Redacción / Tauropasion
Foto: M. Vázquez / El País
Viernes 14 de septiembre 2018.- Abatido y cabizbajo, y en medio de una emotiva ovación, Paco Ureña se marchó a la enfermería, tras acabar con el cuarto toro de la tarde. En el rostro, una huella de guerra. Su ojo izquierdo, amoratado e inflamado, completamente cerrado. Un terrible puñetazo en forma de pitonazo que le propinó ese ejemplar de Alcurrucén cuando lo recibía con el capote.
Se estiraba ya a la verónica el de Lorca cuando el astado, largo, alto y con 622 kilos de peso, se le metió por dentro y echó la cara arriba en un derrote seco que estremeció a la plaza. No tuvo Ureña más remedio que aguantar el siguiente capotazo, pero en cuanto el animal le dio un pequeño respiro, tiró el engaño y saltó al callejón, roto de dolor.
Fueron momentos de desconcierto. Mientras el presidente aguardaba a cambiar el tercio, su cuadrilla se hizo cargo del toro y un círculo de profesionales y curiosos se arremolinó alrededor del torero. Allí, cobijado y cubriéndose parte de la cara con una toalla, permaneció Ureña durante los primeros tercios, hasta que, armado con su muleta, volvió al ruedo.