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Decepcionante, irritante…( opinión)

TP/ José Antonio Luna Alarcón

Viernes 14 diciembre 2018.-Quería que una faena de Morante me pusiera en éxtasis y escribir con serenidad, conmovido, sentimental y romántico, recreándome en el lirismo, como me pone, por ejemplo, el rock pop de los sesentas y los versos de Oliverio Girondo, porque el toreo en todos sus estilos es algo muy romántico. Pero no. En lugar de melancolía e inspiración, lo que dio color a este texto fue lo amargo, la bota en vez de vino llevaba bilis. ¡Qué rabia mirar  cómo están despedazando, haciendo trocitos, a la fiesta de toros!. En la corrida guadalupana, los amos del mundo se ensañaron contra el toreo como nunca, más que nunca. Para que la tauromaquia le vea las patas a las mulitas no hacen falta demagogos del antitaurinismo, con la gente del toro basta.

Sin embargo, escribir es terapéutico, así que me alivié tirándome abajo: Morante, regalando dos migajitas. Morante decepcionante, farsante, tunante. Morante de mal talante, petulante, asonante, cagante. Morante ni un atisbo de buena voluntad. Morante martirizante, preocupante, irritante. Morante, de aburrición y solivianto, chocante, disgregante, inconstante.

Anunciaron ocho toros y sólo salieron dos: el de Xajay, al que el de la Puebla del Río no quiso ni ver y el de Barralva con el que Adame se afanó sin sacar nada en claro. Luego, uno a uno, al ruedo saltó una colección de moruchos con caritas de muchachas sonrojadas: Santa Bárbara, dos de Los Encinos, Villa Carmela, Teófilo Gómez, Campo Hermoso y Jaral de Peñas. Pobres de cabeza, escurridos de lámina, de armamento y de vergüenza. Cada vez que el chulo descorría el cerrojo de la puerta de toriles crecía el desencanto.

La tarde empezó deslumbrante, capotes de paseo primorosos, silueta de la Virgen de Guadalupe dibujada en la arena, Ave María de Schubert por el megáfono. Solemnidad en la plaza, toreros destocados salvo Sergio Flores que no se enteró de la religiosidad del momento. Acto seguido, que los llaman a saludar en el tercio, no me explico la razón si no habían hecho nada. Al punto, el desastre y en medio de la crisis, el milagro Guadalupano. La gente no se callaba, cojines a la arena y el teofilito, ¡aleluya!,  fue devuelto a los corrales. En la puerta de chiqueros el cárdeno se negaba a marcharse. Era conmovedor verlo besar los capotes que los peones le ofrecían como quien besa un escapulario. Se negaba a pasar por el túnel de la ignominia y del olvido. Otro en su lugar, igual, se hubiera resistido a entrar, pero repartiendo hachazos. El pequeño corniausente se pasó media hora besuqueando tela sin pensar en irse. Ni esperanza de que apareciera  la salvadora parada de cabestros, porque en la México no se necesitan, nunca se regresan toros, salvo las muy contadas ocasiones en que el público, no se sabe a santo de qué, se amarra los machos y no permite que le vean la cara, aunque eso sólo lo hace una vez en muchos años. El miércoles devolvieron al de Teófilo Gómez, lo sustituyó otro muy parecido de Los Encinos. Aceptación general, nadie dijo nada.

¿Se imaginan a Florito y sus bueyes en la México? Daría un espectáculo mucho mayor que el que brindan varios matadores. Pero eso jamás lo verán, porque la gente que ocupa los tendidos aprendería que si el cornúpeta que corretea por la arena no tiene estampa de toro, se vale exigir otro y otro.

La corrida fue frustrante, decepcionante, insignificante, hasta que apareció el noveno, un animal flacucho, chincolo y también, -capten el veneno para no meterme en camisa de once varas- traga años. Por lo tanto, las gaoneras de Roca Rey fueron ajustadísimas, pero el toro parecía novillo. Los cambiados por la espalda de rodillas vibraron espeluznantes, pero, el toro parecía novillo. Los derechazos, los naturales y los de pecho los ejecutó como un virtuoso del piano interpretando a Mozart, pero el toro parecía novillo. El espadazo fue de libro, en lo alto, drástico, fulminante, pero –más letanía- el toro parecía novillo.

Dicen que Adame y Flores cumplieron. No es cierto. Nadie cumple cuando se anuncia una corrida de toros y lo que escogen –porque seguro cada quien escogió sus merengues- son novillos. En fin, salimos del tendido repitiendo que Roca Rey había salvado la tarde, pero la cosa tampoco es cierta. Toreó bien, estuvo valiente y muy técnico, pero a la liturgia le faltó la trascendencia, el poso, que deja el verdadero toro.

 

Consignas y pancartas… (opinión)

 

TP/ José Antonio Luna Alarcón

Viernes 30 de noviembre del año 2018.-Esto del toreo se debe defender a capa y espada –nunca mejor aplicado el tópico- frente a toros de verdad. Para que nadie pueda cuestionarnos nuestra afición, todos los que amamos la tauromaquia debemos defender la verdad en la lidia y la lealtad en el trato a ese viejo amigo que se llama toro.

Los políticos tontos argumentan cosas como que a los toros para lidiarlos se les unta vaselina en los ojos, se les clavan tachuelas en las pezuñas y se purgan, entro otras muchas aseveraciones falsas. Había que explicarles que un toro que no ve bien es la cosa más peligrosa del mundo. A grandes maestros de la tauromaquia los han matado toros burriciegos, es decir, que no veían bien. Al caso, la muerte del más grande torero de la historia, a Joselito El Gallo, al que se llevó por delante un toro que no veía bien, llamado “Bailaor” de la casa de la Viuda de Ortega. El toro se arrancó de largo, al no ver bien, inesperadamente cambió de dirección encontrándose al matador y lo prendió por el vientre.

Las tachuelas en las pezuñas no hacen la menor mella en las patas de los toros, porque no alcanzan ningún punto sensible, y a ver, quién es el guapo que le pone un clavo a un bravo para lastimarlo. Además, un bovino de lidia enfermo o disminuido no dará al diestro ninguna oportunidad de triunfo real.

No, las trampas no van por ahí. Las trampas van por otro lado. Por ejemplo, lidiar novillos engordados anunciados como toros adultos y con las puntas de los pitones mutiladas. La emoción del toreo estriba en el juego de crear belleza en los linderos de la muerte. Nadie que haya visto una verdadera corrida de toros, sea adepto o no, puede negar que la faena es un espectáculo conmovedor y luminoso.

Sin embargo, hay corridas que se cimientan en la duda y de eso a no volver a la plaza, hay una línea muy tenue. La del domingo pasado en la Plaza México deja mucho que desear y resta convocatoria. No soy afecto al rejoneo, porque creo que no se vale matar toros mermados de su armamento. Pero, entonces, ¡pobres caballos!. Si los toros de don José María Arturo Huerta no hubieran estado tan tremendamente mutilados de sus pitones, hubieran despanzurrado a más de tres de los finísimos jacos de Andy Cartagena. ¡Así, no se puede, oigan!. Muy bonitas las cabriolas y las levantadas y el paso español. Luego, mucho circo, pero toreo, lo que se llama toreo, no hubo y sí alcances sin resultado que de algún modo, seguramente menoscaban la voluntad de acometer de los toros. Rejones de muerte, banderillas, banderillas cortas, pinchazos y estocada, o sea, al final, los pobres toros desarmados pesaban media tonelada más por todo el acero que llevaban enterrado en sus carnes. Con las cosas de este modo –si gustan, recuérdenme a mis muertos- me pongo del lado de los animalistas.

Arturo Macías sigue confiado en que el toreo sin desfondarse lo sacará adelante. Por ejemplo, su primer toro fue bueno, sobre todo, por el lado de venderse caro, lo que sirvió para dejar en evidencia al matador de Aguascalientes, que no se enteró del magnífico cornúpeta que tenía para bordar el toreo con la izquierda. El domingo, Macías inauguro en Insurgentes la oficina del pase trivial y del desplante fuera de cacho. Además está lo de los desarmes.

Por su parte, Leo Valadez aprobó de panzaso –perdonen, soy profesor y estamos en exámenes finales- a su primero no le vio el lado izquierdo y a su segundo le pegó algunos buenos derechazos.

Que me perdonen toreros, ganaderos, empresarios, aficionados y entusiastas, pero ni todas las marchas del mundo van a servir para defender lo indefendible. Así, que no se vistan de corto para ensayar el toreo de salón en plena calle, frente al monumento de la Revolución, ni griten consignas, ni escriban leyendas en las pancartas. Mejor, pónganse a ejercer su profesión con lealtad y verán cómo vuelven a llenar las plazas. Por nuestra parte, los verdaderos aficionados estamos obligados a aplaudir los toros de verdad y a chillarle a las falsedades. Entonces, sí, si quieren hasta con pancartas.

 

El toreo sideral…(opinión)

 

TP/José Antonio Luna Alarcón

Viernes 23 de noviembre 2018.-No hay nada más bello que el toreo. El ruedo no será jamás un corral redondo, sino el escenario más glamoroso del mundo. Sobre la arena de una plaza de toros se crean los conjuntos de belleza más exquisita y emocionante que el ser humano puede realizar. En el sustento anacrónico y fugaz que es la lidia, los pocos héroes casi mitológicos que perviven, se visten de oro y exponen su vida al oficiar el último rito sangriento que le queda a Occidente. Pero hay ocasiones -tres o cuatro en la vida, no más- en los que el toreo nos brinda una belleza tan pura, honda y diamantina, que la emoción sentida se instala en las profundidades del corazón, entonces, mezclados con la dicha que genera la tremenda belleza, vienen una profunda melancolía y un agotamiento, porque, ante el peso de la exaltación que nos deja el tesoro que llevamos en la memoria, nos hemos quedado desfondados.

Al iniciar la faena de muleta al quinto de Rancho Seco, un espectador se metió con el diestro exigiendo el arte por el que había pagado. A la sazón, Antonio Ferrera le pidió con movimientos de mano que tuviera calma. El matador extremeño estaba reposado y sereno bordando muletazos de gran belleza, pero de uno en uno. Sabiendo que el toro iría cada vez a más, de pronto, el diestro dejó el ayudado en la arena y dio principio la obra descomunal. Los pases empezaron a enhilarse y el tópico taurino se hizo presente: todos los relojes se detuvieron al mismo instante y por un rato, pudimos vislumbrar la eternidad. Un gajo de luna suspendida en la negra comba celeste, era testigo plateando los tejados.

Levitaba Ferrera, embestía el toro con una voluntad mágica, la conjunción crecía con la belleza de una ola tras otra y por ello, de igual forma, levitábamos nosotros. Las series eran cortas en número, tres naturales o tres derechazos al natural –la falsa espada estaba en el suelo- y el remate con el de pecho empujaba las estrellas más arriba. Cada muletazo tenía una dimensión cósmica. Saturno, circunvalado por sus anillos y sus lunas, se nos hacía tatuaje en el alma.

Por si faltara, a nosotros que comentábamos los acontecimientos para la televisión y al camarógrafo que los filmaba, la vida empezó a besarnos en la boca: Ferrera llevó al toro frente al burladero de transmisiones y lo mejor de la faena se dio a unos pocos pasos de distancia. El torero acompañaba a embestida cimbrando la cintura, doblando la muñeca en caricias de terciopelo. La barrera marcaba los límites entre el territorio divino del semidios envuelto de fiera mítica y los terrenos ordinarios de los hombres. Era tan sublime el embeleso, que la banda de música, conmovida ante la belleza de la faena, se sumaba al silencio sideral que sólo era resquebrajado por los oles larguísimos, del tamaño de los pases que empezaban al frente y terminaban abajo, a la espalda del artista. La Giralda tlaxcalteca, muda y majestuosa, testificaba desde la altura lo que es capaz de hacer un hombre cuando, en trance, se emborracha de su propio arte. Antonio Ferrera levantaba la vista y la dirigía hacia donde estábamos los de la tele. En un instante comprendí que no nos veía, porque se encontraba muy lejos de ahí, se había extraviado en el universo de su interioridad torera, tanto, que al perderle la cara al toro, este se arrancó sin que el coleta reaccionara y lo echó al cielo. Volaba el cuerpo menudo del torero vestido de rosa y oro de un cuerno de la luna al otro.

Se levantó maltrecho y volvió a la obra. Mientras las lechuzas atravesaban la noche, el espada extremeño estaba inventando el toreo. La faena cumbre esperada por años y años estaba siendo construida. Nos llevaba hacia atrás en la historia, hasta la tarde en que treinta años antes Antonio Chenel Antoñete, en el mismo escenario, bordó el toreo cósmico.

Todos estábamos agotados. ¿Qué metáfora se usa para cerrar un texto que habla de algo tan hermoso? ¿La conjunción de Marte con Venus y Saturno? ¿Un chubasco de estrellas? ¿Una aurora boreal? ¿La estela de un cometa que raya la oscuridad? Nada se compara. En el Universo, el toreo es el culmen de todas las bellezas.

 

“Como siempre y como nunca”… (opinión)

TP/José Antonio Luna Alarcón

Viernes 16 de noviembre del año 2018.-Se desprendió de la tronera, ¡aquí, con el permiso de ustedes –o sin él- voy a jugarme la vida! Más que nunca, esa tarde no andaba para cuentos. Sin ninguna reserva de maestro consumado, Uriel Moreno El Zapata mostró la enjundia de un novillero que busca abrirse camino. Desde que pisó la arena, lo hizo con la seguridad de quien se sabe dueño del espacio y echó a andar tras el caballo con la mirada hacia la copa de los fresnos, que asoman encima de las tejas de la plaza.

La corrida de Mimiahuapan estuvo bien presentada. Sobre todo, se veía que traía los años reglamentarios. Los seis tuvieron movilidad y fincaban su valía más en la bravura que en la nobleza, como debe ser. Son tardes en la que uno celebra su afición y renueva votos. Este respeto es el que se debe guardar a los aficionados. Con matadores de alternativa, la fórmula de la plenitud taurina en todos los sentidos, es muy simple: ¡Toros!. Lo demás es pantomima.

En el lance de recibo a su primero, El Zapata se entregó tanto que el merengue le puso los pitacos en los alamares de la espalda. Entrega fue su manifiesto y la proclama de su estandarte. De ahí en adelante, como siempre, no salió del frente de batalla y se batió con mucha decisión, soltura y donaire. En banderillas, florituras; con la tela toreó apegado al clasicismo. En su quehacer mostró su largo repertorio y derrochó sus creaciones en los tres tercios.

Ya lo dije, eran toros con edad, eso se les veía por todas partes, en la cornamenta, los morrillos, el pelo astracanado, en lo descolgado de los badajos. Además, de estampa quinientos kilos, lo menos, en la báscula. No fue una tarde apoteósica, pero sí muy emotiva y encantadora. Todo lo que pasó en el ruedo fue trascendente. De hecho, la banda de música intervino poco, porque Juan José Padilla, El Zapata y Gerardo Rivera, en honor a don José Bergamín, decidieron que ellos pondrían la música callada del toreo. A ninguno de los tres se le ocurrió la barata ordinariez de solicitar escándalo para tapar sus deficiencias, porque no las hubo. Cundió la torería y El Zapata, sin cortar orejas, se puso por delante.

Para el que esto escribe, el Uriel Moreno del sábado en Tlaxcala fue el mejor de toda su carrera. Maestro en su oficio, puso su inmenso corazón por delante y, como siempre, mostró su casta sobrada y el temple que ha tenido desde que era un aprendiz, mejorado con la solera del tiempo. A cada lance, a cada par de banderillas, a cada pase, abría un abismo entre lo que había sido y lo que es ahora. Con el mando que ejerció en cada faena, la hondura de sus suertes sin afectar las posturas, la maestría consumada, nos señaló que en el hoy por hoy, está a otro nivel, en otro capítulo de su biografía torera.

Nada importó que cuando entró a matar -se tiró por derecho y arriba- no acertara las estocadas. Las orejas sirven para la estadística, pero no para el sentimiento y la memoria. El público distraído no lo llamó a dar una vuelta al ruedo ni siquiera a saludar en el tercio. Sin embargo, el torero tlaxcalteca en la competencia contra sí mismo, la más difícil de todas, se había vencido. Al final, el diestro del amplio repertorio y la piel cosida a cornadas se marchó de la arena por su propio pie, con la solemnidad que acompaña a los grandes toreros, no era para menos, habían sido dos  de las faenas más trascendentes en su larga, disciplinada y azarosa carrera profesional. Llevaba la impronta que da la vida a los que son maestros a carta cabal.

 

El trigo y la cizaña…(opinión)

TP/José Antonio Luna Alarcón

Viernes 9 de noviembre del año 2018.-Mea culpa, pero cuánto mal he hecho. ¡Qué infamia la mía! ¿Cómo he podido imaginar siquiera que este pobre hombre tuvo algo que ver con el cambio de los toros? No me abandona la sombra de saber que pertenezco a esa categoría de escritores ruines, que Enrique Ponce considera amos de la cizaña y además, injusta y falsa.

¡Qué ni los había visto!, afirmó categórico en una entrevista para televisión al término de la corrida, refiriéndose a los toros de Jaral de Peñas. Le creo. Por supuesto, él no los había visto, pero sus veedores sí. Que injusticia la mía, tal vez, a los “jarales” les faltaba trapío y nada como suplirlos con esos tremendos cornalones y fieros bernalditos. El juez de la plaza Nuevo Retroceso cambiando el encierro; Enrique Ponce y su administración aceptando sin reservas, todos juntos velando por los intereses del público de Guadalajara, nobles y leales acciones, y yo, junto con otros de la prensa, rezumando ignominia y maldad, tirándole a la yugular.

Las dudas asaltan al diestro valenciano, ¿qué hay en contra de los toros mexicanos? se pregunta condolido. ¡Dios mío, Dios mío, ayúdanos por piedad! ¿qué hay en contra de los toros mexicanos?. Si, según Enrique Ponce, nuestros bovinos de lidia son tan buenos para expresar el arte y tienen una cabecita, que más que torearlos dan ganas de comérselos a besos. ¿Por qué mí cizañoso cerebro no acepta esas indulgencias de la nobleza?  ¿Por qué mi desconfianza no me permite aceptar la bondad de bernalditos, teofilitos, macarroncitos, delgaditos y ferdinandos?, si ellos guardan en sus embestidas la estética más preciada.

También exclamó indignado el matador de Chiva: ¡Me da rabia que la gente lo crea!. La rabia, refiriéndose al enojo extremo, es un sentimiento horrible. Se los puedo decir yo, porque lo he sentido. La rabia me ha arrebatado zarandeándome implacable: Toreros españoles en el cartel, la ilusión de aficionado a tope, y cuando se abre la puerta de toriles, a la arena salta una sardinita insignificante o un embutido  bobo  e insulso. Entonces, la rabia entra en ebullición, uno aprieta el maxilar casi a punto de romper los empastes, colon irritable en crisis, la irritación de la tripa aumenta conforme el maestro ejecuta como si estuviera soñando y se mueve como si a su muleta acometiera un Miura de seiscientos kilos. En el clímax de la rabia, la boca espumea entre gritos de protesta al adoptar el coleta posturas de tal armonía, que se cree merecedor del premio Benois de la danza.

Asusta el cinismo, la falta de decoro y la frescura del matador para juzgarnos espectadores de cuarta, a ver si lo que hace en la Plaza México se atrevería a hacerlo en Madrid. Nada más recuerden lo del toro castaño de Julio Delgado que saltó al ruedo sin siquiera estar reseñado. Esa tarde nos la dio con harto queso.

Aunque nos ha faltado el respeto el señor Ponce, por mi parte, lo podría pasar por alto si un día tuviera el ánimo de conciliar. Él, que es todo poderoso, tanto como para cambiar encierros -¡ups!, ¡se me salió!, créanme lo escribí sin mala intención- que pida que se organice una corrida en la Plaza México y que lo anuncien –fuera los cuentos del contraestilo- con cinqueños en puntas de Piedras Negras. Vería que no tenemos nada en contra del toro mexicano, al contrario, por primera vez comprobaría como lo veneramos.

El que alguien ser quiera pasar de listo incomoda mucho más por la falta de respeto, que por la engañifa en sí. Más allá de indignarme porque en su generalización me ha llamado sembrador de cizaña, injusto y mentiroso, las declaraciones de Enrique Ponce me han ofendido, porque con sus pretendidas aclaraciones, tengo la certeza de que el torero valenciano me considera estúpido.

 

Calaveras y calaveradas …(Opinión)

TP/José Antonio Luna Alarcón

Viernes 2 de noviembre 2018-.Las catrinas contemporáneas, aterradoras y guapas a la vez, tienen la sensualidad que da el esconder el verdadero rostro tras la pintura artística con la que se disfrazan. Las catrinas dan pie a los catrines y con ello, a la fotógrafa tlaxcalteca Daniela Bermúdez se le ocurrió crear una colección llamada “La muerte se viste de luces”, para enmarcar el aspecto taurino de la feria que hoy, día de los fieles difuntos, tenía su primera corrida. Las fotografías fueron tomadas en varios rincones de la plaza de toros Jorge Aguilar El Ranchero, decorados con elementos tradicionales.

Los toreros a los que invitó fueron maquillados y vestidos para el caso. Media cara simulando la muerte y la otra mitad sin pintura, más, capotes de paseo terciados sobre un hombro o en traje de charro, la campaña tiene esencia a Tlaxcala en los primeros días de noviembre.

Hemos vuelto a lo nuestro como hijos pródigos, si no llenos de arrepentimiento, por lo menos, sí valorando las cosas que tenemos en la tierra paterna. Patria viene de pater, la tierra de mi padre, el lugar en donde están enterrados los ancestros. Por eso, es un gusto que hayamos regresado a nuestra propia tradición. Me explico: que tomáramos a las catrinas como emblemas del Día de Muertos, y junto con ellas todo el colorido, los trajes típicos mexicanos, las flores de cempasúchil, y que nos hayamos dejado de brujas, duendes, esqueletos y otras mariconadas que nos invadieron por años con la potencia de un regimiento de marines de la U.S. Navy, es algo que nos reconcilia con la identidad nacional. Ya es tiempo de que valoremos lo que somos como mexicanos.

Claro que para descubrir lo nuestro nos echaron la mano los de Pixar y los de Walt Disney Productions. Seguidores irredentos como somos de lo yanqui, ellos fueron los que con la película Coco, nos enseñaron tradiciones que aquí han estado por más de un siglo. Gracias al director Lee Unkrich, “La calavera garbancera” –ese era el título original- del grabador, ilustrador y caricaturista José Guadalupe Posada, tiene ahora un auge inusitado. Lo del nombre de “La Catrina” vino después, cuando Diego Rivera así la bautizó al pintar la calavera y vestirla como  mujer elegante con falda larga y estola, en el famoso mural “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central” en plano central y precisamente, junto a Frida Kahlo, a Posada y a él mismo.

Para la primera de feria, la tarde se puso tétrica, se encapotó el cielo y una llovizna pertinaz lavó los ánimos de los matadores que hoy no alternaron y decidieron dejarla para el domingo. El horizonte del ruedo era gris como la tristeza.

Con esto de pintar calaveras en la faz de los diestros, se me ocurre que muchos toreros no necesitan maquillarse para aparecer como lo muy calaveras que son. Por ejemplo, Ponce ya está haciendo calaveradas en Guadalajara cambiando un encierro serio de Jaral de Peñas, por las fieras de azúcar de Bernaldo de Quiros. Este es sólo el principio.

Vienen los calavera del otro mundo, sí, del Primer Mundo, y asustan. Uno tras otro, en desbandada. Pasan la guadaña y nos dejan fríos. Tiemblo nada más de imaginarme la que nos espera. Es que a los toreros españoles hay que verlos allá, aquí son la muerte. Pero la culpa no la tiene ellos, sino nosotros. Ustedes han de perdonar, pero somos un público tonto que aplaude cualquier bobada dando alaridos de entusiasmo y así nos la pegan. Son pocos los que se dan cuenta del engaño, a esos los reconoces porque están pálidos de coraje, blanco el rostro como la mejor de las catrinas.

 

El rey y los millennials…(Opinión)

Tauropasión / José Antonio Luna

Lunes 29 de octubre 2018.- A reserva de que un malavibra escriba llamándome reportero de revista del corazón, correré el riesgo en esta actividad al elegir éste tema para el artículo semanal. Dudando si hablar del retiro de Talavante, la mira de los cañones la dirijo hacia la falta de tacto al anunciarlo por redes sociales, la frase en tercera persona y haberlo hecho el mismo día en que Juan José Padilla se despedía de la afición zaragozana. Puedo también, tirar derrotes sañudos a los líderes neoliberales de la tauromaquia que con sus millones y su inmoralidad se han apoderado de ella para matarla.

A saltos de portal en portal taurino y en ellos, de noticia en noticia, doy con la de que Andrés Roca Rey aparece en un reportaje de la revista Vanity Fair titulado “El torero Rey de los Millennials”. Aquí hay tela, me digo y por el lado amable. Lo primero que me salta a la vista es el ingenioso juego de palabras con el apellido del espada y el encabezado, se rompieron la cabeza con las toneladas de imaginación gastadas en titularlo.

Un torero se convierte en rockstar o en modelo famoso nada más aparece en una revista de modas o anunciando una loción o ropa. Soy profesor universitario y lo sé de primera mano, las estudiantes se vuelven locas y a veces, también, uno que otro estudiante. Así que, en clase, de vez en cuando, si el tema adelanta el trapo y da tantita luz para colarme, pongo el video de una faena y les hablo dos minutos de los valores humanistas, éticos, estéticos y ecológicos del toreo.

No me contengo, es que el hombre puede resistirlo todo, menos la tentación, además, mi asignatura se llama Persona e identidad mexicana, y por aquello del mestizaje y del sincretismo, me da pie para remitirme a lo que nuestros ancestros españoles trajeron en los galeones y desde luego, entre otras cosas, en ellos venía el toreo.

La tarde de los quites brindada por Joselito y Enrique Ponce los deja pensando cosas como que, entre lo que les cuentan de la tauromaquia y la realidad, media un océano. Las verónicas de Morante en Sevilla les hacen vislumbrar que en el ruedo más que una carnicería, se da un recital de estética. La obediencia de “Merlín”, el caballo de Pablo Hermoso, los lleva a reconocer que los seres humanos y los equinos hemos pactado una sentida alianza de lealtad. Sin embargo, no todos los alumnos se convencen y sólo algunas y algunos –todavía me quedan diez neuronas para no poner algunes-  sueltan un: Profe, cuando vaya a una corrida llévenos. Me la pienso para no desengañarlos, porque entre lo que han mirado en Madrid vía el video y lo que pueden ver por estos rumbos, median, no un océano, sino los siete mares. Pero, si vislumbro una posibilidad, desde luego que los llevo conmigo.

Por todo ello sé que cosas como el comercial de Cayetano promocionando la marca de perfumes Loewe, el de José María Manzanares anunciando la ropa de Dolce&Gabanna y otros, son contundentes en el arrastre juvenil. Lo de Roca Rey en Vanity Fair tendrá lo suyo y eso me da gusto. Los jóvenes tienen derecho a ver en persona uno de los espectáculos más bellos del mundo y juzgar si se vuelven adeptos, enemigos o indiferentes a las corridas de toros, y no a ser influenciados por tonteras de políticos, politicas y politiques ignorantes y sin escrúpulos.

 

El sacramento de la luz…(Opinión)

José Antonio Luna / Tauropasion

Viernes 26 de octubre 2018.- Me lo comenta Remydenegro antes de que empiece la entrega de reconocimientos. La gente llana vive cosas –dice- que los petulantes se pierden. Estamos en un restaurante del centro histórico de Puebla. También hubo homenaje para el maestro Rafael Gil Rafaelillo y para el matador Angelino de Arriaga. Previamente, estuve en una librería en la que mi amigo, el novelista cubano Pepe Prats Sariol, presentó un libro. Así que la noche la he pasado con personas de corazón sensible e inteligencia avispada. Gente, según Julio César, de dormir inquieto y peligrosamente viva.

La vida es espléndida si se confía ciegamente en ella. Desde que vi sus cuadros, admiré a Remydenegro. Anoche, lo conocí porque personas generosas me asignaron la preciosa tarea de entregarle un reconocimiento. Para hacerlo, en un texto que llamé El sacramento de la luz, esto fue lo que dije:

“Con muy pocos toques de espátula la imagen está ahí, pero no sugerida, sino clara, vital, poderosa. Entre los misterios de la oscuridad surgen líneas radiantes. La luz ha bañado el fondo negro como una cascada de talento que revuelve el agua de esa poza profunda llamada creatividad. Él, seducido por el arrebato, rinde pleitesía al color negro. Desde hace años, lleva la ropa de esa tonalidad, porque este es el color del luto y el luto es la pátina del toreo. En la corrida o muere el toro o muere el torero, pero la muerte en la arena es la consumación de una liturgia que celebra la existencia. Porque el toreo es como la obra de Remydenegro, una explosión de júbilo por la vida, que estalla en la más seria negrura de lo luctuoso.

Remy es un maestro que sin pudores ha liberado a la loca de la casa. La imaginación en libertad es el trasto más vigoroso de Remy. Un trazo y aparece la figura, a veces, toque de espátula, a veces, caricia de pincel; cada trazo, cada matiz, lo hace recreándose en la suerte. Ritmo es uno de los principales atributos de su obra. “El baile que estás viendo en la plaza, es el baile que tienes que transmitir en el lienzo”, ha revelado convencido. Es que un cuadro tiene que tener ritmo, vitalidad, destellos, la pintura es el arte de lo refulgente. Remy sabe que los pigmentos al mezclarse absorben una mayor cantidad de luz resultando en tonos más oscuros. Entonces, el negro es el más rico de todos los colores.

Paradójico, que el pintor de los fondos en negro, sea un maestro de la luminosidad, aunque si se mira bien, no es de extrañarse. La pintura de Remydenegro es contrastante como lo es el toreo mismo. Ante la negra seriedad del toro, el fulgor de los oros en el traje del torero. Contrastes: el sol y la sombra, vida y muerte, sangre y gloria, algarabía jubilosa y silencios litúrgicos.

Nuestro artista -me apropio de él en nombre de todos los que estamos aquí, porque  lo que nos conmueve lo hacemos nuestro- ha mostrado su obra pictórica y escultórica en las galerías más importantes a nivel internacional. Diversas ciudades de España, Estados Unidos, Francia, Holanda, Emiratos Árabes, entre otros países, han sido escaparate del arte desbordado de Remy J. López. En el catálogo de su obra: La gallardía del desplante de un torero en traje de charro, emblema mexicano matizado en verde, blanco y rojo, cartela: “soy mexicano y soy taurino”; una estrella de rock, una perdiz, el trío de galgos, bailaoras, jinetes andaluces, cetreros,  halcones, caballos; también, el toreo de luces, las luces de Remydenengro por supuesto, lances y pases, puyazos, banderillas; don Quijote capa en mano y otra vez el lema al cante, “soy español y soy taurino”, insignia íbera, pero también nuestra, porque, nosotros, más que mestizos, hijos de un sincretismo, somos hispanos.

La obra de Remydenegro engancha, porque él atrapa el arte que transmiten las cosas emotivas, bellas, dramáticas y vibrantes que tiene la vida. Una entre otras, ¡desde luego!, el conjunto que conforman el toro y el torero, lo atrapa y lo plasma en un lienzo. Esa es su magia.

Artista sincero, claro, profundo, el arte es un espejo del alma, así es Remy J. López, que se desfonda de entrega en cada obra, por su talento como artista que se cimienta en sus virtudes como ser humano se le entrega este reconocimiento”.

Al final, nos dimos un abrazo. Me agradeció las palabras, pero más agradecido estaba yo. Remy es un referente para nutrir mi espíritu como mis otros amigos artistas: pintores, escritores, toreros, músicos; como mis libros, el cine, el campo donde paseo al amanecer, y cuanto sirva para rescatarme de este mundo vacío y vulgar. Gente magnánima que brilla como el sol, que me alumbra con su inspiración y su inteligencia.

Tres cátedras magistrales…(Opinión)

José Antonio Luna / Tauropasion

Miércoles 19 de septiembre 2018.- Disparó la pregunta a bocajarro: “En los tiempos que corren, ¿quién es tu torero predilecto?”. Estábamos comiendo en su rancho y sé muy bien, que el torero predilecto de mi anfitrión y pariente es El Juli, además, son amigos cercanos. Contesté un nombre y después de pensarlo bien, dije: Paco Ureña, mi torero predilecto es Paco Ureña. Me interpeló con guasa: “Me refiero a los de la primera línea”.

Es que para mí, sólo hay una primera línea de verdad y son unos cuantos toreros los que están inscritos. Ellos no tienen los triunfos seriados, ni cortan tantas orejas que podrían montar una taquería. Tampoco, son los pilares de las ferias, ni pelean los primeros lugares del escalafón, a cambio, son espadas que tienen una solera y un buqué que se paladea por años y no se olvida nunca.

Ver a Paco Ureña jugarse la vida con la dignidad de un César y quedar vacío, después de haber pegado verónicas y la media que sella la serie, y sus tandas de derechazos y naturales tan largos, hondos y armoniosos, con sus respectivo remate de pecho enredándose el toro a la cintura, por ejemplo, un Victorino en Sevilla, es tan conmovedor que uno como testigo, de igual forma, está agotado de tanta emoción sentida en veinte minutos. Hay otros que también me gustan y que no son de la primera línea convencional. Ahí está, Currito Díaz que cuando vence el miedo, pega sus verónicas y sus naturales sublimes. Y David Mora que ejecuta con tanto sentimiento, sobre todo, por naturales altivos y ceñidos. Es que son sabores inolvidables que estremecen.

El recuerdo de aquella conversación con mi pariente ha venido a la memoria porque a Paco Ureña, en Albacete, un toro de Alcurrucen le ha pegado un pitonazo en el ojo izquierdo. Con la punta le ha alcanzado el globo ocular dejando al diestro con la visión borrosa y un tremendo edema. Dicen que fue en una verónica de manos bajas y muy templada en la que el toro tiró el pavoroso tornillazo alcanzando de lleno el párpado que se cerró totalmente. En las fotos, más que la cara de un torero, parece la de un púgil, como si Mohamed Alí le hubiera asestado un “uppercut”.

Entonces, fue que vino la gesta del torero murciano. Con un hilo de sangre corriendo mejilla abajo, las manos en las tablas y el dolor manifestándose en el rostro, el matador informó categórico a su apoderado, que a pesar de las recomendaciones de los médicos que opinaban había que operarlo de emergencia, lidiaría la catedral de seiscientos veintidós kilos que minutos antes le había propinado el espeluznante cate.

Dicen que el diestro se desprendió de las tablas y fue en busca del toro, le bordó la faena y a mitad de la misma, pidió que le limpiaran la sangre. Luego, falló con la espada, pero las cátedras magistrales habían sido dictadas. La primera habló del pundonor a ultranza. La segunda de la torería sin límites y la tercera, la dedicó a la grandeza del toreo, madre que reconoció a un hijo más que le daba todo. Al momento de escribir este artículo, leo con tristeza que los médicos afirman que no va a recuperar la visión de ese ojo. Ojalá, la vida lo bese en la boca y los oculistas se equivoquen.

Pero, no, no es sólo por sus actos de heroísmo que soy devoto de Francisco Ureña, los primeros lugares del escalafón también acometen hazañas, es que verlo encajado y enfrontilado, respetando los cánones y vaciando primores de su muleta, besado por las musas, a la vez que uno intuye que en los adentros, su miedo y su valor están librando una cruel batalla, verlo así, es mágico y uno acepta que lo que escriben los cronistas taurinos sea tan hiperbólico, que las frases hechas como “torea como los propios ángeles”, “su muleta recamada de piedras preciosas” o “torero de otra galaxia”, no son exageraciones, al contrario, se comprenden y se admiten con gusto, es que ¿con qué palabras se pueden expresar cosas tan bellas, luminosas, heroicas y profundas?.

Soñadores de gloria…(Opinión)

Jueves 13 de septiembre 2018.- ¿Ustedes creen que, de verdad, los novilleros contemporáneos son soñadores de gloria?, ¿qué realmente, están preocupados por convertirse en leyendas? Perdón por aguar la fiesta, pero tengo una teoría personal al respecto. Lo que los chicos de hoy quieren, es vivir bien y que les digan toreros por que se visten de luces y no tanto por las hazañas realizadas en el ruedo.

En Guadalajara, el domingo, a las míticas cinco en punto de la tarde, se abrirá la puerta de cuadrillas de la plaza Nuevo Progreso, para dar la primera novillada con los jóvenes más destacados del ciclo llamado “Soñadores de gloria”. Van a ser cinco festejos de selección y en el sexto, estarán anunciados los que sobresalgan en la breve temporada, para disputar el trofeo “Manuel Capetillo”.
Ya he mencionado otras veces, lo que dijo el novelista Juan Carlos Onetti -palabras más, palabras menos- que entre los que quieren escribir y los que quieren ser escritores, se quedaba con los primeros. Del mismo modo, el que esto firma se queda con los que quieran torear, no con los que quieren ser toreros.
“Soñadores de gloria”, es una frase publicitaria muy bonita, pero hay que explicarle a los muchachos que entre la fama y la gloria, media un buen trecho. Es difícil hacerse matador de toros en un mundo que no los deja serlo. Me explico, siendo fiel a la precisión del lenguaje, torero es el que mata toros, no novillos ni eralitos. Sin embargo, quieren ser toreros, porque, en este país, si se sale bueno para pegar muletazos, puede que se alcance una posición económica aceptable, aunque nunca se pase de ser un matador equis, del que nos vamos a olvidar al otro día de que se corte la coleta.
Dicen que quieren ser toreros, pero no torear toros, que el apoderado lo arregle, que sean novillos con cierta apariencia de toro, que los cuernos estén despuntados: “maestro, -me llaman así, porque soy profesor-  no hay quien resista jugarse la vida cada ocho días”, dicen los espadas. Son soñadores de una gloria muy poquita cosa. Una gloria que consiste en seguir a los que se han colocado, a esos matadores que en México consiguen vivir de matar corriditas y pasarla bien, aunque entre ellos y ser una figura legendaria medie una distancia cósmica, pero, en estos tiempos ¿a quién le interesa ser una figura legendaria?.
Ellos mismos se roban su sueño, para inventarse una mentira en la que están perfectamente inmersos. Dicen que quieren ser toreros, pero no caminan por una ruta propia, sino por donde les dicen sus compañeros y los apoderados que son especialistas en deshacer ideales. Los he escuchado, los matadores de toros me lo han dicho: “maestro, es que usted ve otra fiesta, muy bonita e idealista, pero aquí hay que salir retratado en los portales taurinos a hombros y con las orejas en la mano”. Inevitable, pienso en “La sociedad del espectáculo” de Guy Debord, que dijo: “todo lo que alguna vez fue vivido directamente se ha convertido en una mera representación”. Primero fue el ser, luego, importó más el tener, ahora, basta con parecer. Ha habido los que eran: Lagartijo, Gaona, Joselito, Belmonte, Manolete, Ordoñez, ¿quién más?. Otros que tenían, Manolo Martínez, Eloy Cavazos y Curro Rivera, trilogía de la decadencia, si no, échenle un vistazo al torito “achaficado”, y pueden decirme lo que quieran, -que gusto tienes, José Antonio, por hacerte de rencillas- se aceptan reclamaciones que, desde luego, no voy a discutir. Más dramático es el caso de los de ahora, nada de ser ni de tener, a ellos les basta con parecer. No los nombro ¿para qué?.
Dicen que quieren ser toreros y se imaginan en el sosiego del cortijo, la cuenta de cheques gorda y el Mercedes Benz, pero pretenden brincarse a la torera –nunca mejor dicho-  lo del dolor que cuesta conseguirlos, nada de poner en serio las femorales en los diamantes, y menos, la posibilidad de morirse vestido de oro. Dicen que quieren ser toreros, pero les molestan las críticas, todo aquello que no sea coba. Quieren el reconocimiento barato y sin pozo. Lo de ser verdaderas figuras es un sueño muy caro, los tiempos que corren son pragmáticos, vivimos la lógica del mercado, la gloria si no tiene un rédito capitalizable, no tiene sentido. Noten el veneno de la frase.
¿Creen que exagero?, echen un vistazo a la baraja nacional de matadores; a la nómina de figuras mexicanas de las últimas tres décadas, nombren a alguien. ¿Saldrá alguno de las escuelas taurinas?. En España, ¿quién se va a convertir en el hito que inscribirá su nombre entre los de los más grandes?.
Por todo eso, hay que decirles, que no se trata de llegar a tirones y a jalones a media tabla, sino de intentar a sangre y cornadas poner el nombre con letras de oro en las páginas de la Historia de la Tauromaquia. Que sepan a ciencia cierta, que los muy pocos que lo han logrado, fueron, en su día y sin cortapisa, unos verdaderos soñadores de gloria.