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Buena noticia…(Opinión)

José Antonio Luna Alarcón /Tauropasion

Domingo 18 de febrero 2018.- En el ejercicio romántico que es la afición a los toros, una noticia así, da para irse a festejar. Dicen los portales taurinos que el ayuntamiento de Madrid, ha resuelto no vender la Venta del Batán, que la alcaldesa Manuela Carmena ha echado para atrás la decisión y que permitirá que el lugar se siga utilizando con fines taurinos, con la condición de que también se disponga para otras actividades.

La Venta del Batán está ubicada en la Casa de Campo, el parque público más grande de Madrid. El Batán cuenta con corrales, habitaciones con todos los servicios para los mayorales y, del mismo modo, tiene una cafetería. En ese lugar se mostraban los encierros de toros de las diversas ganaderías que participaban en la Feria de San Isidro. La construcción de las instalaciones contó con el apoyo de ese viejo de ideas magníficas que fue don Livinio Stuyck, autor de la feria madrileña de mayo.

Un lugar como la Venta del Batán tiene la posibilidad de verse desde muchas perspectivas. Allí, los turistas pueden acudir para vivir de cerca el ambiente taurino, porque en un sitio como este, se encuentra a mucha gente del toro: Mayorales y vaqueros pendientes de sus encierros, novilleros que acuden a sentir de cerca al compañero protagonista de sus sueños, taurinos discutiendo de encastes, trapíos, tamaños, corpulencias y faenas. También, acuden espadas y apoderados. A la afición entendida, le da la oportunidad de comparar lo que matan los toreros de guerra y lo que lidian las figuras. Los que van a asistir a los festejos, en base a los animales expuestos, pueden escoger que casas ganaderas quieren ver. Todo queda en evidencia, porque en cada corraleta están los toros y un cartel con el nombre de la ganadería y de los tres matadores que los van a torear. Con ello, quedan a la vista de la opinión pública, el prestigio y la honestidad del presidente y de los veterinarios que aprobaron los cornúpetas y, desde luego, la reputación de los ganaderos y el crédito de los diestros que van a lidiarlos. Al respecto, me revuelco en el suelo de la risa tan sólo de imaginar una corraleta exponiendo a la vista de todos, los encierros de teofilitos y de ferdinandos. Sería un petardazo monumental, sabroso cachondeo gitano. Aunque me pongo a pensar, que hay espectadores que después de conocer las sardinas, aún pagarían su boleto, felices irían a la corrida y por lo demás, aclamarían jubilosos al torero que les ha pegado el palo.

La muy buena noticia es un aliciente. Recuperar lo que ya estaba perdido forma parte de las grandes alegrías de la vida. No pido tanto para nuestro México. En primera, porque en la capital del país no se da una feria con sus corridas diarias, sino una temporada con festejos semanales que dura cuatro meses o más. Lo que sí convendría que pasara y no pasa, es que debería existir una norma para que los encierros a lidiarse cada domingo, estuvieran expuestos al público desde media semana antes. Además, que al aficionado no se le mire con antipatía, ni se le trate como un entrometido molesto, sino como el cliente y patrocinador que es del espectáculo, se le permita ver los toros en las corraletas y que eso suceda con un trato amable y se le ofrezcan comodidades. Son contadas con los de dedos de una mano -una de los Simpson que sólo tienen cuatro dedos- las empresas que muestran los toros días antes al festejo. Todavía son menos, las que tratan bien a los asistentes al sorteo y enchiqueramiento. Para Puebla, mi ciudad, no pido tanto, con una plaza digna, que, por lo menos, de corridas de toros, aunque sea en plan parodia a la que nos tienen tan acostumbrados, con eso, me conformo, porque aquí ya no se da nada.

Una señora corrida de toros…(Opinión)

José Antonio Luna Alarcón / Tauropasion

(Colaboración Especial)

Sábado 10 de febrero 2018.- Más vale tarde que nunca. Llegó la hora de recuperar el tiempo y la vergüenza perdida, sobre todo esta última, porque no sé a ustedes, pero el que firma este texto ya llegó al punto de que se avergüenza por ser aficionado a este desgarriate sangriento y falaz llamado fiesta de toros. Lo digo por tanta engañifa, trile y fraude que nos aplica la mafia siciliana del toreo.

Se preguntarán qué se fumó este escritor. Nada, se los aseguro. Lo que me movió a redactar el párrafo anterior, se debe a que un buen amigo me envío el cartel de una corrida que darán el diecisiete de marzo en Teziutlán, plaza de El Pinal, en la que se va a lidiar un encierro precioso de Piedras Negras.

Esa corrida ilusiona. El Conde, José Luis Angelino e Israel Téllez matarán a los bravos toros tlaxcaltecas. Imagínense ustedes que los tres diestros decidan dignificar el cochinero y dejen intactos los pitones de los piedrenegrinos y que, también, el ganadero decida subirlos un poquito más durante este mes que falta para el festejo. Ya sé que peso no significa trapío, pero cuando los merengues son cuatreños como estos, los kilos los adornan aún más.

Esta es una magnífica oportunidad para recuperar la brillantez de la lidia que amamos tanto y terminar con el palmoteo de los charlatanes de la tauromaquia. Los de la empresa decidieron poner las fotografías de los majestuosos toros en el cartel, cosa que aplaudo y que deberían hacer todos, pero que dadas las sardinas que casi siempre se lidian, por motivos de mercadotecnia, no pueden mostrarlos antes de abrir la puerta de toriles.

Miren ustedes el porqué de mi entusiasmo: pelajes cárdenos brillantes como destellos de plata, pitones astifinos, cajas hondas, musculatura y ya en la arena, garantía de peligro y emoción en cada lance y en cada muletazo. Bravura acometida tras acometida.

Ojalá, a los tres matadores anunciados se les ocurra apostar por la dignificación de la tauromaquia, o sea, por recuperar el laurel de héroe que le corresponde a los que se juegan la vida en la verdad del toreo. Si hacen eso, muchos seguiríamos su estela para siempre. Ojalá, se atrevan con un manifiesto taurino dictado en la arena: Toros con edad, leña en la cabeza y trapío, eso ya pueden darlo por descontado. Además, que los coletas se pronuncien por un no a la segueta, otro no a la puya “leona” y manden que los puyazos se den medidos y luciendo la bravura de los toros. Con eso, nos daremos por espléndidamente bien servidos. Lo que pase en la muleta y la espada puede llevarlos al triunfo o no, pero lo que nadie les podrá arrancar nunca será nuestro reconocimiento y la veneración que sentiremos por ellos.

Si se da así, esta corrida será el bicarbonato de sodio que nos alivien las náuseas y el gesto crispado de quien está a punto de vomitar, que nos han dejado los últimos tiempos taurinos, por enumerar algunas cosas lamentables de la temporada grande en la Plaza México: las insufribles “teofiladas”, la engañifa que fueron los jóvenes “ferdinandos”, el habernos soplado a espadas incompetentes que se debieron haber retirado hace años. En plan más directo, que nos ayuden a digerir el desastre de Ginés Marín disparando descabellos como torreta alemana en el desembarco a Normandía,  El Juli y su malhadado regalito, de nuevo, el Juli y sus estocadas escupiéndose de la suerte; el exceso de Adames que nos ha empachado de toreo ordinario. Asimismo, matadores incompetentes que dejaron ir toros estupendos, pecado que no perdona ni el mismo Francisco I. Sumado a lo anterior, lo visto en plazas de provincia donde las cosas son todavía peores, incluida la noticia del nuevo petardo de Emiliano Gamero en Cañadas de Obregón, que siendo rejoneador, mandó a un picador a pegarle puyazos al pobre toro; cosas, todas estas, que aumentan la mala leche y la indignación por el cinismo y la fanfarria triunfalista de torerillos vulgares que, descarados, nos agobian y asaltan en despoblado.

Con la promesa de la tarde que se avecina, renace la esperanza. Por fin, veremos una verdadera corrida de toros. Voy a ir a Teziutlán. Iré a aplaudir a los tres coletas, pero quiero hacerlo con todos los honores y comprobar con plena satisfacción, el por qué me gusta tanto la tauromaquia y me seguirá gustando, siempre que en la arena acometa un toro de verdad y lo domine un torero honrado, alguien que cuando pase frente a mí, con la boca llena de orgullo me haga decirle ¡Enhorabuena, maestro!.

Bajar la frente…(Opinión)

José Antonio Luna Alarcón / Tauropasión

Lunes 05 de febrero 2018.- Les pasará a ustedes también. Supongo, que a veces se preguntarán si ha valido la pena haber visto tantas corridas, escuchado a viejos  aficionados, leído a los grandes teóricos del toreo, y con todo ello, haber hecho trizas la noble ingenuidad que les permitía disfrutar de una tarde de toros sin tanta exigencia y con una emoción casi infantil.

El que escribe este artículo sí se lo pregunta con frecuencia, máxime los miércoles cuando empieza a redactar el texto que ha de publicar el viernes. La duda es brutal y punzante: ¿Por qué no puedo ver las corridas con los ojos de mis colegas fariseos?. Para el que firma, los temas a elegir, por lo general, van de un petardo mayor a otro más grande. Sólo cambia el cartel, el argumento casi siempre es el mismo. En cuanto me dispongo a darle a la tecla, los rostros de mis lectores implícitos -es decir, aquellos en los que uno piensa cuando está escribiendo- empiezan a aparecer, uno tras otro, inquisitivos, con el ceño fruncido, reprochadores: “¡Cómo te has amargado, José Antonio!”. Enseguida, personificada en mujer, también aparece la tauromaquia mexicana contemporánea. Tiene el rostro bello y sereno que deja la madurez en las hembras guapas y con la expresión de seguridad que tienen ellas cuando llevan las riendas del asunto, o sea, siempre, me suelta: “…no eres tú, mi amor, soy yo”. Y le creo.

Así, que aquí me tienen. El domingo, en la Plaza México, lo que menos hubo fue respeto para el toro y menos, para los espectadores. Don Fernando de la Mora se pasó de la raya y mandó un encierro de erales, todos protestados de salida. Sólo se lidiaron cuatro de esa casa, porque, como ustedes saben, uno de Xajay parchó el encierro y el sexto fue cambiado por el de Montecristo. Lidiados en quinto y sexto, estos fueron toros-toros, por lo tanto, muy interesantes y con las complicaciones propias de la edad, por lo que la torería pasó las de Caín y lo que le sigue.

Sin embargo, los matadores no tuvieron el menor empacho en torear los cuatro párvulos. Una sinvergüenzada de gran calado. Que no nos cuenten que ellos no sabían lo que les iban a echar, porque los espadas siempre lo saben, para eso tienen a sus apoderados y veedores.

Sin dos gramos de vergüenza, Juan Pablo Sánchez se atrevió a declarar en una entrevista telefónica para el periódico Esto, lo vi en la página de la Unión Nacional de Criadores de Toros de Lidia, que a él sí le gustó el encierro –cómo no, me digo yo, ¿a quién no le gustan los turrones?- además dijo, que le había parecido interesante, y cerró sus afirmaciones recogiendo trapo a la cintura: “…pude torear como me gusta, o sea, con gran lentitud. Al primero lo tuve que llevar con pinzas y porque faltaba esa chispa para triunfar y el otro me encantó. No tengo duda de que cumplieron en todos sentidos”. La declaración de Juan Pablo Sánchez  es decadente en lo absoluto. Fíjense, nos está diciendo que le gustan los toros inválidos, suavotes, mansos, sin edad ni leña en la cabeza. Si eso afirma el héroe, ¡estamos arreglados!.

Por su parte, Arturo Saldivar procuro guardar silencio y no comprometer su dignidad torera. En cuanto a Ginés Marín no tuvo ni ápice de respeto ni para el toro ni para la afición. Lo que hizo con el de Montecristo fue una  ofensa para la sensibilidad de los aficionados. A ver si en Madrid va y pega “chorrocientos” descabellos con la frescura de una lechuga en la madrugada.

Ustedes han de perdonar, mi gusto por el toreo es anticuado y no renunció a mis ideales. Las corridas que yo veo son diferentes a las que ven algunos juntaletras que publican sobre el tema. La fuente en donde abrevo es de esas a las que llegan a beber los bravos de la teoría, es decir, los grandes y magníficos escritores. Por ejemplo, para el festejo dominical me inspiran las palabras lapidarias de Antonio Lorca publicadas algún día en El País: “… si no hay respeto para el toro, difícil es que lo haya para la tauromaquia”, punto, no hay vuelta de hoja. Asimismo, las de Alfonso Navalón en una entrevista para Opinión y toros: “Lamentablemente, los grandes enemigos de la fiesta están dentro de la misma; ahí tienes las pruebas; […] Han sido, los propios taurinos los que se han cargado la fiesta más bella del mundo”. También, me valgo de Joaquín Vidal en el libro Crónicas taurinas que recopila sus artículos: “Soltaron unos especímenes putrescentes y la gente comentaba que parecían cabras. La verdad es que se daban un aire. Es de esperar que las cabras no se enojen con la comparación. O, por mejor decir, hablando con propiedad: que no se cabreen”. ¡Afirmaciones dramáticas, categóricas y precisas!. Lástima que a algunos diestros contemporáneos o no las entienden, o el futuro de la fiesta les vale gorro.

Hasta aquí, no seguiré desparramando amargura. Sólo les digo que a mí, el encierro de caprinos jovencitos de don Fernando de la Mora y la actitud de Ginés Marín con el sexto, hicieron que me avergonzara de mi cruel y sanguinaria afición. Es una pena, son cosas que al recordarlas me hacen agachar la mirada.

Si te tomas una “selfie”…(Opinión)

José Antonio Luna Alarcón /Tauropasión

Sábado 27 de enero 2018.- Jugarse la vida gratuitamente mediante deportes de alto riesgo se ha convertido en moda. Tirarse de un puente a gran altura con los pies amarrados a una liga y resortear en un acelerón de adrenalina; meterse en una jaula que será sumergida en el océano a la que -para decirlo en términos toreros- llegará a rematar un tiburón blanco dando horrendas dentelladas o lanzarse al vacío con un traje especial para desplazarse por el viento a gran velocidad, rozando con el ombligo los picos de los montes y las copas de los árboles, entre otras, son actividades en las que la gente de hoy desafía al destino con una sonrisa a flor de labios.

Por esa moda posmoderna de ponerse en riesgo al grito de que “no vale nada la vida”, frase que viene al punto para el asunto aquí tratado y de la autoría de José Alfredo Jiménez, que no era un hombre sofisticado de la posmodernidad, pero sí, un sabio, ahora, es común que la gente se la juegue por el puro gusto de saberse audaz y atrevido. Gracias a eso, lo de correr los encierros de toros está en apogeo. Cada año, a principios de julio, Pamplona se pone a reventar de corredores de todo el mundo. Correr el encierro es una actividad de una emoción tremenda. Por eso, también, cobran auge los encierros de San Sebastián de los Reyes, Ciudad Rodrigo en Salamanca, y otras ciudades, entre ellas, hace algunos años -hoy, es una pena, ya no- Tlaxcala en México, cosa que no se pudo volver a hacer porque las vigas de madera que cercaba las calles del recorrido, de un año a otro, desaparecieron misteriosamente. Es que en nuestro país, los políticos son capaces de robarle las herraduras a un caballo al galope tendido.

Para el Carnaval del Toro de este año, los empresarios de Ciudad Rodrigo ciudad española de la provincia de Salamanca, han lanzado una campaña preventiva de publicidad con el fin de proteger a los corredores participantes y que sin sangre, las fiestas cobren fuerza: “Si te tomas una “selfie”, te pilla el toro” es la frase enarbolada. Es que este tipo de accidentes han ocurrido en otras localidades. Quedar tendido con un cornadón en el cuello o con la columna vertebral sonando como marimba, puede ser la consecuencia de sacar el móvil para la foto.

Pero, miren ustedes, según el filósofo Guy Debord en “la sociedad del espectáculo”, “todo lo que una vez fue vivido directamente se ha convertido en una mera representación”. Así, ya corriendo el encierro, sin “selfies” no hay aventura que valga. Uno se juega la vida para contarlo a los amigos en la próxima reunión mientras les sirves whisky con soda y pones cara de Julen Madina, ese vasco que ya murió y que fue un corredor inigualable de los encierros en Pamplona. Pero una cosa es tomar la “selfie” antes o después de que abran la puerta del corral y los toros salgan galopando  y otra, que se sea tan estúpido como para hacerlo cuando se lleva a los cornúpetas pegados a los riñones. A los grandes corredores pamplonicas no se les ocurriría ni estando hasta las orejas de tintorro.

Resulta que en esta época globalizada,  cualquier intrépido de ocasión ve en la tele o en Internet los encierros de Pamplona y sin pararse a pensar que un mozo entrena durante todo el año y se prepara bajo las enseñanzas de compañeros experimentados, decide que él también puede poner cara de duro, amarrarse los zapatos tenis, entornar los ojos a lo Vincent Canelles –otro corredor de lujo- y tratar de encontrar toro. Aficionado como se debe ser en la actualidad a chorrear adrenalina por los poros, lo más seguro es que lo encuentre y que en ese momento, decida plasmarlo en una imagen para la posteridad y sobre todo, para presumir la pantalla en la reunión con los amigos. En ese momento, en cuanto el distraído corredor capta la imagen, el “miura”, el “cebada gago” o el “adolfo”, alucina dos segundos se apunta con sus pitacos puntiagudos y se dispara directo a partirle el pecho. Entonces, la aventurada aventura –capten la ironía de la redundancia- termina con un catafalco y cuatro cirios. Por eso, según el que esto firma, a lo de “si te tomas una “selfie”, te pilla el toro” faltaría agregar un contundente “¡so baboso!”.

Dos mil baros…(Opinión)

José Antonio Luna Alarcón /Tauropasion

(Colaboración especial)

Domingo 07 de enero de 2018.- No es la manera más positiva de empezar el año, ni modo. Mis propósitos de ver la vida desde la perspectiva de lo bueno y lo optimista, se desploman en la primera semana. Buscaré las mejores escusas para decirlas a mi risoterapeuta, aunque ya sé la respuesta: “¡No te cuentes historias!”, me dirá enérgica en cuanto suelte yo la primera justificación. Pero, ¿qué hago?.

Es que me puse a trinar en cuanto vi la lista de precios de los muy caros boletos para la corrida de Tlaxcala el día veinte, anunciando a El Juli y a Sergio Flores en mano a mano, para matar un encierro de Barralva. Los costos de las entradas para ver este entrenamiento de los dos espadas, previo a al mano a mano que sostendrán en la Plaza México el próximo día cuatro de febrero en una de las dos corridas del Aniversario, están poco menos que altísimos. Los precios van desde los dos mil pesos por una barrera de sombra a –mira tú que poca madre- quinientos pesos en sol general.

Tal vez me equivoque, pero creo que este es un estoconazo muy certero, para darle fin a la tauromaquia mexicana. Esa vieja señora que llegó con los toreros españoles que vinieron en el siglo diecinueve, porque lo de los toros que trajo el primo de Hernán Cortés a Atenco, no fue lo que realmente invitó a venir a la mujer.

 O sea, valdrán gorro más de doscientos años de edad, desde Bernardo Gaviño a Antonio Lomelín, hijo, que confirmará alternativa este domingo, pasando por Cuatrodedos, Mazzantini y otros que la trajeron. Sin olvidarnos de los que la amaron incondicionales, toreros románticos y clásicos,  Ponciano, Antonio Fuentes, Machaquito, Bombita, Montes y su “Matajacas”, Gaona –me pongo de pie- y su plaza del Toreo, Belmonte que vino a torear para la dama mexicana; Vicente Segura, Juan Silveti y su dinastía, los Freg y los Liceaga, Pepe Ortiz el de la imaginación desbordada, Armillita y sus herederos y suNacarillo”, Carmelo y después Silverio, Balderas vestido de canario y luego, de pena negra,  Solórzano, Arruza y Manolete; Garza, El Soldado, Procuna, los Tres Mosqueteros con su D’Artagnan Paquito Ortíz, Joselito Huerta, Capetillo, Manolo, Eloy y Curro –que sea dicho de paso, se ensañaron con la vieja- El Pana y César Pastor, Valente, Manolito y Belmont, El Zapata, Angelino y muchos otros que no voy a nombrar por economía de tiempo y espacio, que me disculpen. Pasando también por Piedras Negras y San Mateo y Coaxamalucan y La Punta y Zacatepec Jesús Cabrera, Pastejé Santo Domingo y muchas más. A nuestra tauromaquia, ahora vieja y arrugada,  se le vio muy guapa en la plaza de San Pablo y en la Condesa, y en la devaluada Plaza México.

Ya lo hemos dicho, al toreo en México no lo matarán los antis ni los animalistas ni los políticos ignorantes, sino la mediocridad y los abusos de los propios taurinos. ¡Pero, qué listos todos los involucrados en la organización de este mano a mano!. ¿Habrá alguien tan bestia como para pagar dos mil merengues por ver un entrenamiento? Sí, seguro. ¿Habrá alguien que crea real esta competencia entre el viejo lobo de mar que es El Juli y Sergio Flores, que es muy buen torero, pero que no le da el currículo para ponerse al tú por tú con el maestro de Velilla de San Antonio? Sí, seguro. ¿Alguien creerá que entre estos dos toreros hay una rivalidad verdadera? ¿Habrá alguien que crea que los Barralvas van a salir con edad y pitacos como para validar la competencia de este ficticio mano a mano, sabiendo que los protagonistas tienen el gran compromiso a los quince días?.

¡Dos mil baros!, me muerdo las uñas de ansiedad por ver las fotos de los felices asistentes.

Para el arrastre…(opinión)

José Antonio Luna Alarcón /Tauropasion

Sábado 30 de diciembre 2017.- Fue tarde de una tristeza azul y cristalina. No había casi nadie en los tendidos. Es lógico, si ya no se pelean los boletos para ver José Tomás, menos dejarán el recalentado de la cena navideña para cambiarlo por un resfriado adquirido a conciencia en el cemento helado de la Plaza México.

Fue una tarde de esas en las que uno puede romper en llanto sin ningún motivo. La plaza es un desierto para uno sólo y revisar la fila y el número de asiento sólo es un formalismo, porque se puede sentar donde le venga la gana sin que exista el menor riesgo de que aparezca el propietario del boleto que da derecho a ocupar ese lugar. Una corrida de Navidad con tres humildes de la fiesta anunciados en el cartel, no mueven a nadie. Así está nuestra moribunda fiesta. Mejor dicho, así la han dejado los dueños del negocio.

Sin embargo, como una flor que nace y crece en el pavimento, así brotó el buen toreo. Los toros de Rancho Seco fueron unos señores de seriedad adusta, saltillos y santacolomas, dejaron en Apizaco a sus suavotes hermanos murubes que tanto le gustan a los señoritos de a caballo, para dar vía libre a la bravura de su casta. Por su parte, Fabián Barba,  Antonio Romero y Gerardo Adame se pusieron de acuerdo para ayudar al solecito mustio a que calentara un poco más el ambiente, además, como los toros lo eran sin objeciones, no hubo caricatura dominical y si faenas cargadas de intenciones y voluntades.

Lo malo es que no lo vio casi nadie. A la fiesta de toros mexicana se le pueden colgar muchas frases, por ejemplo, que ya está en las últimas, que vuela tocada de un ala o, mejor, para decirlo en su propia lengua, que ya tiene media estocada en todo lo alto, que falta poco para que le vea las patas a las mulitas.

Una corrida como la del domingo, no interesa a nadie y no tiene la más mínima derivación. ¿Qué hubiera pasado si el voluntarioso y valiente Fabián Barba borda un toro?, ¿si el entregado Antonio Romero se acomoda con el quinto?, ¿si el fino Gerardo Adame consigue hacer una faena de valor incalculable?. Nada, no hubiera pasado nada, porque en el toreo mexicano ya no existe la trascendencia. La corrida se dio con, tal vez, menos de mil asistentes a la grada, los que la vieron por televisión se habrán dormido en sus sillones.

Como un páramo hemos dejado a la fiesta. Hemos sido todos, los empresarios incompetentes que quieren llevarse la pobre bolsa, los ganaderos que se prestan a embustes con tal de ver sus divisas anunciadas en la temporada grande, las figuras que viven de la falsedad y han mandado corromper todo lo que gire en torno al toro, los críticos que inventan atrocidades con tal de justificar a los toreros tramposos y sobre todo, el pasivo público que no exige nada.

La heroicidad de estos tres toreros sólo nos ha servido para darnos cuenta de lo grave que está la fiesta. Con que saña la tratamos, después de recortarle los pitacos, darle vara hasta dejarla desangrándose parada y pinchar y pinchar en hueso, ya casi la matamos. No fue por la resaca que la tarde azul estuvo tan triste, fue por ver que la hemos dejado para el arrastre.

Hasta el último día…(Opinión)

José Antonio Luna /Tauropasion

  • A Pepe, que me heredó esta afición gloriosa.

Domingo 17 de diciembre de 2017.- Es un recuerdo luminoso. Da brillo a la memoria. Uno recorre el camino en sentido inverso y ahí está la obra, reluciente, magnífica. Me dijeron -los que lo siguen de plaza en plaza- que esta lidia fue muy buena, pero que no es la mejor de José Tomás. El que firma este artículo, la cataloga como sublime.

Extendió el capote y trazo la primera verónica, perfecta, cargando la suerte -de hecho, la cargó en cada lance y en cada pase- así, nos estaba diciendo que las cosas iban a ir de mística y escolástica, porque él pondría  nuestra alma en contacto con el aspecto divino del toreo y porque la fe estaría por encima de la razón. Lo consiguió, lo místico, con su toreo perfeccionado por la gracia. Lo escolástico, cuando nos demostró que si prevalece la fe, el torero se puede poner en el lugar donde la lógica manda que pase el toro, es decir, la pierna de salida siempre adelante, desviando la trayectoria hiriente del animal.

Verónicas inmaculadas. En la media, recogió al mundo para colgárselo a la cintura. Cuando pegó las gaoneras, no movió un milímetro los pies. Luego, en cada muletazo extendía la magnificencia de su arte. Severidad en los estatuarios. Cumplió con su tauromaquia piedra por piedra, lance a lance, muletazo a muletazo. Toreó con le serenidad de un dios.

José Tomás sublime, José Tomás invicto, José Tomás glorioso. José Tomás navegante, José Tomás sobreviviente, inmóvil en la tempestad, custodio del trigo mecido al viento, vigilante de la espuma que deja cada ola cuando se va, de la luz de luna en altamar. José Tomás perfume de azahares, patio de naranjos, solemnidad de culto milenario.

Los que lo veíamos, estábamos recuperando los referentes. El toreo es un rito, nunca un espectáculo, como lo han convertido los ordinarios, esos que han hecho de él un simulacro, una pantomima.

Pasó su actuación y nos dejó desfondados. Debíamos tanto a nuestra propia afición, que con el toreo de José Tomás nos pusimos a cubrir carencias. Una verónica y comenzaba la tarde, pan reconfortando nuestra hambre, una gaonera y refundábamos nuestra esperanza, un derechazo y sin reservas recuperábamos la fe, un natural y renovábamos votos. En el remate, habíamos reencontrado nuestra vocación de aficionados.

En los medios -sin desgastar el espacio ni maltratar el tiempo- azul marino y oro, faja y corbatín en rojo, canas en el pelo, manifestó el esplendor dorado del otoño, la conmoción del arte, la dolorosa alegría de vivir, la atormentada superioridad que da el ser un aficionado al arte más bello del mundo. A todos nos regaló algo: lágrimas de emoción a unos, alegrías de cielo limpio a otros, pétalos rosas y amarillos a los demás, perezas que deja la belleza cuando nos apabulla. ¡Esta tarde estamos vivos!, nos decíamos. Es que habíamos limpiado  la memoria, limpiamos nuestro corazón y atisbamos la eternidad.

Si alguien me pregunta: “¿La mejor corrida de tu vida?”. Una tarde plácida en Madrid con los toros de Rehuelga. ¿La mejor faena vista en tu existencia?. La del martes, día de la Virgen de Guadalupe en la ciudad de México, a “Brigadista”, aldinegro, cornivuelto, astifino y bien armado. Es que, además, el Príncipe de Galapagar marcó la pauta, mandó escoger un toro adulto de Jaral de Peñas, con mueble en la cabeza, algo que nunca vemos.

La función fue matizada. Por ejemplo, ya nadie se tragó la estocada ventajosa de Pablo Hermoso.  De poco valieron el lance del soldado Ryan y el espadazo atrevido y vulgar de Joselito Adame. Tampoco, sirvió el becerro corniausente que nos quiso recetar El Payo, que luego, no pudo con el berrendo en colorado de Jaral de Peñas. Es que los espadas españoles marcaron la pauta, toros-toros para la corrida Guadalupana. Sumaron puntos la faena de Sergio Flores y los naturales y la estocada de Manzanares. Pero, la faena de liturgia fue la de José Tomás y estuvo a una distancia cósmica de las de los demás.

Lo del toreo es una afición a coleccionar recuerdos. Benditos aquellos  que me heredaron esta afición hermosa, mi padre y mis abuelos. No, no renunciaré jamás. No la dejaré nunca, por más que refunfuñe y por más pestes que eche. Una faena como la de José Tomás me reconcilia con la vida. A pesar de todas las engañifas, hasta el último día de mi existencia seré aficionado a los toros. ¡Se los juro!. Una tarde como la del martes vale mucho la pena.

El rito sacro…(Opinión)

José Antonio Luna / Tauropasion

Lunes 11 de diciembre de 2017.- ¡Embarazoso!. ¿Qué hacer para no maltratar a los amigos que emocionados, me comentan acerca del faenón de Enrique Ponce al “teofilito”?.

-¿Qué tal? ¡Estuvo enorme! ¿no?. ¡Una faena histórica!- me dicen palpitantes de entusiasmo.

-Nada, pues… muy bonita…- contesto como se engaña a un niño cuando pregunta si existen los Reyes Magos.

Otros, han optado por no tocar conmigo el tema de los toros. Me comentan acerca del clima, del último petardo de Peña Nieto o de López Obrador o de Margarita, da igual, en este país decadente da lo mismo el color de la bandera partidista, al fin y al cabo, todos, casi a diario, pegan tremendas tracas. Pero de toros, mis cercanos no tocan el tema. Pensarán, supongo al ver sus caras, “mejor ni le comento, ¡qué hueva soplarme el rollo de este amargado!”.

La verdad plana y llana es que pienso que después de la faena de Enrique Ponce a  “Vivaracho” en la Plaza México, no queda más que el palacio de Bellas Artes. ¿Por la belleza?. Sí, y también, por la falta de peligro. Lo que sigue es la faena ya sin toro, sobre todo eso, sin las enormes molestias que genera un toro. Por cierto, “Vivaracho” de vivo no tenía nada, fue un pazguato de libro. Adiós a la autenticidad, pero, en cuanto a lo bonito, pues, sí, muy bonito.

En su obra Muerte en la tarde, Ernesto Hemingway habla de que el diestro es un dispensador de la muerte, pero, además, él mismo es un ser que regresa del territorio de la muerte. Sin embargo, eso habrá sido en la época en que vivió el premio Nobel de Literatura perteneciente a la Generación Perdida. Ahora, ya no es así y tal vez sea lo decepcionante. No es que uno quiera que el toro mande al otro mundo al torero, pero el peligro cierto de que eso pueda suceder en cualquier momento, debe estar latente durante todo el tiempo que el merengue campa en la arena. Con los “teofilitos”, “bernalditos”, “marroncitos”, “ferdinandos” y demás fauna caritativa, ya no es posible, y “como dijo don Teofilito” – la frase es más oportuna que nunca- no volverá a serlo jamás. La faena contemporánea ha devenido en componer figuras preciosistas, “poncinas” al cante. Corren los tiempos del goce estético en su máximo esplendor  y nada más. De disfrutar una faena en un teatro, estamos a dos minutos. ¡Viva el toro bobo!, amaestrado, con el sabor de un pepino sin chile y limón.

Las escenas más patéticas de lo que va del serial, son las que enmarcan el toreo posmoderno que nos aqueja. Sin quererlo, es Joselito Adame el protagonista. La primera, cuando tropieza frente al toro de Teófilo Gómez y el cornúpeta en vez de emprenderla a cornadas contra él, se lo queda mirando anonadado. La segunda, es con el pupilo de Barralva que después de propinarle una serie de cates no logra prender una cornada en el cuerpo del coleta caído, o sea, no consigue el propósito primordial de un toro. Ovación cerrada a los peluqueros.

Así que me cuestiono, para qué desbaratarle la ilusión a mis amigos, diciéndoles que nada puede sobrevivir para siempre y que el “toreo verdad” está pronto a doblar vencido. Cómo recetarles que al toreo no lo matarán los corruptos del Verde Ecologista, tampoco los políticos analfabetos y oportunistas, ni siquiera los del Green Peace, que -aquí entre nosotros- admiro por sus otros empeños, sino que lo están matando faenas como la de Ponce a “Vivaracho”, esas que uno dice “qué bonita”, pero que en el fondo, sabe con certeza, que ya no forman parte del rito sacro de la tauromaquia, me explico, que son faenas ya lejanas a la liturgia celebradora de vida en que el sacerdote y a veces víctima, oficiaba poniendo las femorales en el lindero mismo de la muerte.

Aportación a la teoría de la lidia…(Opinión)

José Antonio Luna /Tauropasion

Domingo 26 de noviembre de 2017.- Oigan, pretender que los toreros hagan algo por nosotros, es como si los ratones quisieran que los gatos los ayudaran a escapar de sus garras. Somos los aficionados, los que debemos ya -¡urgente!- cambiar la estrategia y ponernos rigurosos, sin embargo, primero debemos avispar y percatarnos de la realidad. Las aficiones tienen el espectáculo que se merecen.

La corrida de los “teofilitos” marca los derroteros de cómo las figuras quieren dárnosla con queso. ¡Por piedad!, reflexionen, vean la torpeza, cantar oles a El Juli por la lidia de ese merenguito bobo hasta la desesperación, que embestía como si fuera de cuerda, sin el menor asomo de emoción, con la cabeza a media altura y saliendo de cada pase desparramando la vista, pero sin ganas de irse, para volver a embarcarse con la obediencia de un perro faldero, eso, es el apocalipsis de la tauromaquia. Así mismo, el mansurrón que se quedó mirando a Joselito Adame cuando el diestro cayó frente a él y no movió la leña un milímetro para obsequiarle un derrote, significa, en pocas y sencillas palabras, que ya nos cargó el carajo.

El Juli vino a la México a vernos la cara una vez más con una estafa monumental del tamaño de esa plaza, la más grande del mundo. A la bribonada, se sumaron su cómplice, el diestro comparsa  que se llama José Guadalupe Adame, y los ganaderos de Teófilo Gómez, todos ellos capitanes generales, del movimiento antitaurino mexicano. La corrida fue un soberano despropósito y una vergüenza.

Dicen que entre sastres no se cobra la puntada, pero al cachondeo se suman algunos críticos con sus comentarios aduladores al pasmo de Velilla de San Antonio. Para empezar, es una afrenta a la ética que los cronistas escriban acerca de las virtudes de la faena de El Juli a los bobos animalitos jugados el domingo pasado. Despaciosidad y arte son palabras que en este caso sobran. Estoy de acuerdo, Julián López, es uno de los grandes protagonistas de la historia del toreo contemporáneo, diestro prodigioso, pero, eso, es en España, aquí, en México, desde aquel maravilloso berrendo con estampa de eralito llamado “Trojano”, de la ganadería de Montecristo, no ha dejado de pitorrearse de nosotros.

Lo grave está en querer defender lo indefendible, como la perla contenida en una entrevista que Rafael Cué hace a El Juli. Entre los dos aportan un descubrimiento genial a la teoría de la lidia, el de que, por ejemplo, los toros de la ganadería de Teófilo Gómez no son sosos, sino que tienen “la bravura muy detenida”.  Cuando con el sobresalto adecuado vi y escuché el video que los amigos me mandaron –ignoro si el diálogo es reciente o no, pero da igual- me tiré al suelo de la risa. ¡Qué alguien me lo explique!, ¿cómo se puede mantener detenida la bravura de un toro encastado?. Luego, masticando bien esta afirmación lapidaria contra el arte de bregar y matar a estoque toros con estampa de erales–capten el doble filo-, calculé las consecuencias y lloré amargamente. ¡Alarma, alarma, focos rojos, Houston, tenemos un problema!. Ese eufemismo, el de la “bravura muy detenida”, si se pone de moda, será el golpe de descabello que nos faltaba para que la tauromaquia mexicana le vea las patas a las mulitas.

Sé que con artículos como éste, nunca voy a destacar en sociedad, pero no me importa, elijo ser leal al toro y fiel a la verdad. También, sé que mi remate es vulgar y que algunos lectores escribirán criticando mi lenguaje y otros, los cercanos, me lo dirán cuando me vean, pero no me puedo contener, ustedes perdonen: “¿bravura detenida?”, ¡oigan, por favor, no mamen!.

 

Toritos de casta brava…(Opinión)

José Antonio Luna Alarcón / Tauropasión

Sábado 10 de noviembre de 2017.- Al salir el primer cárdeno me sentí muy confundido. Como si la vida me hubiera hecho una jugarreta y me estuviera revolviendo los eventos y las fechas, igual que cuando uno se despierta a media mañana, después de haberse puesto hasta las orejas de mezcal el día anterior. ¿Qué no la corrida de toros era anteayer?. ¿La soñé, me la contaron, la imaginé o de verdad, la viví?. Nada de eso, tardé unos segundos en ordenar las neuronas y lo tuve claro: “Es que dos días antes, en el cartel estaba anunciada una figura del toreo, mi Toño, por eso, pareció novillada, pero la de los tres añeros es hoy”, me dije y los pensamientos se organizaron.

Fue como si algún bromista hubiera cambiado los encierros y el de Xajay para el mano a mano entre Sebastián Castella y Sergio Flores, correspondiera a los novilleros y este del que les voy a hablar, con muy bonita presencia, trapío, bravura, edad reglamentaria y que lidiaron los jóvenes aprendices, debería haber sido para los toreros de alternativa.

No sé, a veces quisiera acudir al sicólogo y contarle mi insensatez: “Doctor, es que soy aficionado a los toros en este país de mis partes nobles, llamado México, y por ello, vivo de espejismos, desengaños, ofuscaciones, entelequias y sueños fallidos. He llegado a tal punto de demencia que ahora, soy capaz de ir a ver un encierro de Xajay en Tlaxcala”.

Me ahorraré la consulta, escribir también es una terapia. Por eso, se los cuento a ustedes. Además, cada uno de los novillos de De Haro también fueron curativos, bálsamos para nuestra aporreada afición. Miren, empezaré por la forma, todos fueron guapos, entipados, cárdenos, hondos, de cabeza triangular y hociquito chato, fuertes, armoniosos, y eso habla de raza. En cuanto al fondo, la novillada salió como esperábamos: muy  brava y con movilidad. Forma y fondo de la hermosa casta de Del Saltillo. Emotivos todos, hasta el malo que, por cierto, nunca debe faltar en una media docena de divisa encastada. Hubo tres con muy buen estilo que acomodaban la cabeza, nobles, claros y fijos, uno de ellos de nota superior. Los otros tres no tanto, sin embargo, todos fueron morlacos muy interesantes. ¡Un lujo!.

Más allá del arrastre lento que le dieron a uno de los utreros y más allá de que los muchachos estuvieron por debajo del poderío táurico, nos queda el buen sabor de boca de haber sido testigos de un evento taurino como está mandado. Unos y otros, nos hicieron recordar que a los toros va uno a emocionarse, no a pegar corajes. Novillos bravos y novilleros empeñosos y valientes, porque José Mari Macías, Gerardo Sánchez, Ulises Sánchez, Manuel Astorga, Rafael Soriano y José de Alejandría, unos para adelante y otros como los cangrejos, se pusieron ante los merengues que no se ponen los consagrados, por lo menos, en Tlaxcala, ¡Qué paradójico!.

Los novillos de De Haro eran para ser desorejados, dos para triunfo grande y uno para faena antológica, si los novilleros hubieran podido, pero no pudieron. Lo que los chicos querían era pegar muchos pases y eso sí, los pegaron.

En fin, la vida es compensatoria y esta novillada fue como un té de boldo para la bilis derramada el dos de noviembre, día decepcionante y memorable, el de la corrida chica de la fecha grande. Si a Javier Sordo le pegamos la silbatina de su vida, a Antonio de Haro lo sacamos a saludar al tercio, ovacionándolo compensados y agradecidos, contentos por sus emotivos toritos cárdenos de casta brava.