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De purísima y Oro: La oleada cárdena…(Opinión)

José Antonio Luna Alarcón /Tauropasion

Sábado 09 de junio 2018.- Hay ganaderos, de uno y otro lado del océano, que son verdaderos baluartes de un movimiento clandestino -no sé si captan la ironía- que se afana por dignificar la fiesta. Son hombres que crían toros bravos creyendo todavía, que sus moritos deben de salir precisamente así: bravos y además, fieros y codiciosos. En oposición, existen  otros criadores, los posmodernos, que son mesurados, de ligereza en la intención y amantes de lo bonito. Ellos, campando en el absurdo, piensan que los toros de lidia  deben ser tontos, nobles y suaves.

La de don Adolfo Martín, que se lidió hoy mismo, fue una hermosa, fuerte, bien armada e inteligente, corrida de toros. Desde que de la oscuridad del túnel empezaba a asomar el cuarto creciente de luna que eran los astifinos y bien dotados pitones, la emoción se alborotaba. Luego, en las arrancadas a tablas la cosa iba creciendo y al momento de los embroques, uno ya estaba en el borde del asiento.

La mirada de un “adolfo” destella inteligencia y si el que observa desde las barreras lee en los ojos del merengue la viveza y la astucia, ya se pueden imaginar ustedes lo que siente el que camina hacia él y extendiendo la capa se lo pasa cerca de las femorales.

El primero de la tarde fue para el toricantano Ángel Sánchez, un valiente que se arriesgó a tomar la alternativa con la corrida de los de divisa verde y roja. En los derechazos a su primero corrió la mano y templó, en los remates barrió lomos a placer y mandaba el estaquillador al alamar de la hombrera contraria. El segundo que mató, le correspondía a El Cid que fue cogido. El toro era un sinodal para maestros que puso una prueba durísima al inexperto espada. Por ese y por el cierra plaza, el recién doctorado de matador de toros, dando gracias a la Virgen de su devoción,  tiene que descorchar cava, para celebrar en grande el haber salido de la plaza por su propio pie y no en camilla.

En su turno, El Cid estaba templando cuando el toro que ya avisaba, le dio un poco de coba, el diestro se la tragó y ya afirmadas en la arena las zapatillas, el cárdeno se venció para cornearlo en el muslo derecho. Esa, ustedes perdonen, es inteligencia. Como lo es, también, que ya  derribado el diestro, el toro con las manos y los cuernos acomodaba el cuerpo del torero para tirarle más hachazos, hasta que lo lanzó al frente sin encarnar el derrote.

La corrida en general, iba por el sendero de lo aceptable con buena nota. Entonces, apareció “Chaparrito”. Un toro nada bajo ni en la forma ni en el fondo. Desde los primeros lances el veleto hizo el “avioncito”. Los encuentros de largo con el caballo fueron sellados por la alegría de su arrancada. Bravura de diez, magnífico estilo en la embestida, fijeza total, claridad y nobleza, nos pusieron a todos en aviso de que la faena sería de cante grande.

En banderillas acometió con gran codicia y estuvo a punto de llevarse por delante al subalterno Juan Sierra, que terminó haciendo malabares para no quitar los pies del suelo.

Al punto, el toro arremetía con bravura, gran temple y sublime estilo a la muleta. Pepe Moral correspondió con valor, lealtad y clase, a la enorme calidad de la humillada embestida, que dejaba surco con el morro en la arena. Para cortar las dos orejas, al coleta sevillano le faltó una serie desfondada con la mano izquierda y matarlo en el primer intento.

La vida tiene ironías y son los matadores que torean poco y hablan menos, los que queriendo, o no, salvan la verdadera esencia de la tauromaquia, esa que con una oleada cárdena, llega la última semana de la Feria de San Isidro. Es cuando las aguas vuelven al cauce del que nunca debieron de haber salido y la lidia es un río de emoción. Si los toros tienen mucha casta y una estampa imponente, pase lo que pase, la tarde toma la severa importancia que debe tener el rito oficiado en el claustro circular del ruedo. La número treinta y dos fue una corrida trágica y luminosa, como debe ser el toreo. De la sangre de El Cid a la espléndida bravura de “Chaparrito”, pasando por la tremenda densidad con que construyeron el argumento taurómaco el atrevimiento del inexperto Ángel Sánchez y el arte derramado entre aromas de torería por Pepe Moral.

De Purísima y Oro: Sin bandera…(Opinión)

José Antonio Luna Alarcón /Tauropasion

Domingo 03 de junio 2018.-  ¡Y con ustedes, señoras y señores, la Feria Mundial del Toreo!. Es que anunciar a seis toreros de diferentes países en una misma corrida, convierte al San Isidro en puntual referencia de la globalización. No importa que, por decir algo, los chinos puedan argumentar que ellos también forman parte del mundo y que de entre los mil trecientos noventa y siete millones de chinos existentes y aportando para la crisis ecológica por sobrepoblación del planeta Tierra, no haya un torero ni de coña. Pero, bueno, considerando que en Estados Unidos llaman serie mundial a una final de campeonato de béisbol en el que sólo participan equipos estadounidenses y uno de Canadá, el serial madrileño, sin ningún complejo, bien puede llamarse la Feria Mundial del Toreo.

Sin embargo, los de la empresa decidieron acotar el término a un solo festejo al que bautizaron como “La Corrida de las Seis Naciones”, que después nos percatamos, debió llamarse la corrida de las seis decepciones. Ninguna interpretación tuvo fondo y únicamente dejó de manifiesto la decadencia universal del toreo. Muy poca variedad en los capotes, falta de fondo en los muletazos, repetición de lo mismo, desplantes insulsos y las propuestas de un toreo “corta orejitas” a toros intrascendentes y además, con mucha falta de estampa, desde luego, en este punto me refiero a la comparación de lo que sale por la puerta de toriles de Las Ventas. Total, un fiasco.

Es que lo de las banderas sólo sirve para medrar con la ingenuidad de los más simples. En la corrida de las seis naciones participaron Juan Bautista de Francia, Luis Bolívar de Colombia, España estuvo representada por Juan del Álamo, Joaquín Galdós de Perú, Luis David por México y Jesús Enrique Colombo de Venezuela, para matar media docena de El Pilar. Sin embargo, en el arte no hay nacionalidades y en el de torear menos, Nimeño II y César Rincón, entre otros, serán siempre mi argumento más contundente.

Ustedes han de perdonar, pero, la corrida fue muy insulsa y descafeinada. Para el que esto escribe, lo más interesante de la feria hasta el momento, han sido los seis toros de doña Dolores Aguirre con todo y su mansedumbre y los de Partido de Resina, con todo y que no salieron. En todo el serial, no ha habido corridas más relevantes que esas. Me explico: El primero y segundo de la señora fueron toros bravos con mucho pozo y se encontraron con dos magníficos toreros que se jugaron la vida en cada embroque. Los otros cuatro merengues fueron mansos de libro y el sexto era un campeón mundial de la falta de casta, pero exigieron tanto a Rubén Pinar a Venegas y Gómez del Pilar, que me pongo de pie y me quito el sombrero para llamarlos toreros.

Por su parte, los de Partido de Resina, supongo que estarían también puestos y con tanta bravura, que Simón Casas no mandó poner el toldo sobre la arena de la plaza -llovió todo el día- y una vez que se vendieron ginebras, cervezas y almohadillas, tuvo el pretexto perfecto para que se suspendiera la que, seguramente, hubiera sido la corrida más brava del ciclo, aunque sé bien que el “hubiera” no existe y el “haiga” menos. Además, entiendo que, tal vez, siendo un cartel para conocedores y no para el gran público, la taquilla no cubría las expectativas financieras.

Las ganaderías de bravura auténtica brindan otro concepto de la fiesta. Es que ningún torero en su sano juicio le pondría los muslos a un toro de doña Dolores, como sí se los ponen a los juanpedritos en España y a los teofilitos, aquí, en México, que en esto de las naciones unidas por el toreo, esas dos son ganaderías hermanas en los ideales.

Total, que “La Corrida de las Seis Naciones” sólo sirvió para demostrar que la mayoría de los toreros de hoy, sean del país que sea, no tienen el menor interés en la gesta, no quieren romper esquemas y sólo seguirán lo que está anotado en su muy pobre argumento. Ellos están convencidos de que el camino a la gloria es así de simplote. En conclusión, con la corrida del mundo mundial comprobamos que la mediocridad no tiene bandera y que tampoco reconoce fronteras.

Persona y cultura contemporánea…(Opinión)

José Antonio Luna Alarcón /Tauropasion

Sábado 05 de mayo 2018.- A veces se rompen esquemas y eso es bueno. En un ámbito cimentado en la tradición, estoy hablando del toreo, es un deporte extremo salirse de lo establecido.

En los tiempos de globalización que corren, los de la empresa de Madrid consideran importante hacer notar que toreros de varias naciones van a actuar en la misma feria y como lo del campeonato de fútbol –deporte de masas-  que se jugará en Rusia, está casi encima, a la Feria de San Isidro de este año, la han bautizado como El Mundial del Toreo. El nombre es acertado, pues se busca la atención de los que no son devotos.

El que firma este texto, que además de darle a lo de juntar letras, soy profesor universitario de una materia que se llama Persona y cultura contemporánea, cuando el temario indica repasar totalitarismos en el siglo Veinte, que además son muchos, porque la ambición y la prepotencia humana no tienen límite, inevitablemente, llegamos a la Guerra Civil española. Ahí, me detengo un poco y como soy apasionado del arte de Cúchares, busco cualquier hebra para tirar del hilo y hablar de toros.

Los jóvenes, aun los que son antitaurinos, escuchan con interés cuando les narro la historia de Lupe Sino y Manolete. Es que a los muchachos, sobre todo a ellas, les gustan las historias de amor y por ahí, me sigo contándoles la hazaña de algún torero o la anécdota de un toro famoso. Me gusta ver a los chicos –hombres y mujeres- que al principio de la charla han declarado su antitaurinismo, como en ese momento, me miran embobados con una expresión que delata la duda de que si lo que les contaron acerca del toreo fue una calumnia y sí, siempre lo es. Culmino mencionando que una corrida en Madrid es uno de los espectáculos más luminosos, bellos y conmovedores que el ser humano puede ver. En ellas, a final de cuentas, podemos comprender y aceptar lo precaria que es la vida y por ello, lo importante que es vivir con toda intensidad. Y para que los estudiantes entiendan la magnitud de lo que es la Feria de San Isidro, les digo que ese serial es algo así, como “El Mundial de los Toreros”. Lo mío no es proselitismo, lo que pasa es que a mis alumnos, me gusta darles lo mejor que tengo.

Luego, ya se sabe, todo momento mágico tiene un final, la sesión continúa:  1939, el bombardeo a Varsovia y las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial, pero como mi clase no es de Historia, sino de Antropología filosófica, los conduzco por las horripilantes cámaras de gases a uno de los libros más profundos y vibrantes que se han escrito: El hombre en busca de sentido, de Víctor Frankl, el arte de vivir con esperanza en medio del más atroz sufrimiento.

Volviendo a lo de El Mundial del Toreo, esta es una campaña que la empresa Plaza 1 ha lanzado. Se trata de promulgar que varias culturas estarán presentes en el San Isidro 2018, representados por los siguientes toreros: Luis Bolívar, de Colombia; Juan José Padilla, de España;  Lea Vicens, de Francia; Luis David, se ha quitado el Adame, para no desvirtuarse, -noten como me gusta tirar el derrote-  de México; Andrés Roca Rey, de Perú y Jesús Enrique Colombo de Venezuela. La cruzada hace énfasis en la multiculturalidad y los carteles propagandísticos tienen a cada torero con un dibujo emblemático de su país, pintado en el pecho. Por ejemplo, A Roca Rey le sombrearon en la piel un cóndor inca y a Luis David, una catrina emblemática de Día de Muertos. Los carteles con fotografías de los matadores y su dibujo en el tórax, serán expuestos en autobuses, marquesinas, carteleras, quioscos, prensa, televisión y medios digitales.

La idea es provocadora e interesante. Por mi parte, creo que en el arte no hay nacionalidades. Las fronteras y las banderas atañen a los estados, nunca a la patria. La única patria verdadera es la que se lleva en la lengua, los ojos y el corazón. Por eso, los toreros buenos son universales y llevan el mismo pasaporte que todo aquel que ame el toreo. Pensando en Joan Manuel Serrat escribo que los tordos que a media tarde llegan con su algazara al prado de mi casa, no saben de nacionalidades. El ondear de banderas, por lo general, lleva escondido en los pliegues intereses mezquinos. Toreros de todos y además eternos, son Rodolfo Gaona, Gallito, César Girón y César Rincón, entre otros, no importa, para nada, dónde hayan nacido.

De purísima y Oro: Bailando jarabes…(Opinión)

José Antonio Luna Alarcón / Tauropasión

Lunes 30 de abril 2018.- No voy, se los juro. Ya con la del viernes pasado tuve para rato. Los festejos taurinos en El Relicario deberían enarbolar una frase publicitaria de esta ralea: “Corridas de Feria. ¡La más baja calidad, a los precios más altos del mercado!.” Es que cobran las entradas como si anunciaran Miuras en Pamplona. A mí, me asombra el modo en que la simpleza y la dejadez campan por los tendidos de las plazas de toros mexicanas, pero en la ciudad angélica, los asistentes exageran. No sé por qué concurren, y con tanto gusto, a que les vean la oreja. Pagan un boleto carísimo por una pantomima. Desembolsan mucho dinero por ver una corrida tercermundista.

Asistir a los toros en Puebla es una experiencia pantagruélica y obliga a asumir una estolidez de libro. Primero, llegar a la plaza. Del fuerte de Loreto –a un kilómetro del coso- conduje a vuelta de rueda una hora con veinte minutos en un tráfico del carajo. Es que los residentes de la colonia Lomas de Loreto, cansados de que los asistentes a la feria atasquen sus calles y obstaculicen sus cocheras, han cerrado con malla ciclónica las bocacalles. Ya se sabe, aquí, nadie respeta nada y menos, el libre tránsito constitucional, Alicia en el país de por mi horquilla. Además, los agentes de vialidad parece que tienen la consigna de taponar el flujo vehicular. Sumen ustedes a lo anterior, que no hay estacionamientos suficientes, una verdadera pesadilla.

Llegué tarde, sin embargo, estuve en mi asiento poco antes del paseíllo, porque –obvio- alguno de los matadores también arribó con retraso. Por fin, sentado en la grada, me dispuse a disfrutar la corrida. El hígado se me hizo paté en cuanto llame al vendedor de cervezas. Ochenta mortadelos una fría, que si lo sumamos a lo que cuesta una entrada, cuatrocientos cuarenta morlacos en ¡sol general!, ya es un capitalito. Lo que más me revienta es que, año con año, con cara de imbécil caigo sin falta por lo menos a una.

La media docena de pazguatos encornados que se lidió fue de La Venta del Refugio. Parafraseando unos versos, permítanme, recito: “…no hay en el mundo nombre/ que a la verdad más se ciña/ lo del Relicario es rapiña/ y esa ganadería es refugio, pero de mansedumbre”. Que no les doren el cuento, la corrida no valió un cacahuate, salvo un par de banderillas superior de Carlos Martel, un torero de plata, pero que vale un diamante, todo lo demás fue vano, insulso, de a centavo. La oreja que le dio el juez a Jerónimo, tras pinchar y acto seguido, colocar un bajonazo infame, más bien, se la otorgó el público con una insistencia pesada. Así, nunca tendremos una plaza digna, pero, encima, ¿para qué la queremos?  si con lo que dan, los pocos que asisten –menos de media entrada- están más que dichosos y aplaudiendo hasta al hombre que arrea al tiro de mulitas.

Castella y Joselito Adame nos la aplicaron con el rigor de Brad Pitt y George Clooney en La gran estafa. Eso sí, con la solemnidad y actitudes de quien está enfrentando “adolfos” cinqueños en Ceret.

En todos lados se cuecen habas y en muchas plazas del mundo a los espectadores les ven la cara de tontos, pero nosotros los poblanos nos llevamos el “Villamelón de Oro” que otorga la academia del espectador chafa. Para hoy, viernes, está anunciada una media docena de toros con estampa de novillos, los pitones romos –serruchín, serruchón- de Villa Carmela, que harán las delicias de los seguidores de Enrique Ponce y que a mí, me castigan mucho la vesícula.

Como ven, hay días que me desayuno con ganas de sumar a Puebla a lo de Sodoma y Gomorra. Mi negatividad al redactar, ha hecho añicos todos los esfuerzos de mi risoterapeuta por convertirme en un ser positivo. Pero en este país, ser escritor de toros comprometido con la verdad y, además, positivo, es de lo más antagónico, aunque a mi favor está lo de que escribir es una terapia y un desahogo. Se los aseguro, la primera de feria fue un soberano desastre y la segunda, lo será, no obstante corten veinte orejas que cuando éste texto sea publicado, ustedes ya sabrán el número exacto. Indudable, Ponce, El Juli, Castella y Padilla, son unos torerazos, es cierto… pero, también, son unos bribones. Si a México sólo vienen a llevarnos al baile, a Puebla llegan a ponernos a zapatear jarabe, uno tras otro. Lo peor es que bailamos con unos bríos que nos hinchan los pies de ampollas.

Recital…(Opinión)

José Antonio Luna Alarcón / Tauropasion

Sábado 21 de abril 2018.- Pues sí, un indulto más en Sevilla. Los espectadores se frotaban las manos y seguro comentaron que nunca se había toreado como ahora. Lo decimos todos los que vamos a los toros. Es cierto, algunos ganaderos han conseguido el animal perfecto para el toreo posmoderno. Este consiste en disminuir todo lo posible el peligro y crear un mecanismo vivo con cuernos, que se preste para formar los conjuntos estéticos más bellos del mundo y que estos se repitan en series hasta la saciedad. Porque si se mira sin analizar, es decir, sin considerar todos los componentes que debe tener un encuentro entre hombre y toro en la arena, el goce estético que deja cada pase es enorme, aunque hay aguafiestas como el que esto escribe, que se quedan con la sensación de que a la cosa, sin peligro, le falta poso y le sobra timo.

Han de perdonar lo irreverente, pero “Orgullito” de la ganadería de Garcigrande, no es un toro de indulto ni de coña. Fue muy tibio en el caballo. Fíjense, en “Yutoub” está el video. En la primera vara, no empujó peleando con coraje y lo hizo sólo con el pitón izquierdo. Desde ese momento, demostró que ese era su cuerno maestro. El segundo puyazo apenas fue un rasguño. Nunca de los nuncas, manifestó bravura.

Si ustedes se acuerdan del magnífico “Cobradiezmos” –me persigno, San Victorino Martín, ruega por nosotros- de su manera de arrancarse al caballo tan de largo y tan emotivo, su modo de atacar a la mole blindada por debajo del estribo con tanta  bravura. Luego, su manera de exigir a Manuel Escribano que se impusiera, verán que hay una distancia cósmica entre ese gran toro y “Orgullito” que fue noble, claro hasta la desesperación y con excelente estilo, pero que estuvo lejísimos de ser bravo.

Eso no importa, la exigencia de bravura se ha ido de la plaza, corren otros tiempos y otras modas. “Orgullito” es el toro ideal para el toreo posmoderno. Fue tan bueno para este fin, blandón, carente por completo de fiereza y codicia, en contraparte, tan obediente al toque, que viéndolo hasta se envidiaba la facilidad con la que ejecutó El Juli. Un toro muy noble y de magnífico estilo, toreado de modo superior por el maestro de Velilla de San Antonio, pero  muy lejano al ideal de casta brava.

Las características del toreo posmoderno – y ya nos llevaron a pasear al huerto- son: primacía de la belleza sobre la verdad. La abolición de la suerte de varas. El trapío -según lo acontecido en Sevilla- ya no es requisito indispensable para la presentación de un toro en una plaza de primera. Además, durante la lidia, debe prevalecer la sensación de comodidad en el goce estético, para ello, debe estar garantizada la seguridad de que el merengue no le quitará los pies del suelo al coleta. También, deben campear la tolerancia extremada por parte del público, la búsqueda del placer por el placer y el gusto por lo desechable.

Con “Orgullito” y El Juli, se declara oficialmente abierta la nueva etapa histórica del toreo. A partir de este indulto, ya no será necesaria la molesta bravura, que no deja estar al diestro y la nobleza se apreciará por sobre todas las cosas. Adiós a la incómoda mortificación, que produce el estar gozando de la belleza de una faena, consciente de que el matador se está desfondando por conseguirlo en los linderos mismos de la muerte. ¿Para qué filosofar sobre la vida y la muerte, si con emocionarse ante lo precioso es suficiente?. Hasta nunca a esa perturbadora preocupación por el peligro inminente de que si el espada comete una equivocación, el bravo y codicioso toro lo partirá en dos. Lo nuevo es arriesgar la vida con seguridad de que no va a pasar nada, que una cosa es la vergüenza torera y otra muy distinta ser un lelo.

No sé, me estoy quedando atrás. En la simbiosis que es el toreo, me gustan las faenas cuando veo al matador haciendo esfuerzos por estar a la altura del toro y no, al revés. Adiós a las gestas toreras, han empezado los recitales de danza.

El caballero andaluz…(Opinión)

Redacción / José Antonio Luna Alarcón

Domingo 15 de abril 2018.- Hay que ver lo que son los recuerdos y la vida. En el despacho de mi abuelo había trofeos ganados en competencias de tiro con rifles de alto poder, fusiles que también estaban allí, colocados en un armero. Había, además, libros, un jarrón que en vez de flores contenía banderillas de lujo forradas en tela y cuadros con fotografías. Las jaras no eran en dos tonos como se acostumbran ahora, sino de muchos colores: amarillo, obispo, grana, celeste, verde botella, listones que se trenzaban en torno a los palos y tenían un par de rosas del mismo material al centro. Nunca fueron usadas en el ruedo y conservaban los arpones clavados en corchos de botellas de vino.

No están ustedes para saberlo, pero les cuento, ya verán a dónde quiero llegar. Las fotografías eran remembranzas que mi abuelo mandó enmarcar y colgó en las paredes, las más, recibiendo los premios que, a lo largo de su existencia, se ganó por su buena puntería. Algunos cuadros tenían recortes de periódicos dando la noticia de que José Alarcón, así se llamaba él, había ganado algún campeonato en el campo de tiro. En otra instantánea aparecía saludando a María Félix que enarcaba la ceja sonriendo a mi ancestro. Había retratos de muchos otros personajes captados junto a él, Lázaro Cárdenas, Joselito Huerta, Alfredo Leal…

Ustedes se preguntarán: ¿y la nostalgia que se le ha metido al escritor, a nosotros qué nos importa?. Es que entre esa colección de recuerdos impresos en papel, había una fotografía que en estos últimos días he traído dando vueltas en la cabeza. La imagen fue captada en el patio de cuadrillas de El Toreo de Puebla. La lámina es en color sepia y muestra a un caballero, de estatura alta, vestido de corto, con zahonas y sombrero de ala ancha, las sonrisas, la de él y la de mi abuelo, son francas. El señor de la foto es Ángel Peralta.

La muerte del gran rejoneador a sus noventa y tres años, me ha hecho volar de regreso. Recuerdo que antes se daban pocas corridas de rejones, que los matadores de a caballo sólo lidiaban un toro y que éste siempre era el primero. Al mismo tiempo, gracias a esas memorias considero algunas otras cuestiones: no, no es que no me guste el rejoneo. Los que no me gustan son los rejoneadores contemporáneos que han echado del ruedo la preciosa doma vaquera, para cambiárnosla por actos de circo. Sólo falta el mago y la trapecista de leotardo revelador y escote generoso. No me gusta, tampoco, que los cornúpetas para rejones sean tan jóvenes, casi erales, y que se lidien con los cuernos hechos cisco, recortados hasta la mitad y con tachones.

El jinete de la Puebla del Río, era de esos caballeros en plaza que de verdad salían a jugársela. No lo vi actuar, o no me acuerdo, lo que sí tengo muy presente es lo que mi abuelo y mi padre me contaban acerca de él. Ellos me hablaban de las faenas de Ángel Peralta y de sus caballos casi mitológicos, “Favorito” y “Gavioto”. Por otra parte, está también, el corrido que narra –ignoro si es ficción o verdadero, pero me gusta creérmelo- lo que pasó una tarde de septiembre de 1965, en Alicante, cuando un cárdeno de Pablo Romero, de nombre “Colillero” mató a un bayo llamado el “As de Oros” que el caballista se llevó de aquí, de México.

El caso y la cosa es que el recuerdo del rejoneador, ganadero y escritor, que un día recibió la medalla de las Bellas Artes otorgada por el Ministerio de Cultura de las Españas, sirvió para echar a andar en sentido inverso. Cuando se muere un artista al que hemos admirado, aunque no lo hayamos conocido en persona, el mundo se empobrece, nos sentimos tristes y lo echamos de menos… Ángel Peralta se ha muerto y como escribió Antonio Machado de otro hombre de a caballo, me da por imaginarlo muy parecido al rejoneador. Aquí les dejo unos versos: “Buen don Guido, ya eres ido / y para siempre jamás… / Alguien dirá: ¿Qué dejaste? / Yo pregunto: ¿Qué llevaste / al mundo donde hoy estás? /  ¿Tu amor a los alamares / y a las sedas y a los oros, / y a la sangre de los toros / y al humo de los altares?”.

 

Humilde, resignado, lacónico…(Opinión)

José Antonio Luna Alarcón / Tauropasion

Sábado 07 de abril 2018.- Fue su noche, la de ellos, y como tal, la disfrutaron. Más que facultades, a la espalda traían una afición inacabable y una tremenda nostalgia. Así, llegaron y con las mismas características, pero desde otra perspectiva, asistimos nosotros. Fuimos a la plaza de Tlaxcala en busca de evocaciones y de añoranzas. Mataban tres toros de Coaxamaluca y tres de Tenopala: Miguel Villanueva, Raúl Ponce de León y Rafael Gil Rafaelillo. Artistas en el ruedo y filósofos de la vida. Llegaron a la plaza desparramando torería.

Yo, por decir algo, no dejé de acordarme de cosas. Por ejemplo, que una tarde vi al maestro Miguel Villanueva matar una media docena de Tepeyehualco y de Tenexac, corrida memorable, también en la “Ranchero Aguilar”. Esa ocasión, junto con él, estuvieron anunciados Antoñete y El Pana. Del mismo modo, recordé que la primera vez que fui a la Plaza México, vi torear a Raúl Contreras Finito y a Ponce de León.

Asimismo, rememoré que en este ruedo tlaxcalteca, una tarde grandiosa, Ponce “El bueno” mató un torazo al que sólo le faltó llevarse por delante a las taquilleras. Ese hermoso ejemplar -creo que era de Zacatepec- fue recibido a verónicas preciosas, acto seguido, hizo hilo tras un subalterno y lo alcanzó a coger ya que el hombre estaba adentro del burladero, lo sacó de ahí con un cornadón en el muslo. Luego, derribó al picador y en vez de ensañarse con el caballo, el merengue se subió encima del jaco, buscando al jinete que, en el suelo, vivía la peor pesadilla de su vida. Entonces, apareció Ponce “El bueno” y capote a la espalda hizo un verdadero quite por gaoneras. Luego, la faena de muleta fue sublime. De Rafaelillo, tengo los recuerdos de muchas tardes, de faenas hondas y aromas gitanos.

La noche del sábado, Miguel Villanueva estuvo enorme con el capote e intenso con la muleta. A Ponce “El bueno”, el segundo torito, terciado, le exigió mostrara su título de doctor en tauromaquia. Fue al primer lance por el pitón izquierdo. Lo arrolló como un tren para dejarlo estampado al pie del estribo de las tablas, con un puntazo en la mejilla que no encarnó por un verdadero milagro y que nos dejó temblando. El maestro se levantó para fajarse y lograr unos derechazos de honda belleza y gravedad. Rafaelillo estuvo muy artista con las dos telas y en sus dos toros.

La Corrida de la Gloria tuvo más de lo que esperábamos. Aparte de verónicas, chicuelinas, gaoneras, naturales –muy pocos-, y derechazos, todos de una belleza serena y llena de solera, disfrutamos de muchos buenos pares de banderillas por parte de la peonería. En especial y en cada toro -porque banderilleó a los seis- los de ese torerazo delgadito, que se llama Carlos Martel y que es más bueno que el brandy y que el coñac que lleva en el nombre. Sobre todo, en un tercio de banderillas en que, junto con su compañero de palos, estuvo superior. Y en el que Gerardo Angelino dictó una de las cátedras más bellas y efectivas de la historia del toreo en México, acerca de cómo se deben pegar los capotazos de brega, es decir, arriba, deletreados y con la suavidad de un capote hecho de pétalos de rosa.

Que sí, que los toros estaban justitos de presencia, pues, sí. Sí, es cierto. Pero animales de ese tamaño y condición, veo que son lidiados sin el menor empacho por toreros fuertes, jóvenes y en activo, profesionales que actúan cada semana. Es más, toritos de esa catadura son los que matan las figuras. Así, que nada. Fue un gesto y como tal, hay que reconocerlo. No es cosa que podamos hacerlo todos, meterse a lidiar un animal de más de cuatrocientos cincuenta kilos teniendo setenta años anotados en la credencial de elector, es una hazaña aquí y en China.

¿En dónde termina la afición?. La afición no termina nunca. Pero, ¿en dónde están los límites de la capacidad humana?. Cada día me sorprendo más y más. Qué personas cercanas a mí sean capaces de correr cien kilómetros en veinte horas y que un hombre de setenta años de edad se levante del arropón de un toro, y lo domine a profundos y bellísimos derechazos, me dejan pasmado. Con el asombro de un niño me pregunto: ¿qué sigue?.

Tras la corrida, en uno de los pasillos del hotel, me encontré a Raúl Ponce de León. “¡Enhorabuena, maestro!”. Entre su gente, caminaba cansado, el puntazo en la mejilla, con su lujoso vestido de luces negro y oro, manchado de arena y sangre. Como si no hubiera acabado de acometer una guapeza me contestó humilde, resignado y lacónico: “Pude haber hecho más”. Heroísmo torero en cuatro palabras.

Meter en cintura…(Opinión)

José Antonio Luna Alarcón / Tauropasion

Domingo 18 de marzo 2018.- Pobre toro, ¡no se vale!. O sea, porque acudía con pujanza al cite, ¿Pablo Hermoso de Mendoza decidió aplicarle más castigo?. ¡Qué poca!, esa fue parte de la estrategia del navarro para indultarlo. Es que, en los tiempos decadentes en que vivimos importa más la forma que el fondo, por ello, el rejoneo se ha puesto muy de moda y, además, en esa disciplina, indultar toros también se está volviendo costumbre.

La cuestión es que, con el estrépito de una catedral venida a tierra, ha caído Guadalajara, último bastión mexicano de la decencia taurina. Aunque a veces, si alguien no decide reparar pitones con alambres, Mérida también levanta estandartes. En el ruedo más serio de este país de mis partes nobles, es decir, el de la capital jalisciense, a un cárdeno de don Fernando de la Mora, le han perdonado la vida ante la habilidosa insistencia del rejoneador estellés, que ha hecho el doctorado en Técnicas de aplicación con queso a espectadores  tercermundistas, como es el caso del inculto y sensiblero público mexicano.

El que firma este artículo no sabe si “Tapatío”, nombre del toro número 167 y corrido en séptimo turno en la plaza de Nuevo Progreso, salió muy bueno o no. De lo que sí está seguro es de que hay muchos aficionados de primera que no opinan lo mismo que el señor juez Arnulfo Martínez Rodríguez y por ello, han protestado con energía y persistencia el cómo se dan las cosas en nuestra tauromaquia, estoy cierto de que lo del indulto debe ser un camelo del tamaño del mar.

Creo que a los toros muy buenos hay que perdonarles la vida, ¡claro!, que los curen y que les pongan veinte o más señoras vaconas piernudas y de caderas anchas o como deban ser las vacas que a los toros les quitan el hipo. Pero, también creo como dogma de fe, que para saber si un toro es de tan alta calidad hay que verlo con un torero de a pie. Es en la profundidad y el dramatismo del toreo a capa, tercio de varas y muleta, donde se puede valorar la voluntad de embestir que tiene un toro y la duración de esa misma voluntad. Con los matadores de a pie no queda duda de la bravura, estilo, acometividad y fiereza de un buen merengue. Así, no hay titubeos respecto a toros que sólo galopan tras las ancas del caballo sin pretender alcanzarlo.

La polémica se ha puesto al rojo vivo y por ejemplo, los de la peña Mal de montera, han enviado una carta al presidente municipal de Guadalajara en la que manifiestan su indignación y le piden que esté atento a la plaza de toros más seria del país.

Entre otras cosas, exteriorizan que dudan mucho que “Tapatío” haya sido un toro de indulto. También, reclaman el que durante la lidia del séptimo de la tarde, Hermoso de Mendoza haya solicitado música para ponerle más cachondeo al asunto. En Guadalajara, por reglamento, está prohibido que los diestros durante su actuación, pidan a la banda que le reste seriedad al asunto. ¡Qué bueno!, si no, en unos días tendrían a todos los toreros populistas y corrientes pidiendo música, y además, señalando el suelo con el dedo índice, para que la pieza a interpretar sea la emblemática del lugar, exacto los filarmónicos haciendo añicos la serenidad de la tarde la emprenderían con: ¡Ay Jalisco no te rajes!.

A su vez, reprueban lo que han llamado “exabruptos teatrales” del rejoneador abrazando el cuello de sus caballos con gratitud excelsa,  con lo que ellos consideran, desorientó al público.

Asimismo, están muy inconformes ante la actitud del caballista que se negó a matar al toro, desacatando a la autoridad. Por el contrario, sin ninguna autorización se dedicó a clavar más hierros con objeto de inmortalizarlo. Por eso, nos quejamos al principio de este texto: ¡pobre toro!, como homenaje y para agradecerle al toro sus virtudes, le clavó otra media tonelada de acero. ¿Qué vamos a hacer con la manera como algunos espadas pisotean la dignidad del cornúpeta?. Habrá que aprender que el toro es un colaborador al que le debemos todo el respeto y las consideraciones del mundo. Y definitivo, alguien tiene que meter en cintura a los bribones. Pablo Hermoso y El Juli, encabezan el escalafón de triunfadores, ustedes me entienden.

“Con perdón de la palabra” …(Opinión)

José Antonio Luna Alarcón / Tauropasion

Viernes 09 de marzo 2018.- En este mundo posmoderno y ruin, a la lógica del actuar humano sólo le importa lo que deja dinero, poder y fama. Por eso, asombra lo que el joven matador Gonzalo Caballero hizo el día de la Gala San Isidro 2018, en el que se presentaron los carteles de la feria de este año y, además, se entregaron los premios “Plaza 1”, correspondientes al serial pasado. Casi nada, que el joven diestro con discurso contundente dirigido a Simón Casas, anfitrión, devolvió el premio que le dieron a la mejor estocada.

Estudioso como soy de la antropología filosófica y lobo viejo en esto del toreo, sé muy bien que a Gonzalo Caballero este alegato no le dejará ni riqueza ni poder ni nada y sí, es seguro, pasará un rato en la congeladora. Conozco bien la vieja frase espetada con salpicaduras de saliva a los que se salen del redil: “¡Te juro que no vuelves a ver un pitón!”. Sin embargo, pienso que el discurso es de orejas y rabo. Vigostki, intelectual que fue conocido como el Mozart de la psicología, dijo -palabras más, palabras menos- que somos huellas que se sintetizan en palabras. O sea, somos nuestra propia experiencia vivida. Las huellas que Gonzalo Caballero ha dejado en la Gala son profundas por su señorío. Si me lo permiten, aquí tienen el discurso completo de lo que el matador manifestó esa noche y que capturé de Youtube, con lo que les quiero decir que la ortografía es mía:

“Quiero aprovechar que estaba aquí en la presentación de carteles de San Isidro y quería dirigirme al señor Simón Casas:

Hace un mes usted me otorgó este premio a la mejor estocada de la Feria de San isidro. Como yo me críe en esta plaza y en la Escuela de Madrid, nos enseñaron que un premio de la primera feria del mundo era lo más grande que había. Y por respetos a mis principios y a la plaza de toros de Las Ventas, se lo quiero devolver. No concuerda que a un premiado le llame usted y le diga primero, que no tiene hueco. Luego, que uno de sus hombres le diga que sólo queda un hueco para él en dos ganaderías o posteriormente, en cuatro. Pero, no me dirijo a usted por ello, puesto que entiendo que en la vida, las personas se pueden poner o no, de acuerdo. Me dirijo a usted porque en la segunda llamada que hubo hirió mi sensibilidad. En su afán por convencerme de matar una de esas cuatro ganaderías, mencionó usted dos atributos: inteligencia – y perdón por la palabra, pero así me fue dicha- cojones.

Respecto a la inteligencia, no sé si es muy inteligente devolver un premio en la primera plaza del mundo, pero… bueno, yo admiro a las personas rebeldes, aquellas que en la búsqueda de su libertad no temen nada, como usted que, en dicha búsqueda, saltó de espontaneo a la plaza de toros de Nimes a un toro de Antonio Ordoñez y lo que son las cosas, acabaría siendo empresario de dicha plaza.

Pero respecto a los cojones -con perdón otra vez- sí se sé, al igual que el público de Madrid, que me sobran. Me sobran para matar esas cuatro corridas y de hecho lo haré, una tras otra, cuando sea figura del toreo, no cuando me sean impuestas y no las merezca y menos aún, cuando me tengo que abrir camino. Me sobran para, hasta la fecha, ser el novillero de esta década que más orejas ha cortado en esta plaza. Cojones me sobran para matar un toro, aquí, sin muleta, para reivindicar la alternativa que buscaba. Alternativa que por cierto, se me ofreció con menos de veinticuatro horas de antelación y que tuve eso para aceptar, y de no ser por la espada podría haber salido a hombros. Cojones tuve al matar un toro aquí, con el muslo abierto y nuestro querido don máximo García Padros dijo que no encontraba una explicación médica de cómo lo había hecho. Tuve cojones al dormir durante siete meses en un hospital, enterrar a mi padre y veinte días después, dar una vuelta al ruedo y llevarme todos los premios a esta mejor estocada, y sobre todo, tengo cojones a defender mi verdad, porque prefiero morir luchando por la libertad de mis manoletinas, que ser preso todos los días de mi vida. Y no olvide que la rebeldía, a ojos de todo aquel que haya leído algo de historia, es la virtud original del hombre. Muchas gracias”.

Este es el planeta de los toros, concluyo sin amargura. Al contrario, el que hayan dejado fuera de la feria a un matador que merecía estar ahí por méritos propios y la manera como lo ha enfrentado, me da el gusto de toparme de lleno con la grandeza del toreo. Porque esa grandeza lleva implícita la dignidad. No sé si Gonzalo Caballero vuelva a actuar en las plazas que gestiona Simón Casas, pero de lo que sí estoy seguro es de que el chico puede ir a donde quiera llevando la frente muy en alto y mirando a los ojos a los otros, y ustedes perdonen, soy de los que piensa que poniendo por delante nuestra dignidad es como debemos resolver la vida.

Puedo imaginar la cantidad de cosas que las personas “sensatas” –capten ustedes el doble filo al poner la palabra entre comillas- le preguntarán a este muchacho, que si valió la pena, que si está consciente del precio que tendrá que pagar por ello, que si no tiene miedo de no volver a torear.

Soy profesor y convivo con jóvenes todos los días. También, conozco bien el suplicio que tienen que vivir los que en la fiesta de toros no van cobijados. Por eso, simpatizo con Gonzalo Caballero y su noble e ingenuo desquite, de todos modos, no está anunciado en el San Isidro 2018 a pesar de sus méritos. Además, como él, yo también admiro a los rebeldes y sí, sin la menor duda, cojones le sobran a éste muchacho, en el ruedo y en la vida.

Cosas de antes…(Opinión)

José Antonio Luna Alarcón /Tauropasión

Domingo 04 de marzo 2018.- Es que -¡en serio!-, debemos aceptar que en lo del toreo, el protagonista principal debe ser el toro. En la ciudad de Apizaco, estado de Tlaxcala, hubo un evento llamado El campo en la plaza. Sobre la arena de la monumental se realizaron faenas camperas, para que la gente que no tiene oportunidad de ir a una ganadería, pudiera conocerlas y disfrutarlas. La vacada anfitriona fue la de Piedras Negras.

Se herraron dos becerros con la intervención de vaqueros y torerillos. Don Marco Antonio González Villa, ganadero, quemó los cueros con el hierro de la casa y los  números. También, a cada uno de los añojos, se les hizo un corte en la badana, con el fin de que les cuelgue la emblemática campanilla, que es la seña que lleva el ganado de la mítica divisa rojinegra. Fañar es el verbo que se emplea para nombrar el corte que, por lo general, en las orejas algunas ganaderías hacen en sus animales. Después, tres hembras fueron tentadas por los matadores Miguel Villanueva, Raúl Ponce de León y Rafael Gil Rafaelillo, o sea, una tercia de toreros con solera de vino añejo y de buena cepa.

Ustedes me dirán que no es lo mismo y tienen razón. No, no es lo mismo mover a los animales desde un potrero a la placita de tientas, al galope y con arreo, que embarcarlos en cajones y llevarlos en camión hasta la ciudad por más cerca que ésta se encuentre del rancho. El estrés al que son sometidos puede que haga variar su comportamiento. También influirá,  que el trabajo convertido en espectáculo se realice de noche y con tanta gente en los tendidos, aunque los espectadores se portaron con corrección, siempre hay ruido y demasiados impertinentes que no saben permanecer un rato sin moverse. Además, los bovinos no son animales nocturnos.

El discurso de la noche cambió con los dos últimos actos del evento, la lidia y muerte a estoque de un novillo y de un toro, el primero por el novillero Gerardo Sánchez y el segundo, por el matador Jerónimo. Fue, tal cual, una corrida mixta con la torería vestida de luces, clarines y presidencia de la autoridad.

El novillo, un cárdeno claro, casi ensabanado, bien puesto de pitacos, precioso de hechuras, fue un ejemplar con todas las credenciales. Verlo correr acometiendo a los burladeros era, ya en sí, un espectáculo. Al capote acudió alegre y por su movilidad y bravura, en el último par de banderillas puso en un predicamento a un banderillero que se salvó de un cornadón al haber sido alcanzado junto a las tablas.

En los primeros muletazos, el cárdeno acomodó bien la cabeza. Luego, por la falta de experiencia del coleta, que no lo templó y lo dejaba enganchar el trapo, se fue descomponiendo. Sin embargo, la lidia tuvo el alto precio de ver a un joven aprendiz que se estaba imponiendo a su propia debilidad para salir airoso -me refiero en el aspecto profesional-  del trance. No lo consiguió. Se resbaló en la cara del piedrenegrino y como los ejemplares de este encaste no tienen un pelo de pazguatos, hizo por él y le pegó una paliza. Lo tuvo que matar Jerónimo, pero el buen novillo ya había desarrollado sentido y el diestro pasó las penas del infierno para despacharlo, apuntando siempre a lo alto.

En cambio, el toro, un salinero, acucharado, con trapío, que remataba muy abajo en los burladeros y que en los capotazos metía la cabeza haciendo el “avioncito”, manseó después de dos lances, cosa que no debe extrañarnos en una ganadería encastada. Junto con sus dificultades traía el interés de ver las soluciones que con oficio, planteó el torero.

Salimos de la plaza sin haber visto la faena soñada, pero el que escribe no se sentía desencantado, tal vez, un poco nostálgico, era que la verdadera casta brava, con sus dificultades y la emoción que lleva implícita, habían campeado en el ruedo. Es que los de Piedras Negras son como deben ser los toros: soberbios, hermosos, emotivos y peligrosos. Así fueron y creo que antes, de eso trataba lo del toreo.