Lo vuelve a hacer…

Alberto Ortega corta la única oreja de la novillada “Soñadores de Gloria” en la “Ranchero” Aguilar
TP/(Emiliano Melgar) Foto (Sergio Espinoza)
Sábado 10 de Noviembre 2018 / Tlaxcala, Tlax. -Este viernes en la novillada, que sería el tercer festejo de Tlaxcala Feria 2018 y parte del certamen “Soñadores de Gloria”, el joven torero apizaquense José Alberto Ortega se hizo merecedor de la única oreja del evento nocturno llevado a cabo en la Plaza de Toros Jorge Aguilar “El Ranchero”.
Que lució ocupada a un tercio de su capacidad, principalmente por familiares y seguidores de las jóvenes promesas del torero Sebastian Palomo (Huamantla), José María Hermosillo y Roberto Román (Aguascalientes) y José Alberto Ortega (Apizaco), quienes salieron al ruedo para ganar premios y demostrar sus habilidades.
Frente a novillos de las casa ganaderas, “Acuarelo” 411 kg. de Xalmonto, “Sin Queso” 410 kg. De Haro, “Renacuajo” 440 kg. de Zacatepec y “Berrinche” 430 kg. de Santo Tomas, que tuvieron buena presencia, pero juego desigual, destacando por su nobleza, clase y embestida el de Antonio De Haro que mereció un arrastre lento; por su calidad que incluso fue desperdiciada Hermosillo, el aspirante a matador.
No así, Alberto Ortega quién en su segunda novillada con picadores, decidido a dar el “todo por el todo” se plantó en el redondel, demostrando madurez y capacidad para escuchar a los miembros de su estirpe; pero también para echar mano de los recursos adquiridos y conectando con los asistentes, para llevarse el único premio del festejo.
FICHA TÉCNICA:
Sebastián Palomo salida al tercio; José María Hermosillo silencio tras dos avisos; Roberto Román silencio tras dos avisos; José Alberto Ortega una Oreja con desacuerdo de un pequeño sector.

El trigo y la cizaña…(opinión)

TP/José Antonio Luna Alarcón

Viernes 9 de noviembre del año 2018.-Mea culpa, pero cuánto mal he hecho. ¡Qué infamia la mía! ¿Cómo he podido imaginar siquiera que este pobre hombre tuvo algo que ver con el cambio de los toros? No me abandona la sombra de saber que pertenezco a esa categoría de escritores ruines, que Enrique Ponce considera amos de la cizaña y además, injusta y falsa.

¡Qué ni los había visto!, afirmó categórico en una entrevista para televisión al término de la corrida, refiriéndose a los toros de Jaral de Peñas. Le creo. Por supuesto, él no los había visto, pero sus veedores sí. Que injusticia la mía, tal vez, a los “jarales” les faltaba trapío y nada como suplirlos con esos tremendos cornalones y fieros bernalditos. El juez de la plaza Nuevo Retroceso cambiando el encierro; Enrique Ponce y su administración aceptando sin reservas, todos juntos velando por los intereses del público de Guadalajara, nobles y leales acciones, y yo, junto con otros de la prensa, rezumando ignominia y maldad, tirándole a la yugular.

Las dudas asaltan al diestro valenciano, ¿qué hay en contra de los toros mexicanos? se pregunta condolido. ¡Dios mío, Dios mío, ayúdanos por piedad! ¿qué hay en contra de los toros mexicanos?. Si, según Enrique Ponce, nuestros bovinos de lidia son tan buenos para expresar el arte y tienen una cabecita, que más que torearlos dan ganas de comérselos a besos. ¿Por qué mí cizañoso cerebro no acepta esas indulgencias de la nobleza?  ¿Por qué mi desconfianza no me permite aceptar la bondad de bernalditos, teofilitos, macarroncitos, delgaditos y ferdinandos?, si ellos guardan en sus embestidas la estética más preciada.

También exclamó indignado el matador de Chiva: ¡Me da rabia que la gente lo crea!. La rabia, refiriéndose al enojo extremo, es un sentimiento horrible. Se los puedo decir yo, porque lo he sentido. La rabia me ha arrebatado zarandeándome implacable: Toreros españoles en el cartel, la ilusión de aficionado a tope, y cuando se abre la puerta de toriles, a la arena salta una sardinita insignificante o un embutido  bobo  e insulso. Entonces, la rabia entra en ebullición, uno aprieta el maxilar casi a punto de romper los empastes, colon irritable en crisis, la irritación de la tripa aumenta conforme el maestro ejecuta como si estuviera soñando y se mueve como si a su muleta acometiera un Miura de seiscientos kilos. En el clímax de la rabia, la boca espumea entre gritos de protesta al adoptar el coleta posturas de tal armonía, que se cree merecedor del premio Benois de la danza.

Asusta el cinismo, la falta de decoro y la frescura del matador para juzgarnos espectadores de cuarta, a ver si lo que hace en la Plaza México se atrevería a hacerlo en Madrid. Nada más recuerden lo del toro castaño de Julio Delgado que saltó al ruedo sin siquiera estar reseñado. Esa tarde nos la dio con harto queso.

Aunque nos ha faltado el respeto el señor Ponce, por mi parte, lo podría pasar por alto si un día tuviera el ánimo de conciliar. Él, que es todo poderoso, tanto como para cambiar encierros -¡ups!, ¡se me salió!, créanme lo escribí sin mala intención- que pida que se organice una corrida en la Plaza México y que lo anuncien –fuera los cuentos del contraestilo- con cinqueños en puntas de Piedras Negras. Vería que no tenemos nada en contra del toro mexicano, al contrario, por primera vez comprobaría como lo veneramos.

El que alguien ser quiera pasar de listo incomoda mucho más por la falta de respeto, que por la engañifa en sí. Más allá de indignarme porque en su generalización me ha llamado sembrador de cizaña, injusto y mentiroso, las declaraciones de Enrique Ponce me han ofendido, porque con sus pretendidas aclaraciones, tengo la certeza de que el torero valenciano me considera estúpido.