y asomándose al balcón en cada embroque. Las faenas de muleta estarán comprometidas a lograrse con un pozo hondo de sentimiento y verdad, después de cada remate de pecho debe venir un adorno que muestre largueza de catálogo. Las estocadas corresponderán a la altura de lo obtenido con los trapos.

El pasado dieciséis de septiembre fuimos a la “Ranchero Aguilar” en Tlaxcala, a la encerrona de José Luis Angelino. Llegamos con toda la ilusión de ver a un maestro que tiene mucho temple, técnica y arte, pero el desencanto nos invadió cuando salió el primer toro. Un animal de desecho de la Soledad con la cornamenta defectuosa. Impresentable para un examen de doctorado.

El segundo fue un toro-toro de Tenexac, precioso de lámina, cárdeno, largo como un tren, hondo y bien redondeado de culata. Además, fue bravo, noble y de buen estilo, al que José Luis Angelino toreó con la escrupulosidad y el arte que el toro requería, aunque debo decir que no lo mató, sino que ya estoqueado el toro se cayó y un subalterno taimado, puso el pie y cargó el peso de su cuerpo sobre el rabo para que el merengue no se levantara. Aquí, también, hay que decir, que otro de la pandilla, el puntillero, cada vez que se acercaba por detrás -ya se sabe, la manera mexicana de apuntillar es traicionera, por eso, la pueden realizar gordos habilidosos que no tienen otro papel en el guion-, éste, antes de dar el cachetazo, aprovechaba para sumir más el estoque disimuladamente y de inmediato, sacarlo.

Pasando por alto esos actos vandálicos, parecía que la tarde se enderezaba. Las ilusiones volvían a tomar aliento. Sin embargo, no fue así. Lo que siguió fue lastimoso, una burla para el noble público que apenas protestó la presencia del resto de la corrida en la que los toros de Atlanga, Reyes Huerta y Rancho Seco tuvieron estampa de novillos y algunos hasta de erales, y por si fuera poco, de desecho. El de don Hugo García Méndez tuvo más presencia.

Habiendo doblado el tercer bovino corrido, la encerrona cambió dogmas por relajamientos. El matador Angelino se fue a mudar, dejando el terno manzana y oro, y poniéndose un precioso traje de charro. Vestido de esa manera y con la muy escaza presencia de los bóvidos, la tarde tomó aires de festival. Mariachis, convidadas a banderillear sin que la mayoría de los invitados estuvieran a la altura, complacencias musicales y lo imperdonable, la poquedad de los morlacos.

El que firma lleva vistas varias encerronas que parecen el agasajo del matador. Se han confundido los conceptos. Cuando se tiene inteligencia, surge una cuestión insalvable, el conocimiento de que no es lo mismo pretender librarla como se pueda, que hacerlo como Dios manda.

Con toreros como José Luis Angelino, el de la preciosa faena barroca hace años en la Plaza México, el de la lidia perfecta al toro de De Haro allá mismo y el que toreó por nota la tarde que nos ocupa al toro de don Sabino y doña Paz Yano, siempre me queda la expectativa de que en el hotel, cuando el diestro toma el regaderazo y en la soledad del cuarto de baño se acaba la coba, frente al espejo queda un hombre desnudo de cuerpo y alma, que está al corriente de que mucho de lo acontecido en la tarde ha sido simulado y aunque tenga la certeza de que logró un éxito económico, un kilo de orejas baratísimas y las fotos de la salida a hombros que exigía el apoderado, en el fondo, sabe que no alcanzó la cota. Es que la competencia más dura es la que se da contra uno mismo. La vida es sabia y coqueta, en las pruebas trascendentales nos da doble papel, el de examinado y el de sinodal, y así, ¿dónde carajos cabe la coba?.

Consternados, dolidos…(Opinión)

Autor: José Antonio Luna (Colaboración)

Martes 26 de septiembre de 2017.- De toros, esta vez se las debo. No puedo escribir de otra cosa que no sea la tragedia que está viviendo mi pueblo. Muchos lo perdieron todo, pero hay otros que perdieron a seres queridos y que darían todo, a cambio de volverlos a ver vivos.

Cuando un sismo de gran magnitud sacude la tierra, las casas y los edificios de estructuras más débiles se vienen al suelo, llevándose con ellos a muchos seres que los habitaban. El dolor y la desesperación de los que se quedan son inmensos. Las preguntas que uno se hace por amigos y conocidos aplastados, son lacerantes y desde luego, no tienen respuesta. No alcanzo a imaginar la desesperación y el dolor de los que perdieron a familiares cercanos. Se me hacía un nudo en la garganta al ver en la tele a esa joven mujer, que suplicaba a los rescatistas entraran al edificio derruido, porque adentro había dejado a su madre.

Este terremoto que ha asolado la parte central de la República Mexicana ha servido para demostrar una vez más que, en el fondo, somos un pueblo solidario y bueno. La gente se ha esforzado incansable en jornadas interminables. En cada esquina hay un centro de acopio. Los jóvenes se acercan a los edificios colapsados, llevan en las manos una pala. Las cadenas humanas no cesan de pasar cubetas de escombros. Cada rescate produce la alegría de un parto. Topos, bomberos, soldados, voluntarios, han dejado el alma en cada boquete. Somos una nación de héroes anónimos y  generosos, donde los haya.

Sin embargo, un sismo de gran magnitud, junto con las construcciones, también sacude el corazón y la conciencia. Te deja temblando y no de miedo, aunque sí lo tienes y mucho. Basta el ruido de un camión que haga vibrar los cristales de la ventana, para que se te corte la respiración y mires a alguna lámpara por si se columpia. Pero no, no es de miedo por lo que temblamos. El movimiento telúrico nos ha dejado estremecidos de desamparo y de tristeza, también, de rabia. En la cara opuesta, el sismo nos ha mostrado el lado negro de nuestro gobierno corrupto.

Nos indigna la frivolidad con la que las autoridades del país, en todos los niveles gubernamentales, han abordado la temática de la tragedia. El sismo ha servido para poner en evidencia al estado fallido. Los políticos, en su falta de sensibilidad, han aprovechado la tragedia para iniciar sus campañas con el objetivo puesto en las elecciones del próximo año. En estas horas que estamos tan lastimados, hemos visto a golfos y golfas con cargo en la administración pública, aparecer en los derrumbes poniendo cara de circunstancias para ser entrevistados. Sólo quieren llevar agua a su molino.

El caso de Televisa y la Secretaría de Marina en el que se jugó con los sentimientos de toda una multitud que, prendida de la pantalla hasta la madrugada, esperó adolorida a que una niña fuera rescatada y qué ahora, no sabemos si fue ficción o qué cosa, y así nos quedaremos por los siglos de los siglos, sin una explicación convincente.

Asimismo, hay testimonios de voluntarios en las redes sociales que afirman haber recibido indicaciones de autoridades, en especial de presidentes municipales, de dejar los víveres en bodegas, como ¿para qué?. Si la gente los necesita ahora mismo. La posverdad ha campeado y no sabemos qué noticia es verdadera o falsa, aunque tememos que a la ayuda acopiada por los voluntariados, se le ponga una etiqueta de partido político o de una dependencia oficial y sirva con fines electorales o de corrupción.

Estamos consternados, dolidos, tenemos el corazón profundamente sacudido y ni que decir, la conciencia… ¿Cómo es posible que necesitemos marcar cada lata de comida, cada bolsa de frijol y de pasta donados, para que ningún infeliz se pase de listo?.

Son la una con catorce minutos de la tarde. De nuevo, en un diecinueve de septiembre. A mi cubículo ha llegado un estudiante a revisar su examen. No termina su petición, cuando inicia el tremendo movimiento trepidatorio. El piso vibra violentamente, al tiempo se escucha un rugido de la tierra. El edificio cruje y la estructura del techo retumba.

-¡Qué pasa, profe…?.

Se marcha a toda velocidad. Lo sigo, pero el zapato se me enreda con el cable del internet. Tardo unos segundos en desenredarlo. En las escaleras me alcanza alguien que ase mi brazo. Me enojo mucho porque pienso que está estorbando mi huida. Es una mujer, de inmediato, comprendo que lo que quiere es amparo. La ayudo. Los escalones se mueven como si estuvieran dando saltos. El ruido es espantoso, la tierra brama, suenan los timbres de las alarmas sísmicas, se rompen vidrios, se escuchan gritos de la gente, los edificios se quejan. Cuando llego a la jardinera, sigue temblando. Por fin, el suelo se aquieta, pero los cables continúan balanceándose por un rato. Quedan los sollozos de algunas estudiantes. Unos a otros, nos miramos a la cara silenciosos. Azorados, adivinamos que las noticias van a ser atroces.

A gritos…(Opinión)

José Antonio Luna (Colaboración Especial)

Mara: para ti, que nos dueles tanto.

Lunes 18 de septiembre de 2017.- Pensé salir con paparruchadas dichas hasta el cansancio sobre la afición del cura Hidalgo a los toros. Que fue ganadero, que tenía tres haciendas y que le gustaba la lidia y, luego, ya entrados en el tema, por ahí, escurrirme escribiendo sobre la distorsión de la Historia de México, siempre mal contada. Lo cierto es que la independencia que el cura de Dolores quería, era la de España. Por lo menos, eso profirió a gritos la madrugada del dieciséis de septiembre de 1810. Cien años después, en éste el país del “por mis huevos”, Porfirio Díaz adelantó unas horas la festividad, para hacerla coincidir con su cumpleaños y por eso, celebramos el quince. Lo que en realidad Hidalgo quería era que los franchutes se largarán de Madrid y que volviera Fernando VII, pero su movimiento se desvirtuó y después de guerras, fusilamientos, cabezas cortadas y tratados políticos, acabó en esto que llamamos Fiestas Patrias. Esta noche, tronaremos  cientos de cohetes para espanto de los perros que temblarán aterrados, correrá el tequila en los gañotes de eufóricos compatriotas y desempolvaremos la música de mariachi -lo hacemos una vez al año- para celebrar que nos pudimos independizar de España, y que nos convertirnos por completo, en dependientes de los gringos.

No, no cederé a la tentación. Soy de los que creen que cuando se escribe, por lo menos, el que lo hace como se debe, está abriendo las ventanas para que los lectores se asomen y vean lo que lleva adentro. Sean O’faolain dijo, palabras más, palabras menos, que no es sobre un tema lo que el hombre escribe, sino que se escribe a sí mismo, y en eso estoy.

Este fin de semana habrá varias corridas según se anuncian, para celebrar la Independencia. Los nombres de los novillos –ustedes lo saben, difícilmente, a algún ruedo saltará un toro-  se los puedo adelantar. Habrá varios que se llamen “Insurgente”, de “Libertador” tendremos media docena, “Patriota” y “Tricolor” infaltables en la nómina y si mucho me apuran, puede aparecer por la de toriles un “Trigarante”, bautizado por algún ganadero despistado que ignore que el episodio del Primer Imperio Mexicano debe ser borrado de la Historia nacional. Sirven también nombres, si le ponemos un poco de imaginación, como “Pozole” para un colorado y “Pambazo” para un cárdeno.

Ustedes perdonen lo irreverente y que vaya yo de aguafiestas, pero les puedo asegurar que en todas las corridas primará una de nuestras más grandes tradiciones, la de faltarle el respeto al toro de lidia. Es que la carrera desbocada de la gente del toro ya no tiene freno. ¿Cuál rito emocionante y trágico? El toreo es un negocio y la celebración de las Fiestas Patrias un motivo mercadotécnico muy a tono con la tauromaquia. Humillar al toro de lidia es una costumbre muy arraigada en nuestro país y aquí les vengo con más de lo mismo: novillos anunciados como toros, pitones serruchados sin decoro, casta menoscabada hasta la desesperación, arteros crímenes cometidos en el peto del caballo y toreros presuntuosos que se pavonean en desplantes ridículos ante los pitones de animalitos más nobles que un marqués.

Ya me estoy imaginando los faenones antológicos, eso, y los muchos ¡viva México! Que se espetarán en la plaza. Gritos que en el fondo dicen que sí, qué viva eternamente, siempre y cuando, el que grita no tenga que hacer el menor sacrificio, ni el más mínimo esfuerzo cívico, para darle esa vida que el país, ese sí, nos lo está pidiendo a gritos.

La del coeficiente intelectual…(opinión)

José Antonio Luna (Colaboración Especial)

Domingo 03 de septiembre de 2017.- ¡A por ellos! pensó el Miura mientras creía que estaba alucinando cuando el par de tontos, un hombre y una mujer, llegaron hasta los medios del ruedo gritando consignas en contra del toreo y moviendo los brazos. El novillo se disparó como una flecha centrando al que de los dos le pareció el menos sobrado de inteligencia, es decir, al más pendejo. Lo lanzó por los aires y ya en el suelo le pegó una paliza de espérame tantito. La señora -como se sabe, siempre más listas- mientras se manifestaba a brincos no dejó de vigilar con el rabillo del ojo y puso pies en polvareda en cuanto vio la arrancada, dejando a su compañero de luchas absurdas con un ¡ahí te ves! y que te arreglen bien tu asunto. El abandonar a un colega en situación comprometida, desde luego, es cosa que jamás haría la gente del toro.

El hombre, por su parte, dando la espalda al merengue de don Eduardo y don Antonio, creyó que estaba en un parque de diversiones y sin esperarlo, como un pino de boliche, recibió tremendo batacazo por la espalda  nivel te vas a enterar cuánto vale un peine. Después, el cornúpeta se ensañó con él revolcándolo mientras las cuadrillas se acomedían desganadas a hacer el quite. ¡Se lo hubieran dejado otro ratito!, exclamé mientras veía el video, riendo con el humanismo propio de todo individuo de mi calaña.

Fue hace unos días en el pueblo francés de Carcassonne, correspondía el turno al novillero español Mario Palacios cuando un colectivo antitaurino irrumpió en el callejón y como ya dije, los más bestias de la compañía se metieron al ruedo.

No es saña vengativa. Por lo general, me caen bien toda clase de contestatarios y aún más los defensores de los animales. Soy de los que aplaudo si al caminar por el monte se me atraviesa un conejo, una ardilla, una familia de codornices o me sobrevuela un halcón. Tengo la certeza de que todos los animalitos son más dignos de defensa y merecen mejor suerte que muchos malasangre que van por ahí apestando el mundo. Ya no soporto las peleas de gallos y nunca acepté las de perros. No me gusta la caza ni ir de pesca y con gusto entregaría a las huestes de Herodes al niño que apedrea pajaritos. Pero lo de los toros es otra cosa. Ni siquiera es una contradicción personal, porque como ya lo comprobó el antitaurino que protagonizó el video -“ the Oscar goes to mister tonto”- los animales de lidia nacieron para eso, para la lidia. Así que sin corridas  -que como dijo Vargas Llosa, son uno de los espectáculos más bellos del mundo- desaparecería este tipo de ganado.

Lo que pasa es que lo acontecido en Carcassonne rebasa toda frontera. El par de activistas se adentró fiestero en los pantanosos terrenos de lo hartamente imbécil. Tal vez, por eso no sentí conmiseración alguna y lo confieso, la cogida al gabacho me provocó carcajadas perversas que me tiraron al suelo, pero, estarán de acuerdo que la risa impetuosa fue más que justificada, ¿no?. Luego, ya más calmado fui tocado por la luz y me apiade. Sí, lo reconozco fui cruel, pero es que para meterse a un ruedo con un Miura campando en él, se necesita estar hasta las orejas de tequila, haberse fumado diez canutos o ser un imbécil tamaño extra-grande que se ha creído el cuento del pazguato ese llamado Ferdinando.

Al final, el hombre fue arrastrado hasta un burladero por un peón de brega y de inmediato, lo llevaron a un hospital donde fue sometido a varias pruebas. Salió bien de todas, menos de la del coeficiente intelectual.

 

La conquista del paraíso…(Opinión)

José Antonio Luna /Tauropasion (Colaboración especial)

Domingo 20 de agosto 2017.- No siempre me formo en la fila de los puristas. Mi amor por la tauromaquia no incluye una devoción intransigente hacia las formas tradicionales. Creo que las cosas deben evolucionar para sobrevivir y, por tanto, que las reglas del juego deben modificarse, para que los públicos juveniles que van a heredar la fiesta, vuelvan a interesarse en ella. En lo que va de la semana he tenido dos alegrías. La primera ha sido el berrinche de Morante. Ya era tiempo de poner un hasta aquí a su flojedad y el “¡ya basta!” lo ha proferido él mismo. ¡Qué bueno!. No está el horno para buñuelos ni la magdalena para tafetanes. Aquello de que el de la Puebla, en cada comparecencia estuviera abúlico y se tirara a matar de sobaquillo se empezó a volver una reverenda mención a la madre. Asimismo, lo de que tras aburrirnos con su miedo y su desgana, de pronto, pegara una única verónica y los simples dijeran muy ufanos –se de lo que hablo, yo fui de esa hermandad- que el lance había valido el boleto, era tan disfrutable como una patada bien puesta en los huevos. La segunda alegría ha sido la corrida picassiana de Málaga.

Si les gusta el arte, si disfrutan la belleza en cualquiera de sus expresiones, si aman el toreo, la música y la pintura, busquen el video de la corrida y pónganlo en el minuto que quieran. Con suerte darán con una tanda de naturales en cámara lenta de Enrique Ponce. O con un toro embravecido haciendo cisco las pinturas sobre los burladeros. O con la belleza y la voz de la soprano Alba Chantar cantando el Panis Angélicus. O con las cumbres tonales de Estrella Morente colaborando con el diestro de Chiva a bordar en flamenco la tarde. O con Pitingo requebrando las notas de Wendoline, mientras Conde se debatía en su miedo. O, tal vez, se den de lleno con el mismo torero malagueño en un precioso quite por verónicas, que en realidad, fue lo único de valor que hizo en toda la corrida.

Enrique Ponce no es un estudiante de artes clásicas ni un literato, es un torero, pero ha leído libros y los ha escrito, de esa vena, le viene el culto por el arte. Él ha sido el autor de esta espléndida idea a la que bautizó como Crisol y la tarde de ayer, vio fundirse en ese recipiente el oro de sus sueños.

Un foco encendido fue colocado frente a la puerta de toriles de La Malagueta y el tubo que lo sostenía llegaba más allá de la barrera. Era una cita a la bombilla del Guernica y el ruedo se convirtió en el ojo solar que lo enmarcaba. La barrera y los burladeros tenían pinturas sobre puestas. La corrida picassiana fue una mezcla de conceptos. Las cuadrillas que no saben distinguir entre lo de Francisco de Goya y lo de Pablo Ruiz Picasso, iban vestidas de goyesco y Enrique Ponce sólo mando bordar unas discretas palomas de la paz picassianas a su vestido purísima y oro. Por su parte, Javier Conde sí lució un terno precioso, negro y azabache, con figuras emblemáticas del pintor malagueño. La música tuvo también surtido, lo clásico y la ópera alternaron con lo popular y el flamenco. Las pinturas eran manchas de color a lo Picasso, entreveradas de dibujos a tinta negra representando  imágenes taurinas combinadas con otras ideas ajenas a la tauromaquia.

La corrida y su sincretismo tuvieron un encanto enorme. Que sí, que los toros eran del encaste blando, que estaban justitos, además de noblotes y débiles, sí, lo que ustedes quieran, es cierto, pero la tarde fue muy diferente. Por ello, no estoy de acuerdo con los que se rasgan las vestiduras y piden que no se repita, exigen que se respete la tradición a ultranza. Los atrevimientos que con “Jaraíz” -toro que desde luego, no era de indulto- tuvo Ponce acompañado de la música, o la música engalanada por el toreo, fueron de enorme belleza. Incluso cuando el merengue había sido completamente dominado y el maestro valenciano ensayó la poncina con el capote, o que le diera las tres a Conde que no pudo con el bobaliconazo, fueron detalles que cambian el discurso.

Las faenas al calor de canciones como She, compuesta por Charles Aznavour y Herbert Kretzmer para la serie de televisión inglesa Seven faces of woman, y El oboe de Gabriel, inspiración de Ennio Morricone para la película La Misión, propiciaron un ambiente de enorme sensibilidad. Además, Enrique Ponce estuvo muy inspirado. La música de fondo, La conquista del paraíso, de Vangelis para la cinta 1492, hacía que el matador toreara como si estuviera soñando.

Sí, seguro, eso no es la fiesta, fue otra cosa que realzó más la experiencia de goce estético. Fue liberar a la imaginación, romper esquemas, y en eso estribó lo más sentido del homenaje al pintor. Si Picasso se hubiera detenido por lo que opinaban los tradicionalistas, nunca hubiéramos conocido Las señoritas de Avignon ni El Guernica.

La intertextualidad del arte…(Opinión)

Autor: José Antonio Luna (Colaboración especial)

Sábado 05 de agosto de 2017.- La emoción que provocan no es para menos. Tan buena una como las otras. La colección de fotos es de una belleza inconmensurable. Son en blanco y negro, y tomadas por un fotógrafo ruso que ha entendido la esencia de la tauromaquia, como no lo consiguen muchos aficionados nacidos en tierras taurinas. Es decir que el cosaco comprendió que lo del toreo es un rito sagrado de una belleza sublime y, al mismo tiempo, de una crudeza atroz. Me refiero al toreo con su verdad intacta, su emoción más profunda, con su gloria elevada a la última dimensión y su tragedia descarnada, combinación que si se aprecia en todo su valor, genera un éxtasis solo alcanzable por algunos iluminados.

La colección fotográfica se llama La magia del éxito de Ureña en Valencia, es del artista Sasha Gusov y fueron publicadas en el semanario taurino Aplausos.es. La serie abre con una imagen imponente en la que el maestro Paco Ureña, místico como lo es, está en el patio de cuadrillas solitario y recogido en sí mismo, ya liado el capote de paseo. La belleza de este retrato estriba en que el autor ha seguido dos reglas: La primera, que una buena fotografía se logra si el que la toma sabe dónde pararse. Y la segunda, que las buenas imágenes deben decir mucho sin pronunciar una sola palabra.

Después, vienen escenas preciosas del toreo de Ureña, pureza en el estilo, pundonoroso ofrecimiento del pecho y la entereza de cargar la suerte. Otros cromos muestran algunos desplantes y a continuación, el momento de la cogida cuando el torero murciano en el suelo hace un rictus de dolor, los ojos cerrados y la taleguilla desgarrada. La siguiente, es una foto portentosa del diestro desvaneciéndose con el vestido hecho girones y el rostro ensangrentado por el golpe que se llevó en la frente. En seguida, viene la cronología gráfica de los auxilios al hombre que yace tendido en la arena. Otra lámina muestra al diestro recuperado que camina reflexivo. Luego, un pasé más, un cite… en esas últimas imágenes, el coleta lleva una curación en la frente.

La última de la selección es la foto que más me gusta. En ella, un Paco Ureña repuesto, con la cara lavada y el traje de luces recosido se deja querer por una chica que pone sus manos a la altura casi de las hombreras y que seguro, va a besarlo. Ella, vestida de blusa oscura, pantalón corto, calza sandalias y el bolso colgado a la cintura, se está acercando para darle el premio más sencillo y valioso de la tarde, o sea, el beso del consuelo y la admiración de una mujer hospitalaria y bella. Es un bálsamo muy digno y más que merecido para alguien que no se resigna, ni se vence y traga mucho paquete. Lo mejor de la imagen, es que estando rodeados por tanta gente –es obvio, están en el ruedo- y un subalterno distraído mirando al tendido camina tras su matador, él y ella aparecen en la perfecta soledad que requiere la ternura del caso.

A veces, la vida nos da regalos conmovedores. Cuando creemos que hemos visto todo, llega un torero que encajado en sí mismo se desfonda a muletazos, entrega el corazón sin quedarse nada y nos enseña que el toreo tiene una hondura negra que aflige y que a la vez, estremece por su belleza luminosa. Del mismo modo, tras cientos de fotografías de toros vistas a lo largo de la vida, llega un ruso con su cámara y nos deja emocionados y perplejos.

Esta es la pasmosa intertextualidad del arte. La palabra viene de la literatura y se refiere a que un texto lleva a otro, pero el concepto se aplica al arte en general. Aquí, el ejemplo queda muy bien: La elevación a ritual que Paco Ureña hace de la costumbre de matar toros a estoque, llevó a Sasha Gusov a realizar imágenes que nos conmueven en lo profundo. Y, si me lo permiten, las fotos nos llevaron a este texto, que malo o bueno, juntando letras, sujeto, verbo y predicado, más alguna pirueta de retórica, tiene en su impronta la intención artística.

Un coleta-inventor…(Opinión)

Autor: José Antonio Luna (Colaboración especial)

Lunes 31 de julio de 2017.- Entrados en el camino de la alevosía, aquí le vamos al trapo como un victorino bueno a la muleta de El Cid. Ya se sabe, si los bovinos de lidia pudieran hacerlo, tendrían que preocuparse más de los taurinos que de los antis, porque la gente del toro, en su afán de saquear la fiesta, les hace más daño, que los otros cuando se desnudan, se untan salsa de tomate y antes de irse a zampar unos filetes, se ponen a gritar consignas pro defensa de la vida de los toros, que en realidad, son un acelerador hacia la desaparición de la especie.

De lo que les quiero hablar, es de enmendar la ruta.  Del camino que conduce a la suerte de varas como el aspecto crucial del futuro de la fiesta de los toros. En la actualidad, existen dos vertientes para llevarla a cabo. La pica de los camotes taurinos que son suaves y débiles, -tan del gusto de los diestros españoles que vienen a ser la América plan todo incluido-  debe hacerse apenas arañando la piel del cornúpeta una sola vez y a otra cosa muchachos. Con ello, se da al traste con la parte más recia de la lidia, la lanzada, y con la más vistosa de este tercio, es decir, la de los quites.

Por otro lado, están los puyazos que se les pegan a los toros bravos con edad y cuajo. En ese caso, el picador piensa que en lugar de a caballo va en un tanque y que en vez de una puya, tiene en la mano una ametralladora pesada Browning, y se ensaña brutalmente en contra del toro. Le pega tan fuerte, que tras ser separado del peto, el animal se queda parado y con un rebozo de sangre que encharca el suelo bajo las pezuñas. Adiós, a cualquier ilusión.

Si queremos que la anacrónica tauromaquia se salve, los aficionados a las corridas debemos entender que el eje central de la lidia es el tercio de varas y hay que defenderlo contra todo y contra todos, en especial -me da risa acompañada de un cólico intestinal- de los toreros.

Escribo sobre este punto por dos razones. La primera es que mi amigo Arturo Carvajal, me ha enviado la dirección electrónica de un video en el que se muestra una puya modificada que daña menos a los toros. La segunda es que mañana voy a Santa Ana Chiautempan, en el estado de Tlaxcala, a ver una señora corrida de toros de la ganadería de Tenexac, que son bravos y fuertes y que según la experiencia, serán aminorados de manera brutal en la suerte de varas.

El video es una grabación del programa Tendido Cero, en el que los comentaristas Belén Plaza y Federico Arnás, nos hablan de un puya creada por el matador de toros valenciano, Manolo Sales, que ha inventado cosas de gran utilidad para la lidia contemporánea, ejemplo, las banderillas retráctiles que se pliegan y evitan accidentes de gravedad como sucedía antes, cuando las jaras quedaban enhiestas. Por cierto, hace años, una banderilla en ese estado se le clavó en el cuello al matador Miguel Espinoza Armillita.

Ahora, el coleta-inventor ha ideado una puya que de ser aprobada, mejorará radicalmente el tercio de varas. El artilugio facilita la rectificación cuando el picador prende al toro en mal sitio, además de que, al no tener el tope después de la almendra, evita un castigo excesivo, no confundir con la cruceta que sí conserva. Por otra parte, Sales ha indicado que esta nueva puya ahorma la cabeza de los toros, con lo que se obtienen embestidas por lo bajo, es decir, de mejor calidad.

Todo está en que los intereses alevosos de los protagonistas actuales accedan a un tercio de varas más emocionante y con la bizarría de antaño, con una puya que mermará lo justo los ímpetus del toro. Claro que para ello, habrá que tener los arrestos para aguantar un animal con mejor movilidad y con más posibilidades de herir al diestro.

Qué leal y cuanta carga de toreo verdad sería eso. Pero, no se hagan muchas ilusiones y más bien, échenle huevos. El invento, de demostrar su funcionalidad, será aprobado en España. Aquí en México, seguiremos con la leona que para eso este país es singular y polimorfo, donde toda trampa y corruptela tienen su asiento y su paraíso, y donde lo chueco crece como lechugas en invernadero. No, si el problema no son los antis, el problema son los pro. Uno no sabe si reír o llorar a moco tendido.

El emblema de la hazaña…(Opinión)

Autor: José Antonio Luna (Colaboración especial)

Martes 25 de julio de 2017.- En el mundo, son contadas con los dedos de una mano las plazas de toros en que los espectadores se han jugado la vida, poniendo los riñones delante de los pitacos, antes de sentarse en la grada para ver lidiar a los merengues que por la mañana los han perseguido. Si algo tiene Pamplona en julio, es que contagia su sentido del valor y de la hazaña. Con ello quiero decir, que sabe mucho a gesta lo que hacen los mozos que corren el encierro. Jugarse la vida a cara o cruz sólo por el gusto de vencer el propio desafío tiene su magia. La mayor virtud de la emoción es que contiene una saludable dosis de incertidumbre y hay algunos atrevimientos que limpian la vulgaridad de la vida.

Aventureros extremos seguidores de una añeja tradición, algunos son héroes anónimos, mozos que de pronto se encuentran en la encrucijada entre seguir corriendo o dar vuelta para auxiliar al compañero que en el suelo, presa de un toro cornalón, recibe tarascadas por docena. Hombres que se acercan al borde mismo de la cornada para arrebatarle, arrastrándolo de los pies, al tipo con el que el morlaco está ensañado.

Por gente como esta, en Pamplona los toreros llegan a la arena con el listón de la gesta colocado en lo más alto. Todo el elenco que se apunta a al coso de La Misericordia sabe de antemano que la tarde se va a poner color de hormiga. Bovinos enormes con cabezas para adornar cantinas y, ante el drama de la vida y la muerte que se dirime en el ruedo, las peñas de sol se la pasan cantando y bailando.

En los recientes sanfermines, ha habido un torero valiente que destaca entre el grupo de valientes. Rafaelillo está acostumbrado a tragar gordo y lo ha conseguido, se fue a hombros después de nueve años de no hacerlo en ese edificio taurino. Este héroe de la tauromaquia contemporánea tiene doctorado en la lidia de pupilos de Zahariche, lleva dieciocho miuras en la plaza pamplonica. Oreja en el primero, un caballón cárdeno oscuro, paliabierto, que acomodó la cabeza en los naturales. En cambio, el cuarto era un toro negro, bragado y que se quedaba a medio pase buscando el cuerpo del matador. El especialista en tragos amargos empezó a aplicar toda su ciencia con una lidia sobre piernas, doblándose y tocando a pitón contrario para destroncar. Cuando consideró que podría robarle algunos pases esporádicos le pegó un molinete, quiso repetir la hazaña y ¡toma ya!, pequeño detalle, olvidó que los toros de don Eduardo y don Antonio piensan más que un filósofo, por lo que cuando Rafaelillo pretendía pasarlo para enredarse en la muleta, ya tenía al barbas enfrente y a volar alto y violento. El sentón fue memorable, de esos que dejan la columna vertebral haciendo tilín, tilán. Sin embargo, el diestro de Murcia se recuperó pronto y volvió a la carga sin chaleco y chaquetilla. Toreo con el Credo hipotecado en los labios y de una estocada despachó al miureño. Así, consiguió que los dioses le guiñaran el ojo y que los aficionados lo sacaran a hombros.

La ciudad de San Fermín y de Ernesto Hemingway hizo de su tradición la parte más cosmopolita y vigorosa de la tauromaquia, además, a algunos toreros valientes que llegan allá, como este Rafaelillo tan bravo como un tejón, les permite colgar en su palmarés el emblema de la hazaña.