Archivos de la categoría Pasión y Arte- Opinión

Retablos y baldaquinos…(Opinión)

Autor: José Antonio Luna (Colaboración especial)

Domingo 19 de febrero de 2017.- Esta bella fiesta es como los chocolates, aseguras que te comerás sólo uno y de manera inevitable, acabas por estirar el brazo veinte veces seguidas. En el mundo del toreo se tejen entramados que uno ni se imagina. Relaciones, vínculos, amistades, que van trenzados a corridas, ganaderías, recuerdos de faenas gloriosas, escenas, libros, congresos, cuadros, música, esculturas, gente… Hay tanto por saber y da tanto de que hablar, que a veces pienso -es sólo una suposición que me hago gracias a la riqueza de la tauromaquia- que lo de José María de Cossío fue algo como tener la intención de escribir sobre un tema taurino, por ejemplo, la relación entre las artes y el toro y acabó publicando toda una enciclopedia monumental. De ese grueso va la hebra.

A Araceli Guillaume Alonso la conocí en Tlaxcala hace algunos años –creo que cinco- cuando lo del coloquio internacional La fiesta de los toros, un patrimonio inmaterial compartido. Allá, nació una amistad -que abraza a su esposo y a mi familia- perdurando al paso del tiempo y teniendo un océano de por medio.

La tarde era clara y tibia, olorosa a jazmín español, a hierbabuena y a buganvilia, tuvo el encanto que da volver a ver a los amigos. La charla, obvio, se cuajó de toros, toreros, libros. Desde la reciente despedida de Zotoluco y las últimas faenas de Ponce, hasta la tarde milenaria en que Teseo le metió media estocada en todo lo alto al Minotauro y lo hizo rodar sin puntilla, pasando desde luego, por el toro nupcial, los alanceadores medievales y claro -cómo no, si estamos en México- por los juegos de cañas y las corridas mencionadas por los escritores de la conquista, Bernal Díaz del Castillo y Alvar Núñez Cabeza de Vaca al cante. También, hubo escapadas colaterales, por una parte, a las faenas de Rafaelillo a “Injuriado” de Miura y al toro de Victorino Martín bautizado como “Cobradiezmos”, a cargo de Manuel Escribano. Y por la otra, a las magnificencias atiborradas de adornos de la Capilla del Rosario y al barroco andaluz de las iglesias poblanas.

Araceli Guillaume es doctora en Filología Hispánica y profesora titular en la Universidad de París IV-Sorbonne, de la cátedra Civilización y Literatura Hispánica y ahora, la Real Maestranza de Caballería de Sevilla la ha designado como pregonera del serial taurino de este año. La lectura de su texto que será muy hondo y hermoso –estoy seguro de ello-, como es tradición, la hará en el teatro Lope de Vega el próximo dieciséis de abril, Domingo de Resurrección y será la segunda mujer que dice el Pregón sevillano, la primera fue Esperanza Aguirre, la que expresidente de la Comunidad de Madrid.

Se ha colado merecidamente a un cartel de lujo, me digo mientras la oigo hablar de toros, de literatura, de historia. El Pregón Taurino de Sevilla, lo han dicho entre otras personalidades nombradas como me vienen a la memoria: los novelistas Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y Arturo Pérez Reverte; los escritores Andrés Amorós y Fernando Sánchez Dragó, el poeta Manuel Benítez Carrasco, los filósofos Fernando Savater y Francis Wolff; el dramaturgo Albert Boabdella, entre otros, en un catálogo de primer nivel que también abarca matadores, historiadores, ganaderos, periodistas, políticos, un lord, y más.

-¡Que bien se come en Puebla!. Dijo la doctora Guillaume.

Luego, se quedó en silencio y cuando creí que ya no diría nada, agregó:

-Un pueblo sin gastronomía y sin corridas de toros, es un pueblo de bárbaros.

Estuve de acuerdo sin cortapisas y me sentí muy orgulloso de mi ciudad angélica, de su cocina barroca, de sus tradiciones y de su arquitectura. Además, salí bien librado, hablando de retablos, baldaquinos, cúpulas, moles y pipianes, me libré de la alergia que me brota cuando tengo que dar la explicación del porqué en México no se lidian toros-toros.

 

La otra tarde…(Opinión)

Autor: José Antonio Luna (Colaboración especial)

Jueves 19 de enero de 2017.- La nube era un cúmulo enorme de cresta rosada. Paz dijo que seguramente helaría al amanecer. Ella, Mosi, Mar, Sabo y el que firma este texto, fuimos cómplices por habernos quedado para nosotros toda la belleza y grandiosidad de la tarde. El campo de colores de oro y matices en verde se ensanchaba hasta los montes del contorno, donde serpientes de luz recorrían un cielo encapotado. Cada minuto se desgranaba entre la melancolía dejada por un pasado espléndido y ya ido para siempre, sumada la ternura de una amistad entrañable y la cercanía de los toros bravos que pastaban a lo lejos con beatitud de monjes y haciendo concesión a las garzas que picoteaban junto a ellos.

Sabino comentó que su última corrida, la de Tlaxcala el día de Año Nuevo, salió encastada, que entre lo bueno y lo mejor hubo dos superiores. Se lo creo sin dudar un ápice. Me gustan estos cárdenos casi ensabanados. Me gustan en fenotipo y me encanta como se portan en la plaza. Son toros bravos y nobles, entendiendo que hay que poderles primero, para torearlos bonito después y eso, hace años, fue la esencia del toreo.

Siendo una veta enorme de bravura, Tenexac nunca ha ido con un encierro de toros a la plaza de Insurgentes. Novilladas de este hierro, sí se han lidiado allí y con éxito. Es que en este México bárbaro –John Kenneth Turner nunca se imaginó que su epíteto sería tan preciso- siempre pierden los buenos y ganan los malos. Aquí, la gente brillante se queda con un palmo de narices y los inferiores cruzan la puerta marchosos. En este país de mis cojones, la gente valiosa perpetuamente pincha en hueso y además, se lleva una cornada en los huevos.

En lo taurino tenemos harta guasa. Por ejemplo, dicen que en el campo no hay toros con trapío y los de Tenexac no van a la Plaza México. Por otro lado, Fermín Rivera, siendo el mejor torero nacional, se queda fuera de la parte prominente de la temporada grande, ocupando su lugar media docena de anodinos.

No sé si es madurez o tremenda decepción, pero cada domingo me gustan menos las corridas. Sin embargo, me estoy volviendo un gran adepto a particularidades. Soy entusiasta de los toros de Tenexac y algunas otras ganaderías, muy pocas, contadas con los dedos de una mano. Me enfervoriza el toreo de Paco Ureña, por supuesto, el de Fermín Rivera, y el quehacer de Luis Bolivar, Rafaelillo, Fernando Robleño y unos cuantos más. Ya no leo las crónicas ni los artículos de fondo, porque en casi todos hay un triunfalismo a ultranza, pero me gustan mucho las letras escritas por la trilogía de los Antonios: Burgos, Caballero y Lorca. Ahora, soy más devoto que nunca de la feria de San Isidro, aunque cruzo los dedos ante la llegada de los tiempos ligeros de Simón Casas. Me he resignado y acepto el consejo: dos corridas en Madrid valen lo que treinta en las plazas de nuestro territorio.

Hacerse mayor –si quieren pongan viejo- tiene enormes ventajas. Parece que te has amargado, si bien, lo que pasa es que te has vuelto más selectivo. Ya no estás dispuesto a perder el tiempo viendo lo que no quieres ver y oyendo a quien no quieres oír. A mí me gusta el toreo fascinante, puro, peligroso y cargado de arte, el que me hace sentir un profundo respeto por el torero que posee la osadía magnífica de realizarlo. Y eso, se puede alcanzar con toros de casta, poderosos y soberbios, tan bravos como los que nosotros, desde el poyo junto al portón de la casa en la hacienda de Tenexac, la otra tarde, veíamos pastar a lo lejos.

Las festivas cintas de colores

José Antonio Luna / Tauropasión

Colaboración Especial

Martes 29 de Noviembre de 2016.- En esto del toreo hay un ejercicio fascinante y se trata de encontrar siempre el frijol en el arroz. No hay tarde perfecta, ni faena completa. Siempre falta algo con lo que lo visto hubiera salido mejor. La palabra “pero” -o sea, la conjunción adversativa- es imprescindible para los que gustamos de ver la vida llena de contrastes.

En Tlaxcala nos dieron el cartel esperado en cuanto a las ganaderías, pero fue con toreros aprendices. La combinación era torista, pero en una novillada. Fue durante la feria de “Todos los santos”, pero en la última fecha, cuando ya se han apagado los reflectores. Además, algunos de esos novillos salieron buenos, pero los novilleros a los que les correspondieron todavía están “verdes”.

Fue el domingo veinte de noviembre. El fresquito tlaxcalteca ponía más nostálgica la plaza. Era, como ya dije, la última del serial. La gente respondió a su fiesta e hizo una buena entrada. El sol tibio iluminaba el campanario del convento de San Francisco como si lo hubieran construido en específico para eso, para que lo iluminaran los rayos mustios de una tarde de corrida en el penúltimo mes del año. Es que desde esos detalles comienza la gracia. El astro pintaba de luz las piedras centenarias de la torre, los encinos y los fresnos soltaban las hojas secas como una lluvia de oro y de vez en vez, las campanas doblaban provocando el vuelo de las palomas.

Con dedicatoria a Rafael Serna, Gerardo Sánchez y Ulises Sánchez, encerraron dos toros de Piedras Negras, un par más de Tenexac y otros dos de De Haro. Negros y cárdenos claros y oscuros, se vieron muy entipados según la casa de la que salieron. Los hubo buenos y mejores, todos con mucha raza y en su mayoría, claros y fijos, por ello -y por lo propicio de las circunstancias-  la corrida fue un encanto. A todo esto hubo otro “pero”: Los coletudos con un poco de más bagaje hubieran hecho faenas antológicas. Les faltó experiencia, porque, o no se acoplaban o les pegaron muchos pases sin sacar nada concreto, pero –nuevamente, la contraposición- había casta y la novillada fue muy interesante.

Además, el segundo que era un torito, quiero decir un novillo, sí, pero que mostraba en su estampa hechuras de toro con sus pitones delanteros, su morrillo astracanado, hondo, el rabo bien servido en la borla, salió galopando alegre y con armonía. Desde el primer capotazo supimos que sería de nota superior. Era de De Haro y acomodó la cabeza en el capote de Gerardo Sánchez. Luego, se fue a más en el caballo. Pero lo grande vino en la muleta, porque el novillero le sacó buenos pases por la derecha y largos y templados naturales. El novillo tenía una codicia insuperable y la demostraba según se le pidiera con la tela, cuando el torero lo mandaba largo, el torito se iba hasta la otra calle, pero –una vez más el “pero”- cuando el del traje de luces se adornaba en pases del desdén tras el remate, el utrero se le quedaba en los tobillos. Fue un gran ejemplar y después de la estocada sonó el clarín, ordenando a los mulilleros que el arrastre se diera a paso de homenaje.

Antes del torito salió un piedrenegrino que dio juego. La fiesta se consumó con otros cuatro novillos, los guapos de Tenexac muy enrazados, otro bueno de De Haro y el cierra plaza de Piedras. Se cortaron varias orejas, pero eso no significa que hubiera triunfos apoteósicos. Lo que fue un hecho, es que la corrida tuvo su embeleso y su belleza. Era que, entre otras cosas, los listones de las divisas veneradas ondeaban sobre los morrillos. Es que una moña no sólo sirve para distinguir, sirve, también, para tranquilizar la vista de los diletantes, para reivindicar aficiones y para ponerle festivas cintas de colores a una tarde de nostalgia, pero dulce y  luminosa.

Un pasito…(Opinión)

 

José Antonio Luna (Colaboración Especial)

Sábado 05 de Noviembre de 2016.- Siempre me asombrae que paguen un dineral por los boletos para una corrida de toros y que se queden impasibles cuando a la arena saltan, uno tras otro, seis novillos seis. Que además, se aprecia a simple vista que a los pitacos les pasaron el serrucho. La afición es paciente. No hubo uno sólo espectador, por lo menos esa tarde, que despotricara tras la talega que pagó por su entrada. Se la comen con queso y sin soltar siquiera un improperio que raje en dos el viento de la tarde contagiando a otros para empezar la bronca.

Tengo una larga lista de cosas que, en los toros, la gente acepta con la mansedumbre de un santo varón. Por ejemplo, que por más chico que sea el novillín que abanto recorre la arena en paralelo a las tablas, la tibia rechifla del público que lo protesta, se calla en cuanto el diestro de turno -cobijadito en tablas- pega una larga cambiada al joven cornúpeta y de paso, a la borreguil clientela que ya embaucada troca los silbidos por aplausos.

Sin embargo, parece que a pesar del conformismo de los miembros del ovejuno rebaño y de su falta de voluntad para defender sus derechos, a algunos diestros les está cayendo el veinte y quieren subirse al carro de la honestidad que conduce a las ligas mayores. Lo digo por Sergio Flores que hace casi dos meses, para su encerrona eligió toros y no becerros, y por El Payo que el miércoles, en la primera corrida de la feria de Tlaxcala, se plantó firme, echó el pie de salida para adelante y toreó cómo se debe.

Fue en el tercero de la tarde, el único con apariencia de toro, un sardo de capa y veleto de cornamenta, justito. La faena de Octavio García fue de toreo verdad, por lo tanto, fue reconciliadora e interesante. Es que en vez de perder un paso con la pierna contraria del torero con respecto al sitio en el que arranca el toro, El Payo movía ese pie hacia adelante. Ahora, que vivimos tan a gusto con las cosas de imitación, falsas y provisionales, en el toreo está de moda echar la pierna de salida para atrás en lugar de hacerlo como se debe, o sea, al frente. Dicen los diestros del choro mareador que con la zapatilla atrás se alarga el muletazo, se despide el toro a la espalda y con ello, casi da una vuelta completa en torno al que torea. Retrasando la pierna de salida, aseguran ufanos, se da más dimensión al muletazo. Sí, y también más coba, más pedrería de plástico y más rollo sandunguero. Esa es la razón por la que, al final de la serie, tienen que rematar con un cambiado por la espalda.

Con lo hecho, El Payo demostró torería y no “pegapasismo”. Al contrario a lo que hacen los demás, se esforzaba por quedar colocado. No perdía el pasito y se aplicaba en muletear según las reglas de la tauromaquia, que son como las mujeres feas, es decir, no hay quien las siga. La diferencia entre el toreo verdad y el toreo ventajista es más grande que un océano. La cosa adquirió tintes de seriedad –hay que decirlo, en medio de una parodia- tanto que los espectadores seguían la lidia atentos y respetuosos sin pedir música y sin gritar memeces. Es que cuando se da el toreo auténtico, el público intuye el riesgo y percibe el dominio que está ejerciendo el espada.

El resto de la corrida fue la cara opuesta. Gerardo Rivera que recibió la alternativa y Joselito Adame que se la otorgó, dado que torean mucho en España, vinieron a hacer la América. El colmo se dio en el segundo de Adame, un animal corniausente y con lo que le dejaron de madera hecha cisco. Los restos de cuernos fueron inaceptables para un público que ya había aguantado demasiado. Además, el de Aguascalientes mató de sendos golletazos, por demás, infames.  La corrida de Montecristo tuvo apariencia de novillada, además, salió sin casta y con la debilidad de un convicto en un internado para señoritas.

Si El Payo continúa en su empeño de ganar un paso con la pierna que debe ir adelante, los que vayan al tendido cambiarán el jolgorio por el aprecio de la profundidad, comprendiendo que las cosas sólo adquieren importancia cuando pasan por el tamiz de la verdad. Ese es el camino a la auténtica gloria.

Paradójico…(Opinión)

 

Por José Antonio Luna / Tauropasíon

Viernes 02 de Septiembre de 2016.- Casi se levantó de la cama, sólo para volver a recibir un golpazo. Los aficionados lo fueron a ver con la ilusión que produce el acudir a la plaza cuando los carteles anuncian a un torero honesto y que se entrega sin guardarse nada. El jueves uno de septiembre, Andrés Roca Rey volvió a actuar después de un receso obligado como consecuencia del percance muy serio, que sufrió en la feria de Málaga. Catorce días duró su convalecencia y de nuevo, ¡zas!, “al hule” como llaman los toreros a la camilla de curaciones.

Parece que los toros se han puesto de acuerdo para tundir a leñazos la cabeza del diestro peruano. En la plaza andaluza, el morlaco lo levantó dándole una paliza de dios es cristo, que incluyó formidable pechugón en la cabeza al ser lanzado con violencia contra el suelo, además, le propinó un puntazo en el abdomen y de pilón, la rotura del labio. El torero volvió de la enfermería al ruedo, pero se desvaneció en dos ocasiones y de ahí se lo llevaron a la unidad de cuidados intensivos, a la que llegó con la memoria en blanco, el entendimiento hecho cisco y recitando incoherencias.

Roca Rey es un torero que tiene prisa por convertirse en primera figura. Así que, en cuanto pudo, se puso a entrenar y reapareció en la feria de san Antolín de Palencia. Sin embargo, en la plaza llamada Campos Góticos se escribió el complemento del drama.

El joven matador estaba haciendo la faena de muleta a “Marismeño”,  un toro castaño de la casa de Charro de Llen, que en los muletazos transitaba sin malas intenciones, hasta que se acordó para que traía los bastos del testuz y después del pase de pecho, cuando el matador con el palillo en la mano izquierda iba a rematar el remate –es redundancia, lo sé, pero el toreo moderno es muy redundante-, el merengue cambió de intenciones y se fue directo al cuerpo. En seguida de quitarle las zapatillas de la arena, le aplicó la licuadora zarandeándolo de pitón a pitón y por último, lo azotó con mucha fuerza de cara contra el suelo, donde lo embistió una vez más, arriándole una andanada complementaria de estacazos. El resultado: nueva conmoción craneal, lesión en el maxilar y amnesia temporal.

Andrés Roca Rey es un torero con muchas ansias de triunfo y con nervios de acero templado que no le teme a los toros. Ni siquiera le preocupa la mafia del G-5, que ya es decir, porque los miembros del grupo son muy peligrosos merced a los tornillazos que tiran a mansalva y, con sus vetos y sanciones, hacen temblar las carnes hasta de los comentaristas de la tele. Actuando junto a cualquier figurón del toreo, si al coleta sudamericano le corresponde turno para hacer el quite, no perdona, va y lo hace sin mirar si el toro lo lidia El Juli o Perera o quién sea. A él no lo detiene nadie. Es que siempre hay seres humanos valerosos que brillan aun en las noches más oscuras. Si Roca Rey se levanta de la cama de un hospital para torear y de nuevo le arreglan su asunto, es porque le va la cosa, porque torear es su pasión y su vida, y porque es feliz en el ruedo ciñéndose un toro a la cintura.

Hay quien me dice que debe bajarle a sus ímpetus y administrarse, que el valor se escapa por los hoyos de las cornadas y que en el morado de los varetazos se diluye la afición de un torero. Ignoro si Roca Rey llegara a viejo, pero como él mismo lo dice: siempre saldrá a darlo todo. Por eso se la juega un día sí y otro también, y ha conseguido el lugar de privilegio que tiene entre la torería. A su corta edad es ya una leyenda viva.

Dicen que Roca Rey posee es una gran afición, un enorme valor y muy buena técnica. Es cierto, pero lo que más tiene es la sangre muy fría y mucha vergüenza. Las dos cosas  le permiten sentir el pitón rozándole las femorales y no hacer el mínimo aspaviento. Paradójico ¿no?, éste es de los muy pocos que honran el oficio que deberían honrar todos los que llevan coleta, el de la vergüenza torera.

Asediados por su mediocridad (Opinión)

José Antonio Luna (Colaboración)

Domingo 14 de Agosto de 2016.- Es difícil escribir de toros en un país en donde no se dan corridas de toros, sino de becerros, erales y en las fechas postineras, de utreros. Aunque, ¡claro!, si uno consulta los portales taurinos, en especial los lunes, observará a una gran parte de la nómina de matadores nacionales cabalgando sobre los hombros de tontos -voluntarios o contratados exprofeso- para llevarlos hasta la salida de la plaza, mientras los diestros, muy ufanos y en plan Paco Camino saliendo por la puerta grande de Las Ventas, van saludando al respetable –este último vocablo es un mero formulismo, porque al público mexicano no lo respeta ni su madre- que los ovaciona y celebra el número de trofeos peludos que aumentan su júbilo por el corridón de toros dosañeros –no sé si captan el sarcasmo- que han visto, y a la vez que aplauden a la figura, preguntan a sus acompañantes el clásico “de aquí a dónde”, a festejar la gloria de faenas que han tenido la suerte de testificar. Somos poquita cosa, nos gusta auto engañarnos y así seguiremos por los siglos de los siglos.

Ustedes perdonarán lo agrio, pero es que esta es la temporada bienal, en la que reflexiono acerca de este pueblo perdedor y descastado del que formamos parte como víctimas y verdugos a la vez. Es que cada Olimpiada y Campeonato del Mundo de futbol, durante tres semanas me martirizo reconsiderando las mediocres condiciones de nuestra nación. Digan ustedes si no es para llorar, si sumamos las medallas de oro ganadas por los atletas mexicanos de toda la historia del olimpismo, no alcanzamos la cifra obtenida por Michael Phelps, el sólito con dos cojones y cara de hombre.

Es que la delegación mexicana va a los juegos olímpicos a romper marcas como  las que siguen: Primer competidor en toda la historia que participa en ese deporte, desde luego, pierde el único partido en el que actúa. Nadadora que rompe el record de menor permanencia dentro del agua, estuvo veinticinco segundos y esa fue toda su comparecencia. Ridículo más sublime, levantador de pesas al que el Comité Olímpico Mexicano no le proporcionó uniforme y tuvo que pegar parches tapando las marcas de su camiseta, muñequeras y zapatillas. Clavadistas a los que, para su mala fortuna, un imbécil dispara su cámara en el momento más inoportuno, el flash los ciega a los dos y ya no pueden acuatizar como debían.

Record olímpico de número de visitas al escusado por el boxeador que tiene posibilidades de medalla y se enferma de gastroenteritis el día que le corresponde competir, cosa comprensible, si uno piensa que la de los golpes es una justa para cagarse. Mención especial a la capacidad de adaptación del golfista que está en Río con sus propios recursos económicos, además, no le llegan sus palos y tiene que jugar con unos prestados. Medalla de desdoro a futbolistas que son la esperanza de cien millones de ingenuos y contra todo, mantienen la tradición de ser eliminados en la primera ronda.

En tanto, una gran parte de mexicanos, insolidarios de campeonato y con toda la frustración a cuestas, fungen como verdugos y se burlan de la gimnasta Alexa Moreno que hizo un papel muy decoroso e insultan a los arqueros que lograron una posición digna. Es que ganaríamos la medalla de oro si existiera la prueba “operación cangrejo”, consistente en bajar a los compatriotas que van trepando por las paredes de la cubeta. Aumentemos a todo lo anterior que la Conade es una dependencia totalmente ineficaz.

El tema de esta columna es la tauromaquia. A eso voy. Así como los atletas olímpicos mexicanos rayan en lo patético, así, nuestra fiesta de toros es ridícula, porque, para empezar y como ya lo dije, se llama de toros y son lo que menos se ve. La nuestra es una parodia de lo que es una verdadera corrida de toros.

A dónde se puede llegar si, salvo el caso excepcional en todos los aspectos de Cinco Villas, los festejos sin caballos no existen en nuestro país. A su vez, casi nunca se anuncia una novillada y cuando se da, lo que los protagonistas realmente lidian son erales.

Luego, gracias a la corrupción, los ayuntamientos permiten que las empresas taurinas le vean la cara a los aficionados. Por ello, las corridas de feria se dan con novillos engordados mediante anabólicos que son anunciados como imponentes encierros de toros. Por supuesto, llegado el día en que sale un verdadero barbas, a los matadores y a sus cuadrillas, asediados por su propia mediocridad, les pasa lo mismo que a los atletas olímpicos, empequeñecen y grotescos parecen perdidos en su elemento, totalmente fuera de cacho.

El corazón partido

José Antonio Luna / Tauropasion

A Víctor Barrio, que se marchó persiguiendo un sueño.
A Raquel Sanz, que ese sueño se le volvió melancolía.

Viernes 15 de Julio del 2016.- No ocurre muy seguido, pero hay actos humanos que me emocionan, me hacen sentir lúcido, con muchas ganas de volver a ver a personas que se han ido, de intentar la vida una vez más, hasta de amar a la humanidad y sobre todo, de ponerme a escribir.

Juan José Padilla se echa a andar para un brindis, en la mano izquierda lleva la muleta plegada y el estoque cruzado sobre ella. Con la derecha sostiene la montera. Se percata que ha rebasado el sitio y vuelve sobre sus pasos. Se detiene frente al elegido y lo llama por su nombre, le brinda la muerte del toro. Es James Cosmo, el actor británico que dio vida al personaje “Jeor Mormont” en Juego de tronos, esa serie de televisión que nos muestra lo que los hombres y las mujeres somos capaces con tal de conseguir el poder. Hasta ahí, lo del brindis tiene un interés social, cosas para llenar la página de una revista rosa con un par de imágenes y sus textos explicativos al pie de foto.

Sin embargo, en este caso, el hecho se fue a lo hondo. Mientras escucha la dedicatoria, Cosmo, una y otra vez, se lleva la palma de la mano al pecho, queriendo decir con ello que esta emocionado, que lo agradece de corazón. Lo conmovedor continúa, mientras Padilla da la media vuelta y se aleja en dirección del toro, el lord comandante del Muro en Juego de Tronos no se puede contener y por su mejilla resbalan lágrimas de sentimiento. Ha captado en toda su intensidad lo que vale el brindis de un matador de toros. Siendo el centro de atención, no se achica por el llanto y deja que las gotas fluyan secándolas con el dorso de la mano. Luego, acaricia con veneración la montera que ha dejado sobre la barandilla de la primera fila.

A mí, que cada día me vuelvo más sentimental, también se me nublan los ojos. Se está sellando una amistad, sí, pero a la vez, estamos testificando el nacimiento de una afición, la de Cosmo, que sólo morirá con él. Así es el toreo, apasionante y entrañable. No es difícil entender a un hombre que llora por el gesto generoso de un nuevo amigo que se arriesgará en el lindero de la muerte. Lágrimas de emoción y de cariño, lágrimas de gratitud, lágrimas tibias, leves, mesuradas y muy sentidas.

Cuando el toreo se conoce con apertura de mente, uno entiende por qué se le ama con toda la voluntad y de modo tan reflexivo. Lo queremos guardar en el alma como si de verdad se pudiera, y por ello, coleccionamos carteles, guardamos los billetes de las entradas, hay quien pinta la escena de la tarde, otros toman notas por el puro gusto de conservar en tinta lo que aconteció en la corrida, unos más, fotografían, y a la hora de traer a cuento los recuerdos acumulados, nunca dejamos de relatar aquel lance o la serie que se nos quedó grabada indeleble.

El toreo es, también, absurdo, anacrónico y nostálgico, tanto como para que un hombre exponga su vida en aras de crear belleza y en los momentos previos a poner las venas al alcance de los pitones, adelante la dedicatoria de su actuación a algún amigo, a una mujer querida o a todos los espectadores. Ahora más que nunca, desconsolados estamos ciertos de que lo de poner en riesgo su vida no son sólo palabras. El toreo es tan absurdo y anacrónico como para que en pleno siglo veintiuno, una tarde las cosas salgan mal y un toro le parta el corazón al joven torero Víctor Barrio en la esplendidez de sus veintinueve años. Tanto, como para que su esposa que lo acompañaba en la persecución del sueño que es el toreo mismo -porque además de entrañable, absurdo y nostálgico, el toreo es un sueño- ella, en un instante, se quedé con las manos vacías, los labios secos, el alma temblando de soledad y tristeza, y el corazón tan desecho como terminó el de su joven marido.