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Aportación a la teoría de la lidia…(Opinión)

José Antonio Luna /Tauropasion

Domingo 26 de noviembre de 2017.- Oigan, pretender que los toreros hagan algo por nosotros, es como si los ratones quisieran que los gatos los ayudaran a escapar de sus garras. Somos los aficionados, los que debemos ya -¡urgente!- cambiar la estrategia y ponernos rigurosos, sin embargo, primero debemos avispar y percatarnos de la realidad. Las aficiones tienen el espectáculo que se merecen.

La corrida de los “teofilitos” marca los derroteros de cómo las figuras quieren dárnosla con queso. ¡Por piedad!, reflexionen, vean la torpeza, cantar oles a El Juli por la lidia de ese merenguito bobo hasta la desesperación, que embestía como si fuera de cuerda, sin el menor asomo de emoción, con la cabeza a media altura y saliendo de cada pase desparramando la vista, pero sin ganas de irse, para volver a embarcarse con la obediencia de un perro faldero, eso, es el apocalipsis de la tauromaquia. Así mismo, el mansurrón que se quedó mirando a Joselito Adame cuando el diestro cayó frente a él y no movió la leña un milímetro para obsequiarle un derrote, significa, en pocas y sencillas palabras, que ya nos cargó el carajo.

El Juli vino a la México a vernos la cara una vez más con una estafa monumental del tamaño de esa plaza, la más grande del mundo. A la bribonada, se sumaron su cómplice, el diestro comparsa  que se llama José Guadalupe Adame, y los ganaderos de Teófilo Gómez, todos ellos capitanes generales, del movimiento antitaurino mexicano. La corrida fue un soberano despropósito y una vergüenza.

Dicen que entre sastres no se cobra la puntada, pero al cachondeo se suman algunos críticos con sus comentarios aduladores al pasmo de Velilla de San Antonio. Para empezar, es una afrenta a la ética que los cronistas escriban acerca de las virtudes de la faena de El Juli a los bobos animalitos jugados el domingo pasado. Despaciosidad y arte son palabras que en este caso sobran. Estoy de acuerdo, Julián López, es uno de los grandes protagonistas de la historia del toreo contemporáneo, diestro prodigioso, pero, eso, es en España, aquí, en México, desde aquel maravilloso berrendo con estampa de eralito llamado “Trojano”, de la ganadería de Montecristo, no ha dejado de pitorrearse de nosotros.

Lo grave está en querer defender lo indefendible, como la perla contenida en una entrevista que Rafael Cué hace a El Juli. Entre los dos aportan un descubrimiento genial a la teoría de la lidia, el de que, por ejemplo, los toros de la ganadería de Teófilo Gómez no son sosos, sino que tienen “la bravura muy detenida”.  Cuando con el sobresalto adecuado vi y escuché el video que los amigos me mandaron –ignoro si el diálogo es reciente o no, pero da igual- me tiré al suelo de la risa. ¡Qué alguien me lo explique!, ¿cómo se puede mantener detenida la bravura de un toro encastado?. Luego, masticando bien esta afirmación lapidaria contra el arte de bregar y matar a estoque toros con estampa de erales–capten el doble filo-, calculé las consecuencias y lloré amargamente. ¡Alarma, alarma, focos rojos, Houston, tenemos un problema!. Ese eufemismo, el de la “bravura muy detenida”, si se pone de moda, será el golpe de descabello que nos faltaba para que la tauromaquia mexicana le vea las patas a las mulitas.

Sé que con artículos como éste, nunca voy a destacar en sociedad, pero no me importa, elijo ser leal al toro y fiel a la verdad. También, sé que mi remate es vulgar y que algunos lectores escribirán criticando mi lenguaje y otros, los cercanos, me lo dirán cuando me vean, pero no me puedo contener, ustedes perdonen: “¿bravura detenida?”, ¡oigan, por favor, no mamen!.

 

Toritos de casta brava…(Opinión)

José Antonio Luna Alarcón / Tauropasión

Sábado 10 de noviembre de 2017.- Al salir el primer cárdeno me sentí muy confundido. Como si la vida me hubiera hecho una jugarreta y me estuviera revolviendo los eventos y las fechas, igual que cuando uno se despierta a media mañana, después de haberse puesto hasta las orejas de mezcal el día anterior. ¿Qué no la corrida de toros era anteayer?. ¿La soñé, me la contaron, la imaginé o de verdad, la viví?. Nada de eso, tardé unos segundos en ordenar las neuronas y lo tuve claro: “Es que dos días antes, en el cartel estaba anunciada una figura del toreo, mi Toño, por eso, pareció novillada, pero la de los tres añeros es hoy”, me dije y los pensamientos se organizaron.

Fue como si algún bromista hubiera cambiado los encierros y el de Xajay para el mano a mano entre Sebastián Castella y Sergio Flores, correspondiera a los novilleros y este del que les voy a hablar, con muy bonita presencia, trapío, bravura, edad reglamentaria y que lidiaron los jóvenes aprendices, debería haber sido para los toreros de alternativa.

No sé, a veces quisiera acudir al sicólogo y contarle mi insensatez: “Doctor, es que soy aficionado a los toros en este país de mis partes nobles, llamado México, y por ello, vivo de espejismos, desengaños, ofuscaciones, entelequias y sueños fallidos. He llegado a tal punto de demencia que ahora, soy capaz de ir a ver un encierro de Xajay en Tlaxcala”.

Me ahorraré la consulta, escribir también es una terapia. Por eso, se los cuento a ustedes. Además, cada uno de los novillos de De Haro también fueron curativos, bálsamos para nuestra aporreada afición. Miren, empezaré por la forma, todos fueron guapos, entipados, cárdenos, hondos, de cabeza triangular y hociquito chato, fuertes, armoniosos, y eso habla de raza. En cuanto al fondo, la novillada salió como esperábamos: muy  brava y con movilidad. Forma y fondo de la hermosa casta de Del Saltillo. Emotivos todos, hasta el malo que, por cierto, nunca debe faltar en una media docena de divisa encastada. Hubo tres con muy buen estilo que acomodaban la cabeza, nobles, claros y fijos, uno de ellos de nota superior. Los otros tres no tanto, sin embargo, todos fueron morlacos muy interesantes. ¡Un lujo!.

Más allá del arrastre lento que le dieron a uno de los utreros y más allá de que los muchachos estuvieron por debajo del poderío táurico, nos queda el buen sabor de boca de haber sido testigos de un evento taurino como está mandado. Unos y otros, nos hicieron recordar que a los toros va uno a emocionarse, no a pegar corajes. Novillos bravos y novilleros empeñosos y valientes, porque José Mari Macías, Gerardo Sánchez, Ulises Sánchez, Manuel Astorga, Rafael Soriano y José de Alejandría, unos para adelante y otros como los cangrejos, se pusieron ante los merengues que no se ponen los consagrados, por lo menos, en Tlaxcala, ¡Qué paradójico!.

Los novillos de De Haro eran para ser desorejados, dos para triunfo grande y uno para faena antológica, si los novilleros hubieran podido, pero no pudieron. Lo que los chicos querían era pegar muchos pases y eso sí, los pegaron.

En fin, la vida es compensatoria y esta novillada fue como un té de boldo para la bilis derramada el dos de noviembre, día decepcionante y memorable, el de la corrida chica de la fecha grande. Si a Javier Sordo le pegamos la silbatina de su vida, a Antonio de Haro lo sacamos a saludar al tercio, ovacionándolo compensados y agradecidos, contentos por sus emotivos toritos cárdenos de casta brava.

El campo en la plaza…(opinión)

Tauropasión / José Antonio Luna Alarcón

Viernes 27 de octubre de 2017.- Cada quien tiene su fiesta de toros, ¡claro!, diseñada a su gusto y a la medida de sus propias convicciones. La mía es muy romántica y por tanto, incluye al toro-toro, es decir, al bovino que ha cumplido cuatro años, que salta al ruedo con una cornamenta bien armada e intacta, que tiene buena estampa y que da la impresión de fiereza, también, incluye al casi extinto héroe contemporáneo que se atreve a pararle tacos a ese toro, también encierra a las ganaderías que se han afanado más por la bravura que por la nobleza y a los buenos subalternos que se la juegan con los merengues de verdad. Soy de los que piensan que en Tlaxcala está lo mejor de la cabaña brava nacional. En esa tierra están mis amigos ganaderos, soy devoto de sus divisas y venero la historia de sus vacadas.

De los potreros de esas ganaderías son mis recuerdos más lejanos, aquel día de la niñez, cuando de las manos de mi padre y de mi abuelo descubrí el embrujo que es el toro en el campo. Ya lo he contado, fue una mañana muy temprano, recuerdo que estábamos tras la alambrada y la niebla no dejaba ver los toros, pero se presentían allí, muy cerca. De pronto, se corrió la fría cortina y apareció un toro negro, imponente, con los pitones astifinos apuntando al cielo, nos miró despreciativo, dio la vuelta y se marchó al paso, señorial, luego, con un trotecito, junto con sus hermanos se fueron a otra parte del potrero y la nube baja cerró el escenario. La visión mágica duró tan sólo unos instantes, pero en mi corazón se quedó grabada para siempre.

Por recuerdos como éste y muchos otros más, soy de la estirpe de seres humanos que aman entrañablemente el toreo. Por ese cariño, me uno a actividades como la que se dio en Apizaco, ciudad del estado de Tlaxcala, en la plaza de toros monumental Rodolfo Rodríguez El Pana, el gobierno municipal organizó El Campo en la Plaza. Este fue un evento con fines pedagógicos y de fomento a la tauromaquia.

Empezamos a las ocho de la noche. Metidos en un burladero de contrabarrera, hicimos la crónica en vivo y además, dimos la explicación de lo que acontecía en el ruedo.

La noche fue fría, pero transparente. En los medios del ruedo pusieron un círculo de pacas de paja para proteger a los que trabajaban con la hoguera para calentar los hierros. Los alumnos de la Escuela Taurina Municipal de Apizaco fueron los encargados de barbear los becerros, aunque, en realidad, lo acabaron haciendo los vaqueros y caporales de De Haro, ganadería que puso los animales y los elementos.

La estampa, una vez atrapado el pequeño vacuno, era muy bonita, porque dos vaqueros, uno montado en un caballo alazán y el otro en un tordillo, con pial y lazo a las manos, inmovilizaban a cabeza de silla al becerro, mientras las llamas crecían y se achicaban en los medios. El ganadero Antonio de Haro cumpliendo con el rito ancestral, ponía el hierro de la casa y permitía otros que se acercaron que herraran los números, entre ellos, al matador Sergio Flores.

Si herrar es el acto de marcar al ganado como propiedad y que se acostumbra hacerlo como una fiesta, con un evento como éste que además, fue gratuito, las personas que no tiene un amigo ganadero que los invite, pueden ver la faena, tal como acontece en el campo.

Luego del herradero, apagaron el fuego. En una camioneta se llevaron la paja y la base de acero sobre la que estuvo la fogata y, entonces, tentaron dos vaquillas. Una la lidió el novillero Gerardo Sánchez, que fue discípulo de El Pana y la otra, la toreó el novillero Sebastián Soriano. Este es un jovencito de baja estatura y moreno como pena honda, muy buen torero, de mucho arte y muy fino. Las vaquillas salieron buenas, mejor la segunda que además de enrazada, tuvo muy buen estilo.

Me gusta hablar de toros y este era un buen momento de hacerlo en público, aunque al que esto escribe no le dieron ningún crédito, se acomide de muy buen grado. Los que la amamos, debemos defender la fiesta. Después de las vaquitas, las cosas se pusieron serias y a la arena saltó un novillo berrendo en cárdeno muy claro, que parecía casi ensabanado. Tenía peso y se apreciaba que había rebasado los tres años. La bola del morrillo lo hacía lucir imponente, era un poco gacho y apretado de cuerna. Los espectadores lo recibieron con una gran ovación, es que hay corridas de toros en las que no sale un ejemplar con ese volumen. Fue muy bueno, enrazado y de buen estilo, metía la cabeza con mucha clase. El novillero José Mari Macías fue el encargado de lidiarlo a muerte.

El programa incluía la lidia de un toro, que fue recibido con aplausos. Era un ejemplar cárdeno con trapío. No lo vimos, porque, en este país siempre que de toriles aparece un verdadero toro, nadie sabe qué hacer. Después de que Antonio Romero le dio las buenas noches con el capote, la peonería no pudo con él y lo lidiaron del asco. En cuanto salieron los caballos, se les escapó del burladero de arrancar y por ello, lo picaron en la querencia. ¡Fatal!, le pegaron mucho. Luego, en banderillas, el peón de brega, en lugar de darle capa alargando el recorrido, muy cauteloso, lo recortaba debajo de las rodillas. Total, que apocó las embestidas. Sin embargo, el toro era bueno y cuando Antonio Romero le pudo, le pegó una tanda de naturales notables.

Es una lástima, pero la torería mexicana, tan acostumbrada a lidiar erales engordados, se aterroriza en cuanto ven un toro con edad. Es muy cierta la expresión que dice, “la mexicana es una fiesta de aficionados, la española, de profesionales”. Pero, más allá de lo bien o lo mal lidiado, el evento fue un éxito y se cumplieron los objetivos. La gente que nunca lo había visto, conoció las faenas de campo.

Así es está esto de la tauromaquia. Unos luchamos y nos afanamos por mantener viva esta tradición y hacemos lo que está a nuestro alcance por ganar adeptos a la causa, mientras otros, con su mezquindad y su corta visión se encargan de echar abajo lo que se ha construido, al caso, los matadores que el domingo pasado lidiaron las infamantes sardinas de Xajay en la plaza Vicente Segura de Pachuca. Fermín Rivera, Diego Silveti y Andrés Roca Rey, pusieron la tauromaquia a la altura de una pantomima. ¡Siempre hay gente solidaria, de esa que mira la burra reparar y todavía le avienta el sombrero!.

Valiente y estoico…(opinión)

José Antonio Luna / Tauropasion

Sábado 14 de octubre de 2017.- Que haya sido –o siga siendo- modelo exitoso en las pasarelas de la moda, que sea el protagonista en comerciales para Loewe, que siempre esté rodeado de pedazos de señoras, que Armani le haya diseñado un precioso traje de torero bordado con cristales de Swarovski, que además, mi mujer diga que es el Adonis del siglo veintiuno y que mis alumnas no aficionadas a los toros, me cuestionen: “profe, ¿cómo se llama un torero de ojos claros que es guapísimo?”, todo eso, había hecho que el que firma este artículo nunca lo tomara en serio. Aunque el diestro, ya había dado motivos para hacerlo.

El toreo era el arte de crear belleza dominando a un toro en los límites mismos de la vida -o de la muerte, según se vea- hasta que Cayetano Rivera Ordoñez lo convirtió en pasaje de mitología griega. Si es verdad que el matador es el último héroe romántico de nuestro tiempo, la tarde del miércoles en la Feria del Pilar, Cayetano, homéricamente, fundió en su propio ser la belleza de Paris, la nobleza, el valor y la entrega de Héctor y la enjundia y el coraje de Aquiles.

Cayetano se estaba jugando las femorales con un toro de Parladé -que es un juanpedro, pero con sabor- cuando el merengue le soltó tremendo tornillazo bien apuntado, que lo enganchó en el muslo izquierdo zarandeándolo en los pitones, para dejarle un tabaco de tres trayectorias, una de ellas, de veinticinco centímetros de profundidad.

El coleta se levantó de la arena con toda la cara embadurnada de sangre del toro -imagen que de haberla visto Mel Gibson hubiera sido su delicia- y con un hoyo en la taleguilla. Luego, escapando de los brazos de los otros toreros que querían llevarlo a la enfermería, volvió a la zona de fuego con la muleta planchada y se entregó en una tanda de pases con la derecha, todavía más templados que los anteriores. En la taleguilla hasta llegar a la media, la mancha de sangre oscura fue creciendo a toda velocidad, pero el diestro se mantuvo firme con la consecuente preocupación de su cuadrilla, su administración y la de todo mundo.

Después de tan valiente y entregada serie, que además de la osadía del herido, fue clásica en su ejecución, el torero lió la muleta, montó la espada, y atacó a matar, dejando más de medio espadazo en buen sitio, aunque algo tendido. Eso ya es para exaltarlo y mucho, sin embargo, la valía del acontecimiento, lo realmente ponderable de la hazaña, es que todo lo narrado después de la cornada, se llevó a cabo sin recurrir a un solo gesto de dolor con el que quisiera provocar la conmiseración ajena, es decir, que el diestro se aguantó con dos cojones, cara de hombre y una dignidad de héroe griego. Después de la estocada, dio unos pasos, y débil, el rostro color hoja de papel, se entregó en brazos de los hombres de su cuadrilla, que muy prestos lo condujeron en andas y a toda velocidad a la enfermería.

Esta es la parte que los ajenos a la tauromaquia no entienden. El toreo es grandeza, ya lo han dicho egregios escritores taurinos, pero es así, no sólo por que nos lleva a la sublime experiencia estética de un lance lleno de imaginación, de un pase armonioso o de una faena bella en toda su magnitud, sino porque es, también, una gran lección de antropología filosófica.

El toreo sirve, entre otras cosas, para amueblar el espíritu de valores y virtudes. Los valores morales nos ayudan a defender y a crecer nuestra dignidad. Asimismo, son parte de nuestra identidad personal y nos sirven como brújulas que nos orientan en el cambiante y decadente devenir de los tiempos.

Por eso, ves una hazaña como la de Cayetano Rivera Ordoñez y tomas ejemplo de cosas que otros menos afortunados, no son capaces de advertir. Digno, sin una mueca de dolor en el rostro, se acercó al toro y plantándole cara, mientras la taleguilla se manchaba de sangre prieta, corrió la mano una vez y otra, y otra, hasta el remate largo. Cada pase se extendía hasta el infinito por la entereza del hombre que lo estaba ejecutando. Yo mientras tanto, para las faenas a los toros que me embisten en mi propia vida, aprendo que debo ser valiente, estoico y flemático, nada de mariconerías en los problemas de lo cotidiano.

A su vez, orgulloso de mi afición, entiendo que para ser torero, para ser uno de verdad, hay que tener una tabla de valores de categoría héroe mitológico.

 

¡Muchas gracias!…(Opinión)

José Antonio Luna Alarcón /  Tauropasion

Domingo 08 de octubre de 2017.- Descanse en paz. Hacen falta mesías como él, salvadores del espectáculo más bello del mundo. Quedan muy pocos amantes del verdadero toreo y el resto, se lo está cargando con un entusiasmo del carajo. Abundan los mercenarios de la muleta y los criadores que son más blandos y mansos que sus propios toros, que ya es decir.

Él, apareció en el ambiente cuando los otros ganaderos apostaban por lo contrario. Este hombre se la jugó decidido en busca de un bovino con movilidad, fiero y encastado, que requiere de una lidia valiente y técnica redundando en la profunda e incomparable belleza que es una faena a un toro de verdad.

Por eso, ahora que se ha marchado para siempre, a miles de kilómetros y sin haberlo tratado con la cercanía que me hubiera encantado -sólo pude hablar con él ocasionalmente- con profunda tristeza, pero con una enorme gratitud, le dedico un homenaje íntimo de profundo respeto y sincero reconocimiento.

En los tiempos del predominio de lo insulso, Victorino Martín nos devolvió las columnas angulares de la tauromaquia. Por eso, los aficionados le debemos tanto. Fue un hombre valiente que no se plegó a las peticiones de las figuras, nunca rebajó bravura y casta en aras del insulso toreo bonito, ni se dedicó a la venta de morlacos sardinos que abonan a la compra de granos y pasturas.

Es insólito en la historia del toreo, que sean media docena de toros los que hagan que las empresas tengan que colgar el cartel de “No hay billetes”. Cuando se anuncian los famosos “victorinos”, los nombres de los que van a lidiarlos sólo son un complemento en las variantes del programa, porque el majestuoso espectáculo está garantizado y corre a cargo de la “victorinada”, que ya salga en plan “alimaña” -como bautizó Francisco Ruiz Miguel a los pupilos de esta casa que salen malos- o en plan toro de apoteosis, el espectador siempre gana por el juego emocionante que brindan en la arena.

¡Adiós a don Victorino Martín Andrés!. La gratitud de aficionado anuda en mi gañote el sentimiento de la despedida. Este hombre nos deja el grandísimo legado de sus míticos toros, pero, sobre todo, la convicción de que los idealistas tenemos la posibilidad de consumar nuestros sueños. Porque sólo fue con ilusión –los bolsillos estaban vacíos- que dejó la carnicería familiar para hacerse de una punta de vacas de Albaserrada y poner en marcha la idea que lo tenía obsesionado: obtener un tipo de toro que aunara bravura, movilidad, fijeza y buen estilo, es decir, un toro que trajera de nuevo la tremenda emoción que se había ido del ruedo, unificado a una gran belleza de estampa.

Victorino es el autor del mito y la leyenda de los cárdenos, cariarratados, veletos o cornipasos, astifinos, que agrandaron el prestigio del hierro de la “A” coronada y de los colores grana y azul rey, que ondean en los lomos de los merengues más bravos de España y con ello, estamos diciendo del mundo.

De “Baratero”, lidiado por Andrés Vázquez en Las Ventas en 1969 a “Cobradiezmos” que indultó Manuel Escribano en Sevilla en 2016, pasando por tantos otros como “Conducido”, “Pobretón”, “Playero”, “Mosquetero”, “Gastoso”, “Carcelero”, “Velador”, “Vencedor”, “Bodeguero”, “Gargantillo”, “Jaquetón”, la historia se dirime y la leyenda se construye paso a paso.

El relato empieza con el marqués de Albaserrada y la compra de los primeros “saltillos”. Luego, en 1960, los hermanos Victorino y Adolfo compran a Florentina Escudero su parte de la ganadería. El año de 1968 fue fatídico, el semental “Hospiciano” manda al ganadero  al hospital con nueve cornadas en el cuerpo. El palmarés crece, premio a la corrida más completa de la feria de San Isidro del año 1975. La “Corrida del siglo” –conozco de memoria cada lance y cada pase, y la narración suprema de Matías Prats Cañete- con Ruiz Miguel, Luis Francisco Esplá y José Luis Palomar, cada uno de ellos con un par de huevos exactamente donde hay que tenerlos, y que se lidió en 1982. Premio Corrida más completa de la isidrada, en el año 2000. Las salidas a hombros de El Cid en Sevilla y en Madrid y muchos reconocimientos y galardones más.

Con el ganadero del diente de oro, ganaron la verdad, la tauromaquia y nosotros. Hay personas que engalanan el mundo, Victorino Martín Andrés es una de ellas. Por eso, hoy, desde el rincón de la tierra en que me tocó vivir, agito emocionado mi pañuelo blanco. ¡Adiós, ganadero inconmensurable!. ¡Adiós y gracias!, desde el fondo de mi corazón, ¡por su respeto al toro bravo, muchas gracias!.

Sinodal y examinado…(Opinión)

Autor: José Antonio Luna (Colaboración especial)

Lunes 02 de octubre de 2017.- Quedó pendiente la semana pasada y aquí está. Una encerrona no es la fiesta de cumpleaños del matador que se encierra. Es una prueba muy seria para mostrar el grado de dominio que el protagonista ha conseguido. En una encerrona, lo primero que debe de haber son toros con facha de eso, de toros y además, en puntas. Mejor, si son de diferentes encastes, para que el examinado demuestre la sapiencia que a lo largo de su carrera ha alcanzado. Las lidias deben contener la ortodoxia de la verónica y la imaginación desbordada en una larga variedad de quites. Si el diestro banderillea, le incumbe hacerlo con maestría, precisión de reloj suizo y asomándose al balcón en cada embroque. Las faenas de muleta estarán comprometidas a lograrse con un pozo hondo de sentimiento y verdad, después de cada remate de pecho debe venir un adorno que muestre largueza de catálogo. Las estocadas corresponderán a la altura de lo obtenido con los trapos.

El pasado dieciséis de septiembre fuimos a la “Ranchero Aguilar” en Tlaxcala, a la encerrona de José Luis Angelino. Llegamos con toda la ilusión de ver a un maestro que tiene mucho temple, técnica y arte, pero el desencanto nos invadió cuando salió el primer toro. Un animal de desecho de la Soledad con la cornamenta defectuosa. Impresentable para un examen de doctorado.

El segundo fue un toro-toro de Tenexac, precioso de lámina, cárdeno, largo como un tren, hondo y bien redondeado de culata. Además, fue bravo, noble y de buen estilo, al que José Luis Angelino toreó con la escrupulosidad y el arte que el toro requería, aunque debo decir que no lo mató, sino que ya estoqueado el toro se cayó y un subalterno taimado, puso el pie y cargó el peso de su cuerpo sobre el rabo para que el merengue no se levantara. Aquí, también, hay que decir, que otro de la pandilla, el puntillero, cada vez que se acercaba por detrás -ya se sabe, la manera mexicana de apuntillar es traicionera, por eso, la pueden realizar gordos habilidosos que no tienen otro papel en el guion-, éste, antes de dar el cachetazo, aprovechaba para sumir más el estoque disimuladamente y de inmediato, sacarlo.

Pasando por alto esos actos vandálicos, parecía que la tarde se enderezaba. Las ilusiones volvían a tomar aliento. Sin embargo, no fue así. Lo que siguió fue lastimoso, una burla para el noble público que apenas protestó la presencia del resto de la corrida en la que los toros de Atlanga, Reyes Huerta y Rancho Seco tuvieron estampa de novillos y algunos hasta de erales, y por si fuera poco, de desecho. El de don Hugo García Méndez tuvo más presencia.

Habiendo doblado el tercer bovino corrido, la encerrona cambió dogmas por relajamientos. El matador Angelino se fue a mudar, dejando el terno manzana y oro, y poniéndose un precioso traje de charro. Vestido de esa manera y con la muy escaza presencia de los bóvidos, la tarde tomó aires de festival. Mariachis, convidadas a banderillear sin que la mayoría de los invitados estuvieran a la altura, complacencias musicales y lo imperdonable, la poquedad de los morlacos.

El que firma lleva vistas varias encerronas que parecen el agasajo del matador. Se han confundido los conceptos. Cuando se tiene inteligencia, surge una cuestión insalvable, el conocimiento de que no es lo mismo pretender librarla como se pueda, que hacerlo como Dios manda.

Con toreros como José Luis Angelino, el de la preciosa faena barroca hace años en la Plaza México, el de la lidia perfecta al toro de De Haro allá mismo y el que toreó por nota la tarde que nos ocupa al toro de don Sabino y doña Paz Yano, siempre me queda la expectativa de que en el hotel, cuando el diestro toma el regaderazo y en la soledad del cuarto de baño se acaba la coba, frente al espejo queda un hombre desnudo de cuerpo y alma, que está al corriente de que mucho de lo acontecido en la tarde ha sido simulado y aunque tenga la certeza de que logró un éxito económico, un kilo de orejas baratísimas y las fotos de la salida a hombros que exigía el apoderado, en el fondo, sabe que no alcanzó la cota. Es que la competencia más dura es la que se da contra uno mismo. La vida es sabia y coqueta, en las pruebas trascendentales nos da doble papel, el de examinado y el de sinodal, y así, ¿dónde carajos cabe la coba?.

Consternados, dolidos…(Opinión)

Autor: José Antonio Luna (Colaboración)

Martes 26 de septiembre de 2017.- De toros, esta vez se las debo. No puedo escribir de otra cosa que no sea la tragedia que está viviendo mi pueblo. Muchos lo perdieron todo, pero hay otros que perdieron a seres queridos y que darían todo, a cambio de volverlos a ver vivos.

Cuando un sismo de gran magnitud sacude la tierra, las casas y los edificios de estructuras más débiles se vienen al suelo, llevándose con ellos a muchos seres que los habitaban. El dolor y la desesperación de los que se quedan son inmensos. Las preguntas que uno se hace por amigos y conocidos aplastados, son lacerantes y desde luego, no tienen respuesta. No alcanzo a imaginar la desesperación y el dolor de los que perdieron a familiares cercanos. Se me hacía un nudo en la garganta al ver en la tele a esa joven mujer, que suplicaba a los rescatistas entraran al edificio derruido, porque adentro había dejado a su madre.

Este terremoto que ha asolado la parte central de la República Mexicana ha servido para demostrar una vez más que, en el fondo, somos un pueblo solidario y bueno. La gente se ha esforzado incansable en jornadas interminables. En cada esquina hay un centro de acopio. Los jóvenes se acercan a los edificios colapsados, llevan en las manos una pala. Las cadenas humanas no cesan de pasar cubetas de escombros. Cada rescate produce la alegría de un parto. Topos, bomberos, soldados, voluntarios, han dejado el alma en cada boquete. Somos una nación de héroes anónimos y  generosos, donde los haya.

Sin embargo, un sismo de gran magnitud, junto con las construcciones, también sacude el corazón y la conciencia. Te deja temblando y no de miedo, aunque sí lo tienes y mucho. Basta el ruido de un camión que haga vibrar los cristales de la ventana, para que se te corte la respiración y mires a alguna lámpara por si se columpia. Pero no, no es de miedo por lo que temblamos. El movimiento telúrico nos ha dejado estremecidos de desamparo y de tristeza, también, de rabia. En la cara opuesta, el sismo nos ha mostrado el lado negro de nuestro gobierno corrupto.

Nos indigna la frivolidad con la que las autoridades del país, en todos los niveles gubernamentales, han abordado la temática de la tragedia. El sismo ha servido para poner en evidencia al estado fallido. Los políticos, en su falta de sensibilidad, han aprovechado la tragedia para iniciar sus campañas con el objetivo puesto en las elecciones del próximo año. En estas horas que estamos tan lastimados, hemos visto a golfos y golfas con cargo en la administración pública, aparecer en los derrumbes poniendo cara de circunstancias para ser entrevistados. Sólo quieren llevar agua a su molino.

El caso de Televisa y la Secretaría de Marina en el que se jugó con los sentimientos de toda una multitud que, prendida de la pantalla hasta la madrugada, esperó adolorida a que una niña fuera rescatada y qué ahora, no sabemos si fue ficción o qué cosa, y así nos quedaremos por los siglos de los siglos, sin una explicación convincente.

Asimismo, hay testimonios de voluntarios en las redes sociales que afirman haber recibido indicaciones de autoridades, en especial de presidentes municipales, de dejar los víveres en bodegas, como ¿para qué?. Si la gente los necesita ahora mismo. La posverdad ha campeado y no sabemos qué noticia es verdadera o falsa, aunque tememos que a la ayuda acopiada por los voluntariados, se le ponga una etiqueta de partido político o de una dependencia oficial y sirva con fines electorales o de corrupción.

Estamos consternados, dolidos, tenemos el corazón profundamente sacudido y ni que decir, la conciencia… ¿Cómo es posible que necesitemos marcar cada lata de comida, cada bolsa de frijol y de pasta donados, para que ningún infeliz se pase de listo?.

Son la una con catorce minutos de la tarde. De nuevo, en un diecinueve de septiembre. A mi cubículo ha llegado un estudiante a revisar su examen. No termina su petición, cuando inicia el tremendo movimiento trepidatorio. El piso vibra violentamente, al tiempo se escucha un rugido de la tierra. El edificio cruje y la estructura del techo retumba.

-¡Qué pasa, profe…?.

Se marcha a toda velocidad. Lo sigo, pero el zapato se me enreda con el cable del internet. Tardo unos segundos en desenredarlo. En las escaleras me alcanza alguien que ase mi brazo. Me enojo mucho porque pienso que está estorbando mi huida. Es una mujer, de inmediato, comprendo que lo que quiere es amparo. La ayudo. Los escalones se mueven como si estuvieran dando saltos. El ruido es espantoso, la tierra brama, suenan los timbres de las alarmas sísmicas, se rompen vidrios, se escuchan gritos de la gente, los edificios se quejan. Cuando llego a la jardinera, sigue temblando. Por fin, el suelo se aquieta, pero los cables continúan balanceándose por un rato. Quedan los sollozos de algunas estudiantes. Unos a otros, nos miramos a la cara silenciosos. Azorados, adivinamos que las noticias van a ser atroces.

A gritos…(Opinión)

José Antonio Luna (Colaboración Especial)

Mara: para ti, que nos dueles tanto.

Lunes 18 de septiembre de 2017.- Pensé salir con paparruchadas dichas hasta el cansancio sobre la afición del cura Hidalgo a los toros. Que fue ganadero, que tenía tres haciendas y que le gustaba la lidia y, luego, ya entrados en el tema, por ahí, escurrirme escribiendo sobre la distorsión de la Historia de México, siempre mal contada. Lo cierto es que la independencia que el cura de Dolores quería, era la de España. Por lo menos, eso profirió a gritos la madrugada del dieciséis de septiembre de 1810. Cien años después, en éste el país del “por mis huevos”, Porfirio Díaz adelantó unas horas la festividad, para hacerla coincidir con su cumpleaños y por eso, celebramos el quince. Lo que en realidad Hidalgo quería era que los franchutes se largarán de Madrid y que volviera Fernando VII, pero su movimiento se desvirtuó y después de guerras, fusilamientos, cabezas cortadas y tratados políticos, acabó en esto que llamamos Fiestas Patrias. Esta noche, tronaremos  cientos de cohetes para espanto de los perros que temblarán aterrados, correrá el tequila en los gañotes de eufóricos compatriotas y desempolvaremos la música de mariachi -lo hacemos una vez al año- para celebrar que nos pudimos independizar de España, y que nos convertirnos por completo, en dependientes de los gringos.

No, no cederé a la tentación. Soy de los que creen que cuando se escribe, por lo menos, el que lo hace como se debe, está abriendo las ventanas para que los lectores se asomen y vean lo que lleva adentro. Sean O’faolain dijo, palabras más, palabras menos, que no es sobre un tema lo que el hombre escribe, sino que se escribe a sí mismo, y en eso estoy.

Este fin de semana habrá varias corridas según se anuncian, para celebrar la Independencia. Los nombres de los novillos –ustedes lo saben, difícilmente, a algún ruedo saltará un toro-  se los puedo adelantar. Habrá varios que se llamen “Insurgente”, de “Libertador” tendremos media docena, “Patriota” y “Tricolor” infaltables en la nómina y si mucho me apuran, puede aparecer por la de toriles un “Trigarante”, bautizado por algún ganadero despistado que ignore que el episodio del Primer Imperio Mexicano debe ser borrado de la Historia nacional. Sirven también nombres, si le ponemos un poco de imaginación, como “Pozole” para un colorado y “Pambazo” para un cárdeno.

Ustedes perdonen lo irreverente y que vaya yo de aguafiestas, pero les puedo asegurar que en todas las corridas primará una de nuestras más grandes tradiciones, la de faltarle el respeto al toro de lidia. Es que la carrera desbocada de la gente del toro ya no tiene freno. ¿Cuál rito emocionante y trágico? El toreo es un negocio y la celebración de las Fiestas Patrias un motivo mercadotécnico muy a tono con la tauromaquia. Humillar al toro de lidia es una costumbre muy arraigada en nuestro país y aquí les vengo con más de lo mismo: novillos anunciados como toros, pitones serruchados sin decoro, casta menoscabada hasta la desesperación, arteros crímenes cometidos en el peto del caballo y toreros presuntuosos que se pavonean en desplantes ridículos ante los pitones de animalitos más nobles que un marqués.

Ya me estoy imaginando los faenones antológicos, eso, y los muchos ¡viva México! Que se espetarán en la plaza. Gritos que en el fondo dicen que sí, qué viva eternamente, siempre y cuando, el que grita no tenga que hacer el menor sacrificio, ni el más mínimo esfuerzo cívico, para darle esa vida que el país, ese sí, nos lo está pidiendo a gritos.

La del coeficiente intelectual…(opinión)

José Antonio Luna (Colaboración Especial)

Domingo 03 de septiembre de 2017.- ¡A por ellos! pensó el Miura mientras creía que estaba alucinando cuando el par de tontos, un hombre y una mujer, llegaron hasta los medios del ruedo gritando consignas en contra del toreo y moviendo los brazos. El novillo se disparó como una flecha centrando al que de los dos le pareció el menos sobrado de inteligencia, es decir, al más pendejo. Lo lanzó por los aires y ya en el suelo le pegó una paliza de espérame tantito. La señora -como se sabe, siempre más listas- mientras se manifestaba a brincos no dejó de vigilar con el rabillo del ojo y puso pies en polvareda en cuanto vio la arrancada, dejando a su compañero de luchas absurdas con un ¡ahí te ves! y que te arreglen bien tu asunto. El abandonar a un colega en situación comprometida, desde luego, es cosa que jamás haría la gente del toro.

El hombre, por su parte, dando la espalda al merengue de don Eduardo y don Antonio, creyó que estaba en un parque de diversiones y sin esperarlo, como un pino de boliche, recibió tremendo batacazo por la espalda  nivel te vas a enterar cuánto vale un peine. Después, el cornúpeta se ensañó con él revolcándolo mientras las cuadrillas se acomedían desganadas a hacer el quite. ¡Se lo hubieran dejado otro ratito!, exclamé mientras veía el video, riendo con el humanismo propio de todo individuo de mi calaña.

Fue hace unos días en el pueblo francés de Carcassonne, correspondía el turno al novillero español Mario Palacios cuando un colectivo antitaurino irrumpió en el callejón y como ya dije, los más bestias de la compañía se metieron al ruedo.

No es saña vengativa. Por lo general, me caen bien toda clase de contestatarios y aún más los defensores de los animales. Soy de los que aplaudo si al caminar por el monte se me atraviesa un conejo, una ardilla, una familia de codornices o me sobrevuela un halcón. Tengo la certeza de que todos los animalitos son más dignos de defensa y merecen mejor suerte que muchos malasangre que van por ahí apestando el mundo. Ya no soporto las peleas de gallos y nunca acepté las de perros. No me gusta la caza ni ir de pesca y con gusto entregaría a las huestes de Herodes al niño que apedrea pajaritos. Pero lo de los toros es otra cosa. Ni siquiera es una contradicción personal, porque como ya lo comprobó el antitaurino que protagonizó el video -“ the Oscar goes to mister tonto”- los animales de lidia nacieron para eso, para la lidia. Así que sin corridas  -que como dijo Vargas Llosa, son uno de los espectáculos más bellos del mundo- desaparecería este tipo de ganado.

Lo que pasa es que lo acontecido en Carcassonne rebasa toda frontera. El par de activistas se adentró fiestero en los pantanosos terrenos de lo hartamente imbécil. Tal vez, por eso no sentí conmiseración alguna y lo confieso, la cogida al gabacho me provocó carcajadas perversas que me tiraron al suelo, pero, estarán de acuerdo que la risa impetuosa fue más que justificada, ¿no?. Luego, ya más calmado fui tocado por la luz y me apiade. Sí, lo reconozco fui cruel, pero es que para meterse a un ruedo con un Miura campando en él, se necesita estar hasta las orejas de tequila, haberse fumado diez canutos o ser un imbécil tamaño extra-grande que se ha creído el cuento del pazguato ese llamado Ferdinando.

Al final, el hombre fue arrastrado hasta un burladero por un peón de brega y de inmediato, lo llevaron a un hospital donde fue sometido a varias pruebas. Salió bien de todas, menos de la del coeficiente intelectual.

 

La conquista del paraíso…(Opinión)

José Antonio Luna /Tauropasion (Colaboración especial)

Domingo 20 de agosto 2017.- No siempre me formo en la fila de los puristas. Mi amor por la tauromaquia no incluye una devoción intransigente hacia las formas tradicionales. Creo que las cosas deben evolucionar para sobrevivir y, por tanto, que las reglas del juego deben modificarse, para que los públicos juveniles que van a heredar la fiesta, vuelvan a interesarse en ella. En lo que va de la semana he tenido dos alegrías. La primera ha sido el berrinche de Morante. Ya era tiempo de poner un hasta aquí a su flojedad y el “¡ya basta!” lo ha proferido él mismo. ¡Qué bueno!. No está el horno para buñuelos ni la magdalena para tafetanes. Aquello de que el de la Puebla, en cada comparecencia estuviera abúlico y se tirara a matar de sobaquillo se empezó a volver una reverenda mención a la madre. Asimismo, lo de que tras aburrirnos con su miedo y su desgana, de pronto, pegara una única verónica y los simples dijeran muy ufanos –se de lo que hablo, yo fui de esa hermandad- que el lance había valido el boleto, era tan disfrutable como una patada bien puesta en los huevos. La segunda alegría ha sido la corrida picassiana de Málaga.

Si les gusta el arte, si disfrutan la belleza en cualquiera de sus expresiones, si aman el toreo, la música y la pintura, busquen el video de la corrida y pónganlo en el minuto que quieran. Con suerte darán con una tanda de naturales en cámara lenta de Enrique Ponce. O con un toro embravecido haciendo cisco las pinturas sobre los burladeros. O con la belleza y la voz de la soprano Alba Chantar cantando el Panis Angélicus. O con las cumbres tonales de Estrella Morente colaborando con el diestro de Chiva a bordar en flamenco la tarde. O con Pitingo requebrando las notas de Wendoline, mientras Conde se debatía en su miedo. O, tal vez, se den de lleno con el mismo torero malagueño en un precioso quite por verónicas, que en realidad, fue lo único de valor que hizo en toda la corrida.

Enrique Ponce no es un estudiante de artes clásicas ni un literato, es un torero, pero ha leído libros y los ha escrito, de esa vena, le viene el culto por el arte. Él ha sido el autor de esta espléndida idea a la que bautizó como Crisol y la tarde de ayer, vio fundirse en ese recipiente el oro de sus sueños.

Un foco encendido fue colocado frente a la puerta de toriles de La Malagueta y el tubo que lo sostenía llegaba más allá de la barrera. Era una cita a la bombilla del Guernica y el ruedo se convirtió en el ojo solar que lo enmarcaba. La barrera y los burladeros tenían pinturas sobre puestas. La corrida picassiana fue una mezcla de conceptos. Las cuadrillas que no saben distinguir entre lo de Francisco de Goya y lo de Pablo Ruiz Picasso, iban vestidas de goyesco y Enrique Ponce sólo mando bordar unas discretas palomas de la paz picassianas a su vestido purísima y oro. Por su parte, Javier Conde sí lució un terno precioso, negro y azabache, con figuras emblemáticas del pintor malagueño. La música tuvo también surtido, lo clásico y la ópera alternaron con lo popular y el flamenco. Las pinturas eran manchas de color a lo Picasso, entreveradas de dibujos a tinta negra representando  imágenes taurinas combinadas con otras ideas ajenas a la tauromaquia.

La corrida y su sincretismo tuvieron un encanto enorme. Que sí, que los toros eran del encaste blando, que estaban justitos, además de noblotes y débiles, sí, lo que ustedes quieran, es cierto, pero la tarde fue muy diferente. Por ello, no estoy de acuerdo con los que se rasgan las vestiduras y piden que no se repita, exigen que se respete la tradición a ultranza. Los atrevimientos que con “Jaraíz” -toro que desde luego, no era de indulto- tuvo Ponce acompañado de la música, o la música engalanada por el toreo, fueron de enorme belleza. Incluso cuando el merengue había sido completamente dominado y el maestro valenciano ensayó la poncina con el capote, o que le diera las tres a Conde que no pudo con el bobaliconazo, fueron detalles que cambian el discurso.

Las faenas al calor de canciones como She, compuesta por Charles Aznavour y Herbert Kretzmer para la serie de televisión inglesa Seven faces of woman, y El oboe de Gabriel, inspiración de Ennio Morricone para la película La Misión, propiciaron un ambiente de enorme sensibilidad. Además, Enrique Ponce estuvo muy inspirado. La música de fondo, La conquista del paraíso, de Vangelis para la cinta 1492, hacía que el matador toreara como si estuviera soñando.

Sí, seguro, eso no es la fiesta, fue otra cosa que realzó más la experiencia de goce estético. Fue liberar a la imaginación, romper esquemas, y en eso estribó lo más sentido del homenaje al pintor. Si Picasso se hubiera detenido por lo que opinaban los tradicionalistas, nunca hubiéramos conocido Las señoritas de Avignon ni El Guernica.