José Antonio Luna (Colaboración)
Domingo 14 de Agosto de 2016.- Es difícil escribir de toros en un país en donde no se dan corridas de toros, sino de becerros, erales y en las fechas postineras, de utreros. Aunque, ¡claro!, si uno consulta los portales taurinos, en especial los lunes, observará a una gran parte de la nómina de matadores nacionales cabalgando sobre los hombros de tontos -voluntarios o contratados exprofeso- para llevarlos hasta la salida de la plaza, mientras los diestros, muy ufanos y en plan Paco Camino saliendo por la puerta grande de Las Ventas, van saludando al respetable –este último vocablo es un mero formulismo, porque al público mexicano no lo respeta ni su madre- que los ovaciona y celebra el número de trofeos peludos que aumentan su júbilo por el corridón de toros dosañeros –no sé si captan el sarcasmo- que han visto, y a la vez que aplauden a la figura, preguntan a sus acompañantes el clásico “de aquí a dónde”, a festejar la gloria de faenas que han tenido la suerte de testificar. Somos poquita cosa, nos gusta auto engañarnos y así seguiremos por los siglos de los siglos.
Ustedes perdonarán lo agrio, pero es que esta es la temporada bienal, en la que reflexiono acerca de este pueblo perdedor y descastado del que formamos parte como víctimas y verdugos a la vez. Es que cada Olimpiada y Campeonato del Mundo de futbol, durante tres semanas me martirizo reconsiderando las mediocres condiciones de nuestra nación. Digan ustedes si no es para llorar, si sumamos las medallas de oro ganadas por los atletas mexicanos de toda la historia del olimpismo, no alcanzamos la cifra obtenida por Michael Phelps, el sólito con dos cojones y cara de hombre.
Es que la delegación mexicana va a los juegos olímpicos a romper marcas como las que siguen: Primer competidor en toda la historia que participa en ese deporte, desde luego, pierde el único partido en el que actúa. Nadadora que rompe el record de menor permanencia dentro del agua, estuvo veinticinco segundos y esa fue toda su comparecencia. Ridículo más sublime, levantador de pesas al que el Comité Olímpico Mexicano no le proporcionó uniforme y tuvo que pegar parches tapando las marcas de su camiseta, muñequeras y zapatillas. Clavadistas a los que, para su mala fortuna, un imbécil dispara su cámara en el momento más inoportuno, el flash los ciega a los dos y ya no pueden acuatizar como debían.
Record olímpico de número de visitas al escusado por el boxeador que tiene posibilidades de medalla y se enferma de gastroenteritis el día que le corresponde competir, cosa comprensible, si uno piensa que la de los golpes es una justa para cagarse. Mención especial a la capacidad de adaptación del golfista que está en Río con sus propios recursos económicos, además, no le llegan sus palos y tiene que jugar con unos prestados. Medalla de desdoro a futbolistas que son la esperanza de cien millones de ingenuos y contra todo, mantienen la tradición de ser eliminados en la primera ronda.
En tanto, una gran parte de mexicanos, insolidarios de campeonato y con toda la frustración a cuestas, fungen como verdugos y se burlan de la gimnasta Alexa Moreno que hizo un papel muy decoroso e insultan a los arqueros que lograron una posición digna. Es que ganaríamos la medalla de oro si existiera la prueba “operación cangrejo”, consistente en bajar a los compatriotas que van trepando por las paredes de la cubeta. Aumentemos a todo lo anterior que la Conade es una dependencia totalmente ineficaz.
El tema de esta columna es la tauromaquia. A eso voy. Así como los atletas olímpicos mexicanos rayan en lo patético, así, nuestra fiesta de toros es ridícula, porque, para empezar y como ya lo dije, se llama de toros y son lo que menos se ve. La nuestra es una parodia de lo que es una verdadera corrida de toros.
A dónde se puede llegar si, salvo el caso excepcional en todos los aspectos de Cinco Villas, los festejos sin caballos no existen en nuestro país. A su vez, casi nunca se anuncia una novillada y cuando se da, lo que los protagonistas realmente lidian son erales.
Luego, gracias a la corrupción, los ayuntamientos permiten que las empresas taurinas le vean la cara a los aficionados. Por ello, las corridas de feria se dan con novillos engordados mediante anabólicos que son anunciados como imponentes encierros de toros. Por supuesto, llegado el día en que sale un verdadero barbas, a los matadores y a sus cuadrillas, asediados por su propia mediocridad, les pasa lo mismo que a los atletas olímpicos, empequeñecen y grotescos parecen perdidos en su elemento, totalmente fuera de cacho.